Serena Mora tenía una vida perfectamente normal: universidad, tesis, y una novela de fantasía que leía para procrastinar. Hasta que despertó dentro de esa novela, atrapada en el cuerpo de la villana más odiada de la historia.
Su primera misión: hacer que el protagonista masculino se enamore de ella. El problema: él la odia con un puntaje de -123,456.
Adrián Navarro fue prisionero, torturado, y mutilado durante años. Su cuerpo se regenera de cualquier herida — un don que otros usaron para hacerlo sufrir. No confía en nadie. No ama a nadie. Y definitivamente no planea enamorarse de la mujer que lo tuvo cautivo.
Pero Serena no es la villana que él recuerda.
Con su espíritu guía (un loro parlanchín llamado Lilo), un medidor de afinidad que marca cifras ridículas, y un corazón demasiado terco para rendirse, Serena se propone cambiar el destino de todos. El de Adrián. El de sus amigos. El suyo propio.
Lo que no sabe es que su historia no empieza en una novela. Empieza hace diez mil años, cuando dos almas se encontraron por primera vez — y el destino juró separarlas.
Tres vidas. Trescientos años en el inframundo buscándola. Mil años reconstruyendo un cuerpo para volver a ella.
¿Cuántas primaveras hacen falta para un amor eterno?
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Capítulo 19
El nombre de Elena se quedó clavado en Serena Mora aunque nadie lo hubiera dicho en voz alta.
Gabriel Solís la observó un segundo más de lo permitido para un Gran Maestro frente a nuevos discípulos. Luego parpadeó, como si acabara de recordar dónde estaba, y volvió a subir el escalón que había bajado.
—La segunda evaluación ha terminado —dijo, ya con la voz firme—. Quienes fueron aprobados recibirán alojamiento provisional esta noche. Mañana al amanecer se les asignará mentor, horario y tareas.
El patio respiró otra vez.
Serena no.
Valentina Rojas se adelantó con una rigidez que no combinaba con su fuego habitual.
—Gran Maestro Solís —dijo.
No "papá". No "padre". Ni siquiera una mirada larga.
Gabriel giró apenas hacia ella.
—Discípula Rojas.
El trato fue tan frío que a Serena se le cerró la mano dentro de la capa. La familia, en este mundo, podía ser una cuerda o una cadena. En el caso de Valentina, parecía una puerta cerrada desde adentro.
—Los nuevos necesitan guía hasta los dormitorios —continuó Valentina—. Puedo llevarlos.
Gabriel aceptó con una inclinación breve.
—Hazlo.
Nada más.
Valentina dio media vuelta sin esperar permiso extra.
—Síganme.
León Castellar soltó un silbido bajo cuando salieron del patio.
—Qué bienvenida tan cálida. Casi siento que me abrazaron con piedras.
—Tú provocarías a las piedras hasta que te contestaran —dijo Serena.
—Sería una conversación más amable que esta.
Rafael Vega caminaba detrás con Miguel Vega cargando sus mantas enrolladas.
—Yo solo quiero una cama —dijo Rafael—. Si la cama intenta evaluarme, renuncio a la vida académica.
—No puedes renunciar antes de empezar —murmuró Miguel.
—Entonces renuncio mañana.
Tomás Calvo les lanzó una mirada tranquila.
—Prudencia. La Orden tiene oídos en los muros.
—¿Los muros también hacen exámenes? —preguntó Serena.
—Si los insultas, posiblemente.
Alicia Nieves se rió bajito. La risa ayudó, pero no alcanzó a borrar la imagen de Gabriel perdiendo el color al verla.
El camino hacia los dormitorios subía por terrazas de piedra clara. La Orden de la Libertad no parecía una escuela, sino una ciudad dentro de la montaña: patios con fuentes, pasillos cubiertos, torres de práctica, árboles de hojas plateadas y campanas pequeñas colgadas bajo los aleros. Olía a madera encerada, hierbas medicinales y pan recién salido del horno.
Lilo asomó el pico desde la capa de Serena.
—Registro ambiental: probabilidad de muerte inmediata, reducida.
—Qué alivio tan específico —susurró ella.
—Probabilidad de muerte por tareas, hambre o drama familiar: pendiente de cálculo.
Serena miró de reojo a Valentina.
—Cállate tantito.
Adrián Navarro caminaba a su izquierda, a una distancia exacta: lo bastante cerca para cubrirla si algo pasaba, lo bastante lejos para no aceptar que lo estaba haciendo. Había escuchado la reacción de Gabriel. También había visto a Valentina endurecerse.
—No preguntes esta noche —dijo él, sin mirarla.
Serena tardó medio paso en entender.
—¿Sobre Elena?
—Sobre cualquier cosa que haga que esa gente cierre filas.
El consejo le dio rabia porque era sensato.
—¿Y tú desde cuándo das consejos de convivencia?
—Desde que sobrevivir depende de no provocar al dueño del lugar donde dormirás.
—Eso suena demasiado maduro.
—No te acostumbres.
Serena tuvo que morderse la sonrisa. Luego recordó que Adrián había sido registrado como `Sin Don declarado`, que todos aquí iban a vigilarlo por débil o por raro, y la sonrisa se le fue.
Valentina se detuvo frente a un arco cubierto por bambú oscuro.
—Pico del Bambú Solitario —anunció—. Es una residencia pequeña, apartada del pabellón principal. Estará bajo supervisión de Tomás hasta que el Consejo decida si los separa por mentor.
—¿Apartada por tranquilidad o por sospecha? —preguntó León.
Valentina lo miró.
—Por ambas.
La puerta se abrió con un sello sencillo. Dentro había un patio cuadrado, dos corredores, una cocina mínima, un pozo, una sala de estudio y varios cuartos limpios con camas angostas. No era lujoso, pero después de días de camino parecía un milagro con techo.
Rafael entró primero.
—Retiro mi renuncia.
Miguel dejó las mantas en una mesa.
—La vas a presentar otra vez cuando veas el horario.
Tomás pegó en la pared una hoja de reglas. Serena leyó las primeras líneas: levantarse antes del alba, limpieza del patio, desayuno común, práctica física, clase de teoría de Éter, servicio de biblioteca o cocina, toque de queda al noveno campanazo.
—¿Servicio de cocina? —Serena levantó la mano—. Puedo negociar mi supervivencia ahí.
—No es castigo —dijo Tomás—. Todos sirven en algo. La Orden no mantiene discípulos inútiles.
León miró el nombre de Serena en la lista.
—Entonces ella ya tiene ventaja. Hace trampa con el mundo y cocina mejor que el mundo.
—Sigue hablando y te tocará lavar ollas conmigo.
—Acepto si hay comida al final.
Adrián tomó la hoja y leyó en silencio. Su dedo se detuvo en una regla escrita con tinta roja: "Discípulos sin Don declarado no pueden entrenar solos después del toque de queda."
Serena vio cómo su mandíbula se tensaba.
—Es una regla vieja —explicó Valentina—. Para evitar accidentes.
—Claro —dijo Adrián.
Una sola palabra, plana como cuchillo.
Tomás intervino antes de que la tensión creciera.
—Mañana se revisará cada caso. Por hoy, descansen.
Valentina dejó un paquete de uniformes sobre la mesa. Cuando Serena tomó el suyo, una puntada le cruzó bajo el esternón, caliente y breve. Cerró los dedos sobre la tela para no doblarse.
Adrián lo notó.
—¿Qué tienes?
—Nada. Hambre, cansancio y una relación complicada con las evaluaciones.
Lilo se quedó demasiado quieto.
Esa fue la primera señal de alarma.
La segunda llegó cuando Serena entró a su cuarto y cerró la puerta. El dolor volvió, no como herida sino como un latido ajeno dentro de su pecho. Algo respondió desde muy hondo, una chispa antigua golpeando contra una jaula.
—Lilo —susurró, con la mano clavada sobre el esternón—. Dime que eso es estrés.
Los ojos del loro brillaron en la oscuridad.
—No es estrés.
La cosa dentro de Serena volvió a latir.
Lilo tragó aire.
—Es una resonancia de la Joya Primordial.