Dayana soñaba con convertirse en escritora, pero la realidad la mantenía atrapada como editora en una revista donde su talento pasaba desapercibido. Un solo error, una cadena de decisiones ajenas y un encuentro completamente inesperado la arrastran al vertiginoso mundo del motocross. Allí conoce a Alexander Amati, el piloto más famoso del planeta, un hombre tan brillante frente a las cámaras como peligroso cuando nadie lo observa. Lo que comienza como una simple coincidencia pronto se convierte en una batalla de voluntades, secretos y emociones donde nadie sale ileso. Porque, a veces, basta un instante para cambiar una vida... y una sola persona para poner tu mundo de cabeza.
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Capítulo 15: La chica de la mesa del café
Después de unos minutos, el ambiente era completamente distinto.
La lluvia seguía golpeando los ventanales, pero ahora el sonido apenas lograba colarse en la amplia sala de juntas de la editorial.
Alexander ocupaba la cabecera de la mesa.
Sentado con la espalda recta, una pierna cruzada sobre la otra y las manos descansando con tranquilidad sobre el reposabrazos del sillón.
Marcos permanecía de pie unos pasos detrás de él, como de costumbre.
Frente a ambos se encontraba el director de la editorial.
El hombre había recuperado el aliento, pero no la compostura.
Apenas comenzó a hablar, las palabras empezaron a salir atropelladas.
—Señor Amati, antes que nada quiero ofrecerle una disculpa por el lamentable incidente ocurrido hace unos momentos. Le aseguro que esa mujer, jamás se había comportado así. Siempre había sido una empleada ejemplar y...
Alexander permaneció en silencio.
El director continuó.
—Respecto al motivo de su visita, puede estar completamente tranquilo. Ya hemos tomado cartas en el asunto y...
Excusas.
Una detrás de otra.
Alexander ni siquiera necesitaba escucharlas completas.
Llevaba demasiados años en este negoxio como para no reconocer cuándo alguien intentaba justificar un problema en lugar de resolverlo.
"...jamás había ocurrido..."
"...fue una situación extraordinaria..."
"...no volverá a repetirse..."
Las mismas frases, los mismos discursos pero con distintos rostros.
Finalmente, el director bajó un poco la voz.
—Y nuevamente le ofrezco una sincera disculpa por el comportamiento de nuestra antigua empleada.
Puedes darle a Noox una risa característica que la haga reconocible cada vez que aparezca. Por ejemplo:
—Pff...
Una risa corta, nasal y descaradamente burlona rompió la tensión de la sala.
—¿Disculpa? —preguntó el director, desconcertado.
La voz provenía del fondo de la habitación.
Alexander levantó lentamente la mirada.
Allí estaba ella.
Sentada sobre el borde de una de las mesitas de los bocadillos con las piernas cruzadas y una tranquilidad impropia para el ambiente que la rodeaba. Parecía más una modelo descansando entre sesiones de fotos que una empleada presenciando una reunión cargada de tensión.
No entendía cómo no la había notado antes.
Era de esas personas cuya sola presencia reclamaba la atención de toda una habitación.
Su piel de un profundo tono canela contrastaba con una blusa blanca de hombros descubiertos que caía con aparente descuido, mientras un pequeño crucifijo plateado descansaba sobre su pecho.
Su melena de dreadlocks, gruesos y perfectamente cuidados, caía hasta los hombros. El rubio ceniza de la mayor parte del cabello contrastaba con unas llamativas puntas teñidas de rosa, mientras dos discretos pasadores metálicos sujetaban algunos mechones sobre un costado de la cabeza.
Sus ojos color miel brillaban con una mezcla de picardía y desafío.
Vestía una blusa blanca de hombros descubiertos que dejaba al descubierto parte de sus clavículas. Un pequeño crucifijo plateado descansaba sobre su pecho, contrastando con el tono cálido de su piel.
La falda negra de cuero, ajustada por un cinturón de hebilla redonda, se combinaba con unas medias oscuras que estilizadas sus piernas. Toda su postura transmitía una confianza casi insolente.
Pero lo que más llamaba la atención no era su apariencia.
Era aquella sonrisa ladeada.
La sonrisa de alguien que parecía disfrutar viendo cómo los demás perdían la paciencia.
—¿Va a castigar a Alejandrina? —preguntó con fingida inocencia, inclinando apenas la cabeza.
Su tono era tan despreocupado que, por un instante, cualquiera habría pensado que desconocía el enorme peso de la pregunta que acababa de lanzar. Sin embargo, la expresión del director dejó claro que ambos sabían perfectamente de qué estaba hablando.
—¡Noox, compórtate! —ordenó el director con firmeza.
La mujer soltó un suspiro exagerado.
—Ay, qué mal genio...
Se impulsó con las manos y bajó de la mesa con toda la calma del mundo.
Para sorpresa de todos, caminó directamente hacia Alexander.
Tac.
Tac.
Tac.
El sonido de sus tacones resonó por toda la sala.
Alexander siguió cada uno de sus movimientos sin alterar el semblante.
Cuando estuvo frente a él, Noox extendió una mano con una sonrisa impecable.
—Señor Amati, un placer.
Hizo una pequeña reverencia teatral.
—Mi nombre es Nox. Con una sola "o". No Noox, porque, siendo sinceros... hasta suena feo.
Marcos dejó escapar una risa breve.
Alexander arqueó apenas una ceja.
Aquella mujer era... peculiar.
Nox chasqueó los dedos.
—Pero ese no es el punto.
Se giró hacia el director.
—El punto es que le están mintiendo.
El ambiente volvió a tensarse.
Nox continuó como si estuviera presentando una obra de teatro.
—La pobre mujer que terminó estampándose contra usted fue utilizada como chivo expiatorio.
Abrió los brazos dramáticamente.
—La culparon de todo para proteger a alguien más.
—¡Noox! —advirtió el director.
Ella levantó un dedo sin siquiera mirarlo.
—No, no, no.
Negó con la cabeza.
—Siempre me calla cuando digo algo.
Se llevó una mano al pecho.
—Eso ya empieza a parecer discriminación laboral.
Marcos volvió a contener una risa. El director, en cambio, parecía estar al borde de perder la paciencia. Nox ignoró por completo la advertencia.
—Trabajo aquí desde hace cinco años.
Levantó la mano abierta mostrando los cinco dedos.
—Cinco.
Luego bajó tres.
—Dayana llevaba tres.
Y en esos tres años ha hecho el trabajo de muchas personas.
Se quedaba horas extra. Resuelvía problemas que ni siquiera le corresponden. Saca adelante campañas completas.
¿Y sabe qué recibe a cambio?
Silencio.
Miró directamente a Alexander.
—Más trabajo.
Volvió a señalar al director.
—Y cuando las cosas salían mal...
Chasqueó los dedos.
—¡Magia!
La culpa terminaba cayendo sobre ella.
Alexander no apartaba la vista.
Cada palabra coincidía demasiado con la reacción que había visto minutos antes en el vestíbulo.
Nox sonrió con resignación.
—En fin.
Si piensa despedirme por decir la verdad...
Se encogió de hombros.
—No se moleste. Ni siquiera pienso renovar mi contrato cuando termine dentro de cuatro meses. Me ofrecieron un puesto en otra empresa, además, me van a pagar el doble y las prestaciones son mejores. Y...
Una sonrisa traviesa apareció en su rostro.
—El encargado de Recursos Humanos es un bombón, quisiera atarlo y cogérmelo.
Marcos se atragantó con su saliva.
—¡Cof... cof...!
Se llevó el puño a la boca, intentando disimular la vergüenza.
—¿Qué? —preguntó Nox con total inocencia, girándose hacia él—. ¿Dije algo malo?
Marcos negó rápidamente.
—No... pero hay cosas que es mejor no decir en el trabajo.
—Ay, por favor. Ya somos adultos.
Alexander permaneció en silencio.
Durante unos segundos, su mente quedó completamente en blanco.
En toda su carrera había negociado con empresarios, fanáticos, artistas e incluso con personas de un temperamento insoportable.
Pero jamás había conocido a alguien como aquella mujer sin filtros.
¿Siempre hablaba de esa manera?
Era imposible saber si poseía un valor extraordinario... o simplemente no conocía el miedo.
Nox dio una palmada, como si acabara de recordar que había interrumpido su propia historia.
—En fin...
Se acomodó nuevamente sobre el borde de la mesa de juntas y cruzó las piernas con absoluta naturalidad.
—A diferencia de usted...
Señaló al director con un dedo.
—Que es un viejo amargado que encuentra un motivo distinto para regañarme todos los días.
El director apretó la mandíbula.
—Noox...
—¿Qué? ¿Es mentira?
Ella ladeó la cabeza.
—Yo ni loca querría un jefe como usted fuera de la oficina.
Hizo una mueca exagerada.
—Imagínese... tener que escucharlo también en mi tiempo libre. Qué pesadilla.
Marcos cerró los ojos un instante.
"Esta mujer está lova...", pensó.
Nox continuó como si nada.
—Así que quédese con su adorada Alejandrina.
Hizo un gesto con la mano, como si le cediera un premio.
—Porque, por si alguien todavía no lo entiende...
Miró directamente a Alexander.
—La responsable de todo este desastre fue ella.
Volvió a señalar al director.
—Pero, claro... como resulta que es su favorita...
La palabra quedó flotando unos segundos en el aire.
—...o su amante, según comentan por los pasillos...
El director golpeó la mesa con la palma de la mano.
—¡Basta!
El estruendo hizo que la sala entera guardara silencio.
Nox ni siquiera pestañeó.
Lo observó con una tranquilidad casi insultante.
—¿Ve?
Suspiró con dramatismo.
—Siempre se enfada cuando alguien dice en voz alta lo que todos murmuran cuando usted no está.
Aquellas palabras dejaron la sala completamente inmóvil.
Y, por primera vez desde que había comenzado la reunión, Alexander decidió intervenir.
No alzó la voz.
Ni golpeó la mesa.
Simplemente habló con la serenidad que lo caracterizaba.
—Suficiente.
Bastó una sola palabra para que todos giraran hacia él. Incluso Nox dejó de sonreír por un instante, curiosa por saber qué diría a continuación.