Ella no necesita que la rescaten.
Él no cree en el amor.
Luciana Ríos es una mujer que manda. Jefa en su oficina, independiente y acostumbrada a tomar decisiones que otros solo se atreven a sugerir. No depende de apellidos ni de fortunas ajenas… y jamás pensó convertirse en la esposa de nadie.
Alexander Montclair es el hombre más poderoso del continente. Exmilitar, magnate y heredero de un imperio que no admite errores. Frío, reservado y meticuloso, su vida se rige por contratos, reglas y control absoluto.
Un encuentro inesperado los enfrenta.
Un acuerdo los une.
Un matrimonio por contrato lo cambia todo.
Mientras una influencer caída en desgracia intenta recuperar el estatus que perdió, y un exnovio poderoso se consume entre celos, secretos y traiciones, Luciana descubre que ceder el control no siempre significa perder el poder… especialmente cuando el hombre que intenta dominarla es el único capaz de mirarla como un igual.
En un mundo donde el dinero compra silencios y los contratos
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Capitulo 23
Luciana
El avión apenas había tocado tierra cuando sentí que algo cambiaba.
No fue una intuición romántica ni un presentimiento dramático. Fue ese silencio extraño que se instala cuando el mundo deja de moverse como debería. Alexander estaba a mi lado, impecable como siempre, pero su mandíbula estaba tensa. No miraba el teléfono por ansiedad; lo hacía por cálculo.
Yo también revisé el mío.
Y ahí estaba.
Una notificación tras otra. Mensajes, menciones, titulares.
Mi nombre.
No el suyo.
El mío.
—Ya empezó —murmuré, sin dramatismo.
Alexander giró apenas la cabeza para mirarme. No preguntó qué. No hizo falta. Extendió la mano y yo la tomé, firme. No temblé. Si algo había aprendido en estas semanas era que el miedo no se elimina: se administra.
El coche nos llevó directo a la casa. Seguridad reforzada. Puertas cerrándose con un sonido demasiado definitivo para ser cotidiano. Apenas crucé el umbral, dejé el bolso sobre la mesa y caminé hacia la sala, donde una pantalla ya mostraba el desastre.
Filtraciones.
Supuestos informes.
Insinuaciones cuidadosamente redactadas para no ser demandables… pero sí destructivas.
No atacaban mi matrimonio.
Atacaban mi credibilidad.
—Rodrigo —dije en voz baja—. Esto no es Bárbara.
Alexander asintió.
—No. Ella solo prestó la plataforma.
Respiré hondo. Analicé. Pensé como la mujer que fui antes de este apellido y como la que soy ahora.
—Entonces respondemos —dije—. Pero no como esperan.
Me senté. Abrí mi portátil. No pedí permiso. No lo necesitaba.
La respuesta pública no fue emocional.
Un comunicado firmado por mí.
Una entrevista breve, sin lágrimas ni disculpas.
Documentos. Fechas. Hechos.
No negué. Desmentí con pruebas.
No ataqué. Exhibí inconsistencias.
No me defendí. Me posicioné.
En menos de una hora, el discurso cambió.
Ya no era “la esposa del magnate”.
Era Luciana Ríos, la mujer que no se quiebra cuando la empujan.
Alexander me observaba en silencio. No con orgullo exagerado. Con algo más peligroso: respeto absoluto.
—Ahora viene la parte fea —dije, cerrando el portátil.
Como si lo hubiera invocado, mi teléfono vibró.
Número privado.
Contesté.
—Luciana Ríos de Montclair —dije—. Habla.
Silencio. Luego, una voz distorsionada.
—Creíste que esto era solo mediático.
No respondí. No le di el gusto.
—Hay cosas de tu pasado —continuó— que ni tu esposo conoce. Y sería una pena que salieran… justo antes de que se consolide tu nueva imagen.
Miré a Alexander. No apartó la vista de mí.
—Si vas a amenazarme —dije con calma—, hazlo mejor. Eso fue mediocre.
La respiración al otro lado se tensó.
—Esto no es una amenaza —respondió—. Es una advertencia. Cuida tus movimientos. No todos tus errores están enterrados.
Colgué.
El silencio fue denso.
Alexander se acercó despacio.
—¿Qué era eso? —preguntó.
Lo miré. Por primera vez desde que nos conocimos, dudé.
No por miedo.
Por estrategia.
—Una confirmación —respondí—. Ya no quieren destruirte a ti.
Sus ojos se oscurecieron.
—Quieren quebrarme a mí.
Se acercó un paso más. Su presencia era un muro. Una promesa.
—Entonces se equivocaron de objetivo —dijo.
Yo asentí… pero algo dentro de mí se contrajo.
Porque mientras él pensaba en guerra, yo pensaba en una verdad específica. Antigua. Silenciosa. Guardada con demasiado cuidado.
Y supe, con absoluta certeza, que el próximo ataque no sería público.
Sería personal.
Y esta vez…
no sabía si estaba lista para que Alexander la conociera.
déjense de tanto juego 🤦🏼♀️
a cuidarse las espaldas /Shy//Slight/