En Vaelkoria, el aire huele a pólvora y traición. Declan es el puño de hierro del imperio, un hombre que no conoce la duda. Pero cuando captura a Navira en las fronteras de Sundergard, descubre que hay incendios que ni siquiera el acero más frío puede apagar. Ella es su prisionera, pero él es quien está perdiendo la libertad.
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Capítulo 15
Navira
El rumor del escándalo de la alcoba se había propagado por la Ciudadela como un incendio en un campo de heno seco. Esa noche, la cena de gala en honor a los embajadores de las Tierras del Este no era solo un evento diplomático; era un nido de víboras esperando ver caer a la "favorita" del Comandante.
Yo estaba sentada a la derecha de Declan, luciendo un vestido de seda color carmín que él mismo había elegido bajo la premisa de que "el rojo es el color de la guerra y tú eres mi batalla más dulce". El collar de diamantes pesaba sobre mi cuello, pero lo que más me pesaba era la sensación de cientos de ojos juzgándome. Declan, por su parte, parecía estar en su elemento. Llevaba el uniforme negro perfectamente abotonado, ocultando las vendas de su hombro, y su mano derecha descansaba sobre la mesa, a escasos centímetros de la mía, rozándome de vez en cuando para recordarme que estaba allí.
Pero entonces apareció ella.
La baronesa Isabella de Valmont era todo lo que yo no era: una mujer de la nobleza de Vaelkoria, con el cabello rubio casi blanco recogido en un peinado arquitectónico y una piel tan pálida que parecía tallada en mármol. Llevaba un vestido con un escote que desafiaba no solo el frío, sino cualquier rastro de decencia.
—General Declan —ronroneó ella, acercándose a nuestra mesa con una copa de cristal tallado. Su voz sonaba como seda arrastrándose sobre cristales rotos—. He oído que habéis tenido unos días... agitados. Los barones del norte pueden ser muy rústicos, pero siempre hay formas de curar las heridas que solo una verdadera dama de la corte comprende.
Isabella se inclinó hacia Declan, ignorando mi presencia por completo. El olor de su perfume, una mezcla empalagosa de jazmín y algo que me revolvió el estómago, invadió mi espacio. Vi cómo sus dedos, adornados con anillos de oro, rozaban el brazo sano de Declan con una familiaridad insultante.
Declan arqueó una ceja, su mirada volviéndose perezosa y divertida. El muy imbécil no la apartó de inmediato. Al contrario, se recostó en su silla, permitiendo que la baronesa invadiera su espacio personal.
—La baronesa de Valmont siempre tan preocupada por la salud del ejército —dijo Declan, su voz cargada de esa ironía que me volvía loca—. Pero me temo que mi cuidado médico actual es... excepcional.
—Oh, General, no me hable de cuidados médicos cuando lo que necesita es distracción —Isabella bajó la voz, pero en el silencio del salón, sus palabras se escucharon con claridad—. He echado de menos nuestras charlas privadas en el jardín de invierno. Dicen que habéis estado ocupado con... juguetes nuevos, pero todos sabemos que el acero de Vaelkoria solo se siente cómodo con el oro de la corte.
Sentí una presión en el pecho, una rabia caliente y eléctrica que no tenía nada que ver con la rebelión o la política. Mis dedos se cerraron alrededor del tallo de mi copa de vino hasta que mis nudillos se pusieron blancos. La baronesa me miró por fin, una mirada fugaz de arriba abajo, llena de un desprecio tan puro que me hizo hervir la sangre.
—Es una pena que el Comandante tenga que cargar con refugiadas en eventos de esta magnitud —susurró Isabella, lo suficientemente alto para que los generales cercanos rieran—. Le quita brillo a la corona, ¿no creéis?
Declan me miró de reojo, esperando mi reacción. Vi el brillo en sus ojos; el bastardo estaba disfrutando esto. Quería ver si yo, la rebelde indomable, iba a marcar mi territorio.
No lo pensé. No medí las consecuencias. La copa de vino golpeó la mesa con un estruendo que detuvo todas las conversaciones del salón. Me puse de pie, mi silla chirriando violentamente contra el suelo.
—Escúchame bien, perra de mierda —solté, y mi voz resonó en las bóvedas de piedra como un disparo.
El salón entero se quedó en un silencio sepulcral. Los embajadores abrieron los ojos de par en par, y los generales se quedaron con la comida a medio camino de la boca. Isabella se puso pálida de golpe, su mano cayendo del brazo de Declan como si se hubiera quemado.
—¿Cómo te atreves...? —balbuceó la baronesa, tratando de recuperar su compostura—. Eres una salvaje, una...
—Soy la mujer que le ha cosido las heridas que tú no tendrías el valor ni de mirar —le espeté, dando un paso hacia ella, ignorando que estaba rompiendo todos los protocolos diplomáticos del reino—. Y si vuelves a poner tus manos sobre él, o a hablar de mí como si no estuviera presente, te juro que ni todo el oro de tu linaje podrá pagar los dientes que te voy a arrancar.
Isabella retrocedió, tropezando con su propio vestido.
—¡General! ¡¿Va a permitir este insulto?! ¡Esta... esta criada me ha llamado "perra"!
Declan, que hasta ese momento se había mantenido en silencio, soltó una carcajada ronca y profunda que estalló en el salón. Se golpeó el muslo con la mano, riendo con una satisfacción tan genuina que me dejó descolocada.
—¡Oh, baronesa! —dijo Declan, recuperando el aliento mientras se limpiaba una lágrima de risa—. Le advertí que Navira tiene un temperamento difícil. Pero me temo que tiene razón en algo: ella no usa palabras bonitas para ocultar el veneno. Y por lo que veo, no le gusta compartir.
—¡Es un escándalo! —gritó Isabella, roja de furia—. ¡Exijo una disculpa!
—No habrá disculpas —dije yo, tomando mi copa de vino y, con un movimiento rápido, derramando el líquido rojo sobre el escote inmenso de la baronesa—. Ahora vete a lavarte, que el olor de tu desesperación está arruinando la cena.
Isabella soltó un grito de indignación y salió corriendo del salón, sollozando, seguida por sus damas de compañía. La tensión en el salón era insoportable, pero Declan no parecía notar nada. Se levantó y me tomó del brazo, pero no para regañarme, sino para atraerme hacia él.
—Vámonos —ordenó a la mesa, sin mirar a nadie más—. El Comandante tiene otros asuntos que atender.
Me arrastró fuera del salón de banquetes hacia los pasillos solitarios. Yo estaba hirviendo, la adrenalina todavía recorriendo mis venas. En cuanto estuvimos lejos de los guardias, le solté el brazo de un tirón.
—¡Eres un animal! —le grité, dándome la vuelta para encararlo—. ¡Te estabas riendo! ¡Estabas dejando que esa... esa mujer te manoseara delante de todos solo para ver qué hacía yo!
Declan se apoyó contra la pared de piedra, cruzando los brazos sobre su pecho. Tenía esa sonrisa de triunfo que me daban ganas de borrarle de un bofetón.
—Te ves preciosa cuando estás celosa, Navira —dijo con voz suave—. Casi se me olvida lo mucho que me duele el hombro cuando te escucho llamar "perra de mierda" a una de las mujeres más poderosas de la corte. Has arruinado una alianza con los Valmont por puros celos.
—¡No son celos! —exclamé, aunque mi voz tembló—. Es dignidad. Es... es que no soporto que seas tan imbécil de dejarte engañar por una cara bonita y un perfume barato.
—A mí no me engaña nadie, nena —dio un paso hacia mí, atrapándome entre su cuerpo y la pared—. Me encantó. Me encantó que marcaras tu territorio. Me encantó ver que te importa lo suficiente como para causar un incidente diplomático internacional.
—Ni te creas tanto, imbécil —le puse las manos en el pecho para empujarlo, pero él no se movió ni un milímetro—. Solo lo hice porque no soporto que nadie me mire por encima del hombro. No tiene nada que ver contigo. Podrías haber sido el Capitán Kael y habría hecho lo mismo.
Declan soltó una risa baja y me tomó de las muñecas, levantándolas por encima de mi cabeza como solía hacer cuando quería dominarme. Su mirada era ardiente, cargada de una devoción peligrosa.
—Mientes, mi pequeña rebelde. Kael no te importa. Sundergard te importa. Y yo... yo te importo más de lo que estás dispuesta a admitir en voz alta.
Me miró a los labios, y por un segundo, la guerra entre nosotros se detuvo.
—"Perra de mierda" —repitió él, saboreando las palabras—. Creo que es lo más romántico que me has dicho nunca.
—Te odio, Declan —susurré, sintiendo cómo mis fuerzas se desvanecían ante su cercanía.
—Y yo te adoro, Navira. Precisamente por esto.
Me soltó las muñecas y me pasó el brazo por la cintura, guiándome de vuelta hacia nuestras estancias.
—Mañana tendré que ejecutar a un par de generales por reírse, pero hoy... hoy estoy encantado con mi Navira. Me has dado el mejor espectáculo de la temporada.
—Eres un monstruo —dije, aunque esta vez no pude evitar que una pequeña sonrisa asomara a mis labios mientras caminábamos juntos por las sombras del palacio.
—Tu monstruo —corrigió él, dándome un beso rápido en la sien—. Y pobre de la que intente tocarme, porque mi mujer muerde.
Caminamos en silencio hacia la habitación, y mientras el frío de Vaelkoria soplaba fuera, yo sabía que Isabella de Valmont era la menor de mis preocupaciones. El verdadero peligro era el hombre que caminaba a mi lado, el que me llamaba "suya" y el que me hacía sentir que, en medio de la traición y la guerra, yo era la única reina de su mundo de hierro.
Gracias por compartir tu talento... 🙂😊🤗😄