Valentina Lozano siempre fue "la hija adoptiva." La que no tiene apellido. La que no pertenece.
Durante más de diez años, amó en silencio a Diego Castillo, el heredero del grupo inmobiliario más poderoso de Ciudad de México. Le dio su juventud, su lealtad y su corazón entero. A cambio, él ni siquiera la veía.
"Solo es la adoptada. No es de nuestra clase."
La noche en que escuchó esas palabras, Valentina se emborrachó y despertó en la suite de un hombre al que apenas conocía: Sebastián Montero, el CEO más joven y cotizado del país.
—Fuiste tú quien se aprovechó de mí —dijo él, señalando la marca de mordida en su cuello.
Para evitar un escándalo que podría hundir su empresa, Sebastián le propuso lo impensable:
Lo que Valentina no sabía era que Sebastián llevaba diez años enamorado de ella. Diez años viéndola desde lejos. Diez años esperando su oportunidad.
Mientras Valentina descubre que su esposo por contrato esconde el amor más profundo que ha conocido, Diego Castillo se da cuenta demasiado tarde de lo que perdió. Y ahora hará lo que sea por recuperarla.
Matrimonio por contrato. Diez años de amor secreto. Un ex que suplica de rodillas. Solo uno de ellos merece su corazón. Y ella ya eligió.
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Capítulo 7
Capítulo 7
Bienvenida a casa
—No sonrías —murmuró—. Aquí no hay nadie más.
No sonreí.
O intenté no hacerlo.
El dulce de cajeta se derritió despacio sobre mi lengua mientras el auto avanzaba hacia San Ángel. La caja de mis padres biológicos seguía sobre mis piernas, pesada de una forma que no tenía que ver con la madera. Sebastián no me pidió que la abriera. No me dijo que Renata era complicada, ni que tal vez me quería a su manera, ni ninguna de esas frases que la gente usa para tapar heridas ajenas con curitas baratos.
Solo estuvo sentado a mi lado.
Eso empezaba a ser una costumbre peligrosa.
—Hay algo que debo decirte —dijo cuando entramos a una calle empedrada.
—Si es otra propuesta de matrimonio, voy a bajarme del coche.
La comisura de su boca se movió.
—Mi familia nos está esperando.
El dulce casi se me fue por el camino equivocado.
—¿Ahora?
—Mi abuelo se enteró.
—¿Por Mateo?
—Por Gabriel.
—Voy a matar a Gabriel.
—Lucía ya lo amenazó primero.
Me llevé una mano al pecho.
—Sebastián, vengo de un hotel, un Ministerio Público, un Registro Civil y la casa de Renata. No estoy lista para conocer a tu familia.
—Ya te conocen.
—De lejos no cuenta.
—Para mi abuelo cuenta desde que supo tu nombre.
No entendí esa frase, pero el auto se detuvo antes de que pudiera preguntar.
Casa de los Arcos no parecía una casa; parecía una memoria antigua de la ciudad. Muros color cantera, portón de madera alto, buganvilias cayendo como incendio rosa sobre la entrada. Al abrirse el portón, vi un patio central con fuente, macetas de barro, azulejos azules y amarillos, y una capilla pequeña al fondo con una cruz discreta sobre la puerta.
El aire olía a tierra mojada, café de olla y algo dulce saliendo de la cocina.
Antes de que el chofer bajara, la puerta principal se abrió.
Una mujer elegante, de cabello oscuro recogido y postura de bailarina, salió primero. Isabel Montero. La había visto en fotos de sociedad, siempre impecable, siempre un poco distante. Detrás de ella venía Lucía Montero con el celular en la mano y cara de haber estado organizando una guerra. Una niña de unos diez años bajó los escalones casi corriendo.
Y al centro, apoyado en un bastón de madera, estaba Don Alfonso Montero.
Sebastián respiró hondo.
—Si te abruman, me lo dices y nos vamos.
—No voy a hacerte quedar mal.
—Me importa más que no te sientas mal tú.
No supe qué hacer con eso.
La puerta se abrió. Sebastián bajó primero y luego me ofreció la mano. No la tomé por necesidad; la tomé porque los ojos de todos estaban puestos en mí y, por primera vez en ese día absurdo, no quería enfrentar sola una puerta.
Don Alfonso nos esperó al final de los escalones.
—Así que esta es mi nieta política —dijo.
Su voz era grave, cálida, con esa autoridad que no necesitaba volumen.
Me solté de Sebastián para saludar correctamente.
—Don Alfonso, mucho gusto. Soy Valentina Lozano.
—Eso ya lo sé, mija.
Mija.
La palabra llegó sin permiso y me golpeó más fuerte que "Señora Montero".
Don Alfonso extendió las manos y tomó las mías.
—Bienvenida a casa.
No supe si debía contestar. En la casa Herrera, la bienvenida siempre había sido una puerta abierta por costumbre. Allí, en cambio, la frase parecía preparada para quedarse.
Isabel se acercó y me abrazó.
Me abrazó.
Sin medir distancia, sin esperar a que yo demostrara nada, sin preguntar qué había pasado en el hotel ni en el Registro Civil. Olía a perfume suave y a harina, como si hubiera estado en la cocina antes de salir.
—Vale —dijo junto a mi oído—, debiste comer algo. Sebastián, ¿cómo permitiste que llegara pálida?
—Hice lo que pude —respondió él.
Lucía levantó el celular.
—Yo propuse mandar comida al Registro Civil, pero Gabriel dijo que sería raro.
—Gabriel no debería opinar nunca más —murmuré.
Lucía sonrió.
—Me caes bien.
La niña se plantó frente a mí con absoluta seriedad.
—Yo soy Sofía.
—Hola, Sofía.
—¿De verdad ya eres esposa de Seb?
Sebastián carraspeó.
—Sofía.
—¿Qué? Es pregunta válida.
—Sí —respondí, y la palabra todavía me pareció de otra persona—. De verdad.
Sofía miró mis zapatillas.
—Tus zapatos parecen de princesa.
—Hoy casi me matan.
—Entonces son zapatos de princesa valiente.
No estaba preparada para eso.
Tuve que mirar hacia la fuente para no mostrar demasiado.
Don Tomás, el mayordomo, apareció en la puerta con una bandeja.
—Señora Valentina, le prepararon chocolate caliente. También hay pan dulce si gusta.
Señora Valentina.
No "la joven que se casó de prisa". No "la adoptada". No "la asistente de Castillo".
Todos en esa casa parecían haber recibido una instrucción silenciosa: tratarme como si mi lugar ya estuviera puesto.
Entramos al comedor.
La mesa era larga, de madera oscura, pero no fría. Había mole, arroz rojo, tortillas calientes, fruta, café de olla y un plato pequeño de fresas lavadas junto a una botella de leche de fresa.
Me quedé mirando la botella.
Sebastián la vio también, y por primera vez pareció incómodo.
—No sabía qué ibas a querer —dijo Isabel—. Sebastián mencionó que te gusta.
¿Mencionó?
Miré a mi flamante esposo.
Él tomó asiento con una calma sospechosa.
—Es una bebida común.
Lucía soltó una carcajada.
—Claro, primo. Por eso Don Tomás mandó a comprar tres marcas distintas "por si una no era la correcta".
—Lucía.
—¿Qué? Estoy creando ambiente familiar.
Don Alfonso golpeó suavemente el piso con el bastón.
—Déjenla respirar. La niña ha tenido un día largo.
La niña.
No lo dijo con inferioridad. Lo dijo como se dice de alguien a quien una quiere sentar, alimentar y proteger del mundo por un rato.
Comí porque todos parecían haber decidido que era la prioridad nacional. Isabel me sirvió mole. Lucía me pasó tortillas. Sofía me explicó que en esa casa nadie podía decir que no a las comidas dominicales. Sebastián, a mi lado, me dejó el vaso de leche de fresa sin comentario.
Yo no sabía cómo recibir tanto.
La caja de mis padres biológicos descansaba junto a mi silla. Don Alfonso la miró una vez, no con curiosidad, sino con respeto.
—Sebastián me contó que hoy recibiste algo importante —dijo.
Asentí.
—De mis padres.
—Entonces hoy no solo entras a una familia. También traes contigo la tuya.
La cuchara me tembló.
Don Alfonso hizo una seña a Isabel.
Ella salió un momento y regresó con una cajita de terciopelo verde oscuro.
El abuelo la abrió.
Adentro había un anillo de esmeralda, antiguo, con un brillo profundo, rodeado por pequeños diamantes. No era ostentoso como una joya de vitrina. Era algo usado, amado, guardado.
—Este anillo fue de mi esposa, Doña Catalina —dijo Don Alfonso—. Lo usó durante cincuenta años. Decía que una casa no se hereda por sangre, sino por la persona a quien eliges abrirle la puerta.
—Don Alfonso, yo no puedo aceptar...
—Sí puedes, mija.
Me tomó la mano con una firmeza dulce.
Sebastián se quedó muy quieto a mi lado.
—No reemplaza nada de lo que traes en esa caja —continuó el abuelo—. Solo te dice que aquí también tienes un lugar.
Me puso el anillo.
La esmeralda pesó sobre mi dedo como una promesa que nadie me había pedido ganar.
No pude hablar.
Isabel rodeó la mesa y se agachó a mi lado, sin importarle el protocolo ni la elegancia.
—Vale —dijo, tomándome la otra mano—, no tienes que entenderlo todo hoy.
Me mordí el interior de la mejilla.
—Es demasiado.
—Lo sé.
Su pulgar me acarició la mano.
—Pero ya estás aquí, hija.
Algo dentro de mí se quebró.