Magia, traición y un juramento silencioso marcan el inicio de una historia donde la inocencia se convierte en determinación. En un reino construido sobre mentiras, incluso las almas más puras pueden oscurecerse.
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Capítulo 15: Rumores en la Capital
La mañana llegó con un frío seco.
El bosque, cubierto por una neblina ligera, parecía más silencioso de lo normal, como si todavía guardara el rastro de la violencia ocurrida durante la noche.
Las hojas húmedas crujían bajo los pasos de varios caballos.
Un pequeño grupo avanzaba por el camino con cautela, atentos a cualquier señal de emboscada o movimiento sospechoso.
En el frente iba Himari.
Vestida con elegancia incluso en una salida de reconocimiento, llevaba una capa oscura sobre su ropa refinada, y a su costado descansaba la empuñadura de su espada.
Su postura era recta.
Su mirada firme.
Y su expresión, como siempre, estaba a medio camino entre la belleza y el peligro.
A su alrededor iban varios miembros del grupo opositor al rey, algunos a caballo y otros a pie, recorriendo los alrededores para investigar rutas de tráfico ilegal, desapariciones y movimientos sospechosos de soldados reales.
Nada nuevo.
Nada sorprendente.
Nada que no esperaran encontrar.
Hasta que vieron la carroza.
🌫️ Un Rastro de Violencia
Estaba a un costado del camino, inclinada y rota.
Las ruedas delanteras habían sido destruidas con una fuerza tan extraña que ni siquiera parecía un simple accidente o un ataque común.
La madera estaba reventada.
El metal torcido.
Y cerca del vehículo había huellas claras de combate.
Uno de los hombres del grupo se adelantó.
—Parece reciente…
Otro observó las marcas en el suelo.
—Hubo pelea.
—No —corrigió Himari con calma mientras desmontaba—. Hubo una ejecución.
Sus botas tocaron el suelo húmedo.
Y sin perder tiempo, avanzó hacia la escena.
No le importó la carroza.
No le importaron los restos del conflicto.
Lo primero que llamó su atención fueron tres chicas jóvenes, cubiertas apenas con telas sucias, abrazándose entre sí mientras temblaban de frío y de miedo a pocos metros del vehículo.
Eso sí le importó.
Y bastante.
Himari se acercó rápidamente.
Su voz, aunque firme, bajó un poco de intensidad.
—¿Están bien?
Las tres alzaron la vista de golpe.
Al ver a una mujer armada y acompañada por gente que no parecía hostil, una de ellas casi se quebró del alivio.
—¿Qué pasó aquí? —preguntó Himari, agachándose frente a ellas para quedar a su altura.
Una de las chicas apenas podía hablar.
Otra tenía los labios amoratados por el frío.
La tercera fue la primera en reaccionar de verdad.
Y entonces Himari lo vio.
Las cadenas.
Sus ojos se endurecieron de inmediato.
El aire a su alrededor pareció volverse más pesado.
Himari tomó una de las cadenas rotas del suelo.
La observó unos segundos.
Su mandíbula se tensó.
Y su voz salió cargada de una rabia contenida que hizo que incluso algunos de su propio grupo guardaran silencio.
—Las secuestraron…
Levantó apenas la vista.
Sus ojos dorados brillaron con ira.
—Malditos.
🩸 La Ausencia de los Culpables
Himari se incorporó lentamente.
Su mirada recorrió los alrededores.
No había soldados visibles.
No había gritos.
No había movimiento.
Nada.
Solo rastros de violencia y un silencio demasiado limpio.
—¿Dónde están los soldados? —preguntó con frialdad.
Una de las chicas levantó la mano temblorosa y apuntó hacia la parte más oscura del camino, cerca de unos árboles.
Dos miembros del grupo fueron a revisar.
Pasaron apenas unos segundos antes de que uno de ellos regresara con expresión seria.
—Hay cuerpos.
Otro tragó saliva.
—Todos son soldados del reino.
El ambiente cambió de inmediato.
Algunos de los presentes se miraron entre sí.
Otros tensaron la mano sobre sus armas.
Himari caminó en esa dirección sin apresurarse.
Su capa se movió con el viento.
Y cuando llegó lo bastante cerca…
Lo vio.
Un cadáver.
Luego otro.
Y otro más.
Todos derrotados con una precisión brutal.
No había caos desordenado.
No había señales de una batalla larga.
No.
Esto era otra cosa.
Era como si alguien hubiera atravesado aquel grupo de soldados con una sola intención clara:
acabar con ellos lo más rápido posible.
Himari se agachó junto a uno de los cuerpos.
Observó el estado del uniforme.
La forma en que había caído.
Las marcas del impacto.
La crudeza del resultado.
Y entonces murmuró, más para sí misma que para los demás:
—No hay ningún soldado…
Se puso de pie lentamente.
Su expresión se volvió mucho más seria.
—Todos están muertos.
Uno de los hombres del grupo habló desde atrás.
—¿Bandoleros?
Himari negó una sola vez.
—No.
Su voz salió más baja.
Más firme.
Más afilada.
—Quien hizo esto no estaba robando.
Se giró apenas hacia el resto.
—Estaba castigando.
🌒 La Pregunta que Nadie Esperaba
Volvió con las tres chicas.
Ahora su atención ya no estaba solo en ayudarlas.
También estaba intentando entender qué demonios había pasado durante la noche.
Se detuvo frente a ellas.
Y preguntó directamente:
—¿Quién hizo esto?
Las tres se quedaron calladas un segundo.
Como si solo recordar aquella figura les apretara otra vez el pecho.
La segunda chica, la que parecía menos temblorosa, fue la primera en hablar.
Su voz salió apenas por encima de un susurro.
—Fue él…
Himari frunció el ceño.
—¿Él quién?
La chica tragó saliva.
Sus dedos se aferraron a la tela de su propia ropa.
Y luego dijo el nombre que había nacido apenas unas horas atrás.
—El Fantasma Blanco.
Silencio.
Completo.
Total.
Varios miembros del grupo opositor se miraron con confusión.
Uno de ellos soltó una pequeña risa incrédula.
—¿El qué?
Pero Himari no se rio.
Ni un poco.
Porque algo en ese nombre…
Le dejó una sensación rara.
No lógica.
No concreta.
Solo una punzada.
Pequeña.
Molesta.
Inexplicable.
Como si algo enterrado muy hondo hubiera reaccionado sin permiso.
🌫️ Descripción de una Sombra
Himari cruzó los brazos.
—Explícate.
La chica asintió con nerviosismo.
—Apareció de la nada… en medio del camino…
Otra continuó, apretando las manos con fuerza.
—Llevaba una sudadera negra con capucha…
La tercera habló con la mirada perdida, como si todavía pudiera verlo frente a ella.
—Y tenía el cabello blanco…
El corazón de Himari dio un golpe seco dentro del pecho.
No lo mostró.
No cambió de postura.
No se movió.
Pero lo sintió.
Una de las chicas siguió hablando, sin notar el efecto de sus palabras.
—Sus ojos eran rojos… rojos de verdad…
Otra añadió rápidamente:
—Y no hablaba como una persona normal. Era… frío. Vacío. Como si no sintiera nada.
Himari no dijo nada.
No podía.
Porque por un instante…
Solo por un instante…
El mundo a su alrededor se volvió lejano.
Cabello blanco.
Ojos rojos.
Frío.
Vacío.
No.
No podía ser.
No tenía sentido.
No después de once años.
No después de tanto silencio.
No después de haber enterrado ese nombre dentro de sí misma una y otra vez.
Su mandíbula se tensó apenas.
Y una voz racional en su cabeza respondió rápido, cortante, casi violenta:
No seas ridícula. Asahi está muerto.
Tenía que estarlo.
Era más fácil así.
Era más soportable así.
Era más seguro así.
🌙 La Negación
Uno de los hombres del grupo habló.
—Probablemente algún criminal o mercenario raro.
Otra mujer asintió.
—O alguien que odia al reino.
Himari desvió la mirada hacia la carroza rota.
Luego a los cuerpos.
Luego a las cadenas.
Y por alguna razón, el frío de la mañana se sintió más incómodo que antes.
—Tal vez —respondió al fin.
Pero su voz no sonó convencida.
Ni siquiera para ella misma.
Las chicas siguieron hablando entre ellas, repitiendo lo poco que recordaban:
la capucha
la voz
la sangre
el cabello blanco
los ojos rojos
Cada detalle era pequeño.
Cada detalle por separado podía ser coincidencia.
Pero juntos…
Le molestaban demasiado.
🩸 Un Rumor Peligroso
Himari respiró hondo.
Luego se giró hacia su grupo.
La líder volvió a aparecer en su postura.
La mujer fuerte.
La estratega.
La que no se deja temblar por fantasmas.
—Llévenlas a un refugio seguro —ordenó con firmeza—. Que les den comida, mantas y atención médica.
Varios asintieron de inmediato.
—Y registren la zona —continuó—. Quiero saber si hay más rastros. Huellas, armas, cualquier cosa.
—Sí.
Todos se pusieron en movimiento.
Pero Himari se quedó quieta un momento más.
Mirando el camino vacío.
El mismo camino por donde, según aquellas chicas, había aparecido un hombre que sonaba demasiado parecido a alguien que ella había perdido hacía mucho tiempo.
El viento movió apenas un mechón de su cabello.
Sus ojos dorados se afilaron.
Y por dentro, una idea horrible comenzó a formarse aunque ella no quisiera darle nombre.
¿Y si no estaba muerto?
La rechazó al instante.
La aplastó.
La empujó al fondo.
Pero no desapareció.
Solo se quedó ahí.
Esperando.
Como una grieta.
Pequeña.
Invisible.
Pero peligrosa.