Enzo era un libertino; Camila, tranquila y reservada. Eran completamente opuestos, como el fuego y el agua.
Después de casarse, cuando le preguntaban por qué se había casado con Camila, Enzo encendía un cigarrillo y respondía con un tono burlón y serio a la vez:
—Fue mi familia quien lo decidió. ¿Qué podía hacer yo?
Cinco años de matrimonio fueron cinco años de guerra fría. Al final, fue ella quien tomó la iniciativa de pedir el divorcio.
Pero justo cuando Camila estaba a punto de irse, fue Enzo quien no pudo dejarla marchar.
NovelToon tiene autorización de Lucy-J para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 15
Las niñas, Lina y Luca, sentadas en la alfombra al lado jugando con muñecos y bloques, parecían percibir algo más de lo que la madre quería admitir. Lina, con los ojos grandes y curiosos, se inclinó hacia adelante, moviendo sus cabellos castaños, y dijo en voz baja:
—Mamá, ¿será que podemos ver a papá… solo de lejos? Solo para verlo…
Luca, ya mayor y con esa mezcla de terquedad e inteligencia precoz, asintió:
—Sí… solo una mirada. Antes, solo había visto a mi padre en las noticias.
Camila sintió un nudo en el pecho. Sabía que aquella curiosidad era natural, imposible de reprimir. Como madre, quería proteger a sus hijos de cualquier decepción, pero como mujer, entendía la necesidad de ellos de ver la figura paterna, aunque fuera solo un vislumbre. Respiró hondo y respondió, con la voz firme, pero cargada de cariño:
—Está bien, pueden mirar… pero prometan que se quedan bien quietitos, y no se acercan. Papá es muy listo, sabe detectar cualquier movimiento extraño. ¿Entendido?
Lina y Luca sonrieron, animados, y prometieron obedecer. Camila sonrió por dentro, a pesar del apretón en el corazón, y los ayudó a prepararse para salir, recordando llevar mantas para el frío del final de la tarde y recordando reforzar la regla de no acercarse al alcance de visión de Enzo Silva.
Al llegar a la casa de Marcela, la recepción cálida hizo que Camila se sintiera momentáneamente aliviada. La casa estaba decorada con colores suaves, fotos de familia esparcidas por las paredes, y el aroma de café fresco mezclado con pasteles recién horneados dejaba el ambiente acogedor, casi doméstico de más para la tensión que ella sentía por dentro. Marcela, radiante, la abrazó con fuerza:
—¡Camila! ¡Qué bueno que viniste! Necesito que veas a mi bebé, tiene un mes, y quería que lo sostuvieras.
Camila, sin dudarlo, tomó al pequeño recién nacido en los brazos. La experiencia parecía natural, los movimientos precisos, las manos firmes pero delicadas, como si cada gesto fuera estudiado con cuidado. Marcela no paraba de elogiar:
—Eres increíble con niños… en serio, Camila, ¡mira cómo se calma contigo!
Y en aquel instante, sin que Camila lo percibiera completamente, Enzo Silva estaba allí. Observaba de canto, sentado en un sofá con expresión indescifrable. Su corazón se apretó al ver a Camila sosteniendo al bebé con tanta habilidad, la delicadeza en los movimientos contrastando con la fuerza silenciosa que él siempre imaginó que solo él podría ofrecer.
Carlos, marido de Marcela, aprovechó el momento para susurrarle a Enzo, con aquella pizca de provocación amistosa:
—Sabes, Enzo, ustedes no necesitan más seguir en esta guerra silenciosa. Todo el mundo ya percibió cuánto se extrañan, pero también… se aman, de una forma extraña, claro. Y ese murmullo con Laura, en internet… bien, te convertiste en el “marido resentido de Río”, ¿sabías?
Enzo frunció el ceño, sin conseguir esconder la mezcla de indignación y culpa que burbujeaba dentro de él. Odiaba la exposición pública, pero más aún detestaba que alguien interpretara mal su relación con Camila.
—Yo no… —comenzó, pero Carlos continuó, sin darle chance de explicarse:
—Y sabes, quizás todo esto sea por causa de hijos. Tú no tienes uno, y Camila tampoco, pero mira… podrías al menos intentarlo. Sería mejor que toda esa frustración no se quedara presa dentro de ti.
Aquellas palabras alcanzaron a Enzo como una lámina silenciosa. Miró a Camila, que aún sostenía al bebé, y sintió aquella punzada de culpa y frustración crecer dentro de sí. Su expresión se endureció, pero no había forma de reaccionar sin exponer sus sentimientos que él siempre intentaba esconder detrás del sarcasmo y de la arrogancia.
Camila, por su parte, estaba concentrada. Sentía el calor del bebé contra el pecho, respiraba el aroma suave de su piel recién nacida, e intentaba mantener la calma al mirar a Enzo. Sabía que él estaba allí, observando cada gesto suyo, y esa conciencia no la intimidaba, sino que reforzaba su propósito. El divorcio necesitaba ser discutido, y cuanto antes, mejor. Respiró hondo y pensó consigo misma: Hoy, voy a poner punto final. Necesito acelerar esta barra de separación.
Mientras conversaban, Marcela intentaba crear momentos de ligereza, incentivándolos a interactuar de forma natural. Enzo, aún en silencio, observaba cada palabra, cada sonrisa, cada gesto de Camila con el bebé. Sabía que aquella postura calma y controlada era un escudo, y que por detrás de ella, había más emociones de las que él podía soportar admitir. La sensación de impotencia, de no conseguir alcanzarla, era dolorosa.
—Camila, mira… —dijo Marcela, apuntando al bebé que comenzó a llorar— ¿puedes calmarlo?
Camila inclinó al bebé, embalándolo suavemente. Su voz, baja y melódica, calmó al niño casi que instantáneamente. Enzo se contorsionó en el sofá, no consiguiendo evitar la admiración silenciosa. Cada pequeño gesto de ella parecía reforzar la distancia que él había creado entre ellos, y al mismo tiempo, encender una centella de deseo reprimido.
Carlos, percibiendo la tensión creciente, insistió en jalar a Enzo para conversar, pero él permaneció sentado, como una estatua, los ojos fijos en Camila, cada músculo del cuerpo tenso, pero sin acción. Por dentro, cada palabra de Carlos sobre hijos, sobre redes sociales, sobre la vida pública, solo reforzaba la mezcla de rabia y arrepentimiento que Enzo sentía.
Camila, por otro lado, sentía la necesidad de controlar la situación. No quería discutir ahora, no quería perder la compostura delante de Marcela, pero el pensamiento de que aquel hombre aún influenciaba su vida, incluso sin intención, la dejaba inquieta. Sabía que cada gesto de calma, cada sonrisa contenida, era también una forma de marcar territorio emocional.
Después de algún tiempo, Camila decidió que era hora de irse. Se despidió con educación, sosteniendo aún al bebé, sintiendo el peso emocional de aquella visita. Enzo continuaba allí, parado, la mirada intensa fija en ella, cada paso que ella daba en dirección a la salida haciendo su respiración acelerar.
Al llegar a la puerta, Marcela aún hizo un último esfuerzo para romper el hielo:
—Ey, Enzo, quizás ustedes necesiten conversar…