NovelToon NovelToon
Posesión Asfixiante

Posesión Asfixiante

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Atracción entre enemigos / Completas
Popularitas:9.5k
Nilai: 5
nombre de autor: NocheCeniza

Valentina Solís lo perdió todo a los quince años: sus padres, su herencia, su futuro. Cinco años después, sobrevive en Ciudad de México diseñando vestidos con las técnicas textiles que su madre le enseñó — hasta la noche en que un hombre de ojos claros y guantes blancos la salva de una muerte segura.

Héctor Elizondo no salva a nadie sin razón. Como patriarca de la familia más poderosa de México, controla todo: mercados, hombres, destinos. Ahora quiere controlarla a ella.

Valentina no es fácil de domar. Pero entre jaulas doradas y diamantes de sesenta millones de dólares, entre la guerra con su propio hermano y los secretos que ella esconde, Héctor descubre algo que no esperaba: que la mujer a la que capturó es la única capaz de destruirlo.

¿O de salvarlo?

NovelToon tiene autorización de NocheCeniza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15

Capítulo 15

Alejandro

Héctor vio el momento exacto en que Valentina decidió confiar un poco en Dolores.

No fue cuando la heredera Navarro la advirtió sobre la envidia. Tampoco cuando Sofía la hizo reír con comentarios demasiado honestos para un salón lleno de cámaras. Fue después, en una terraza lateral del Museo Soumaya, cuando Valentina se quitó por fin una mano del collar de sesenta millones de dólares y Dolores le acomodó el cabello sobre el broche para que el diamante no le marcara la piel.

Un gesto pequeño.

Preciso.

Sin pedir nada a cambio.

Valentina se quedó quieta, sorprendida por la delicadeza. Dolores no sonrió para hacerlo más tierno. Solo dijo:

—Si lo llevas, haz que parezca que nació ahí.

Valentina levantó la barbilla.

—¿Y si quiero quitármelo y lanzárselo a Héctor?

—No lo hagas aquí. Hay cámaras.

Sofía, apoyada en el barandal con una copa de champán, levantó la mano.

—Yo puedo distraerlas.

Héctor escuchó desde la puerta sin interrumpir. Podía haber llamado a Valentina, podía haberla reclamado de regreso a su lado, podía haber cerrado ese círculo antes de que se formara. No lo hizo.

Valentina necesitaba algo que no viniera de él.

Eso le molestó.

Y aun así lo permitió.

—Sigues con esa cara de dueño de funeraria —dijo una voz a su lado.

Héctor ni siquiera volteó.

—Llegas tarde, Alejandro.

—Llegué cuando la noche se estaba poniendo cara.

Alejandro Villarreal apareció con la naturalidad insolente de quien nunca necesitaba pedir entrada. Traje gris oscuro, sonrisa tranquila, ojos largos y agudos que siempre parecían estar a punto de descubrir el chiste privado de alguien. Ojos de zorro, había dicho Sofía una vez. Acertaba.

—Sesenta millones —continuó Alejandro, mirando el collar a lo lejos—. ¿Era necesario?

—Sí.

—Esa es la respuesta que dan los hombres culpables.

—No estoy culpable.

—Peor.

Héctor lo miró entonces.

Alejandro levantó ambas manos.

—Bien, bien. No vine a juzgar tus métodos de cortejo financiero.

—No es cortejo.

—Claro. Es una operación estratégica con diamantes.

Héctor habría respondido, pero Sofía vio a Alejandro y su rostro cambió con una rapidez que no se le escapó. La heredera rebelde dejó la copa en la barra y caminó hacia él con una confianza que hablaba de demasiadas conversaciones privadas.

—Alex, por fin.

—Sofi.

Alejandro le tomó la mano y se la besó con ligereza. No fue un gesto ostentoso. Fue peor: era íntimo sin anunciarse. Sofía sonrió como si acabara de ganar una apuesta.

Dolores también lo vio.

Héctor observó cómo su expresión se cerró apenas. Nadie más lo habría notado. Dolores era demasiado buena para regalar dolor en público. Bajó la mirada a su copa, acomodó el pulgar sobre el tallo de cristal y cuando volvió a levantar el rostro ya tenía puesta la sonrisa correcta.

—Alejandro —saludó.

—Lola.

Él se acercó y le dio un beso en la mejilla, familiar, cálido, de esos que no significan nada para quien los da y demasiado para quien los recibe.

—No asustes a Valentina con tus profecías sociales en su primera noche —dijo.

Dolores inclinó la cabeza.

—Alguien tiene que compensar la falta de prudencia de tus amigos.

—Héctor nunca ha tenido prudencia. Solo presupuesto.

Sofía soltó una carcajada.

Valentina también sonrió, pero Héctor vio su mirada moverse de Alejandro a Dolores, luego a Sofía. Rápido. Silencioso. Suficiente.

Valentina había visto la grieta.

Y, para sorpresa de Héctor, no la tocó.

—Dolores me estaba salvando de hacer el ridículo —dijo Valentina—. Eso cuenta como servicio público.

Dolores la miró.

Fue un segundo apenas.

Una gratitud sin palabras.

Héctor sintió que algo se acomodaba entre ellas. No amistad completa todavía. Eso tomaría tiempo, secretos y quizá sangre social. Pero sí el inicio de una alianza: Valentina había visto una herida y decidió cubrirla en lugar de usarla.

Alejandro se volvió hacia Héctor.

—Necesito hablar contigo de Monterrey.

La palabra borró la ligereza.

Sofía lo notó. Dolores también. Valentina, por supuesto.

—¿Ahora? —preguntó Héctor.

—Mañana. Pero no tardes demasiado. Don Carlos está moviendo piezas, los Navarro están nerviosos y tu hermano ya descubrió que no puede ganarte en CDMX sin quemar media ciudad.

—Nicolás no quemaría media ciudad.

Alejandro sonrió sin humor.

—No si puede hacer que parezca que fuiste tú.

Héctor miró hacia Valentina. Ella seguía junto a Dolores, con el collar brillando en su cuello y la atención de media terraza encima. Monterrey no era más seguro. Solo era un tablero donde él tenía más piezas antiguas.

Pero CDMX ya estaba demasiado expuesta.

Más tarde, en la camioneta, Valentina no preguntó por el collar.

Preguntó por Dolores.

—Ella lo ama, ¿verdad?

Héctor miró por la ventana. La ciudad pasaba en reflejos de luz sobre el cristal blindado.

—Sí.

Valentina apretó las manos sobre su regazo.

—Y él no lo sabe.

—Alejandro ve muchas cosas. Esa, no.

—Porque mira a Sofía.

Héctor guardó silencio.

Valentina entendió igual.

—¿Va a casarse con ella?

—Sí. No lo han anunciado formalmente. Hay familias que todavía negocian como si el corazón fuera una cláusula más.

—Sofía sí lo quiere.

—Sí.

—Y Dolores también.

—Sí.

Valentina cerró los ojos un momento.

—Qué desastre.

—Bienvenida a las familias que sonríen en público.

Ella lo miró.

—No se lo voy a decir.

—Lo sé.

—No porque usted me lo ordene.

—Lo sé.

Valentina volvió la vista a la ciudad.

—Dolores me cayó bien.

—A ella también.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque no te mintió.

Esa noche, en el penthouse, Héctor abrió sobre la mesa del despacho un mapa que no era solo geográfico. Era un tablero de apellidos, empresas, alianzas, matrimonios, deudas y viejas traiciones. Valentina se quedó de pie a su lado, todavía con el vestido negro, el collar guardado ya en una caja de seguridad y el rostro más serio que cansado.

—Familia Elizondo —dijo él, marcando un punto en CDMX—. Aquí estamos.

Luego señaló Monterrey.

—Familia Olvera, segunda fuerza del país. Gloria Sepúlveda de Olvera puede abrirte puertas que en CDMX solo se abren con escándalo. Los Navarro tienen parte de su dinero allá. Los Villarreal también. Y Nicolás tiene aliados en todas esas mesas.

—¿Me está enseñando geografía o guerra?

—En mi mundo es lo mismo.

Valentina miró el mapa.

—¿Por qué me muestra esto?

Héctor deslizó el dedo desde CDMX hasta Nuevo León.

—Porque ya no puedes seguir creyendo que el peligro está afuera de una puerta cerrada. Está en los nombres, en las invitaciones, en quién se sienta junto a quién.

—Y usted quiere llevarme a eso.

—No.

Héctor levantó la vista hacia ella.

—Quiero que entres sabiendo dónde pisas.

Valentina respiró despacio.

—Aquí es donde estamos —dijo, tocando CDMX.

Héctor asintió.

Luego señaló Monterrey.

—Y aquí es donde vamos.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play