En la ciudad de las sombras de neón, el valor de una persona se mide por su capacidad de someter o su utilidad para ser sometida. Para Fah, la balanza siempre se había inclinado hacia lo segundo. Con su silueta andrógina, sus hombros rectos y ese corte wolf cut que le otorgaba una fortaleza visual que su corazón se negaba a sostener, Fah se había convertido en el accesorio perfecto para la crueldad. En los pasillos de la escuela, ella no era una joven con sueños; era un escudo, un cargador de bolsos caros, una billetera abierta y una dignidad pisoteada por quienes confundían su nobleza con debilidad.
NovelToon tiene autorización de yangmi_pushia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Dulce devoción,
La camioneta blindada rugía a través de las calles mojadas, dejando atrás el club sumido en el silencio de la muerte. Dentro, el ambiente era asfixiante, pero no por el peligro, sino por la electricidad estática que saltaba entre las dos mujeres. Fah aún respiraba de manera errática; sus manos, cubiertas por los guantes de cuero táctico, temblaban ligeramente no por miedo, sino por el torrente de adrenalina que recorría su cuerpo tras la purga.
Dará la observaba desde las sombras del asiento trasero. Sus ojos brillaban con una mezcla de orgullo y un hambre insaciable. Ver a su "mascota" transformarse en un verdugo implacable había despertado en ella una necesidad de posesión que ya no podía ser contenida por la etiqueta ni el mando.
Al cruzar el umbral de la mansión, Dará no esperó a llegar a la habitación. Apenas la puerta principal se cerró pesadamente, empujó a Fah contra la madera noble del vestíbulo. El impacto fue seco, y el sonido de la respiración agitada de Fah llenó el gran salón vacío.
—Hueles a pólvora y a victoria, Fah —susurró Dará, enterrando el rostro en el cuello de la joven, justo sobre la marca que le había dejado en el yate—. Has manchado tus manos por mí. Has destrozado a hombres que me triplicaban en edad solo porque yo te lo pedí.
Dará comenzó a despojar a Fah de su equipo táctico con movimientos bruscos, casi desesperados. Tiró de la chaqueta de cuero y desabrochó la camisa de Fah, revelando las marcas de la noche anterior que, bajo la luz fría de la entrada, parecían trofeos de guerra.
Fah se derritió contra la puerta, dejando que Dará hiciera lo que quisiera. Su voluntad era una extensión de la de su dueña.
—Soy... lo que tú quieras que sea —logró articular Fah, su voz quebrada por la excitación—. Si quieres que mate, mato. Si quieres que me arrodille, me arrodillo.
Dará la guio a trompicones hacia la gran suite, pero cada pocos pasos se detenía para reclamar su piel. En la escalera, Dará volvió a morder el hombro de Fah, dejando una nueva marca, más profunda, que se entrelazaba con las anteriores. La intensidad del combate en el club se había trasladado a la cama, convirtiéndose en una danza de poder donde Fah se entregaba con una ferocidad que nunca supo que poseía.
Fue un encuentro crudo, desprovisto de la delicadeza del yate. Había sudor, había el roce áspero de la ropa que aún no terminaban de quitarse y había una devoción absoluta. Dará reclamó cada rincón del cuerpo de Fah, marcándola de nuevo con sus labios y dientes, asegurándose de que no quedara un solo espacio en su clavícula que no gritara su nombre.
Horas después, cuando la tormenta física finalmente amainó, ambas quedaron entrelazadas sobre las sábanas de seda. La luz de la luna bañaba sus cuerpos exhaustos. Dará, con el cabello desordenado y una expresión de triunfo absoluto, recorrió con la punta de sus dedos las nuevas marcas que adornaban el pecho y el cuello de Fah.
—Mírate, mi pequeña guerrera —murmuró Dará, besando suavemente la frente de la joven—. Mañana el mundo sabrá que la ciudad ha sido purgada. Pero tú y yo sabremos que esta noche... esta noche te has convertido en mi reina consorte de las sombras.
Fah se acurrucó contra el pecho de Dará, sintiendo el calor de su piel. El ardor de las marcas en su cuello era su mayor consuelo. Ya no era la sombra de nadie; era la compañera de la mujer más poderosa, sellada por la sangre de sus enemigos y la pasión de su dueña.