Elena nunca imaginó que su libertad tendría un precio tan alto. Con su madre al borde de la muerte y las deudas asfixiándola, se ve obligada a aceptar la propuesta del hombre más poderoso y enigmático de la ciudad: Ernesto Blackwood.
El trato es sencillo: un año de matrimonio falso, una firma en un papel y ninguna pregunta. Ernesto necesita una esposa para cumplir con un legado familiar, y Elena necesita el dinero para salvar lo único que ama. Sin embargo, tras las puertas de la imponente mansión Blackwood, ella descubrirá que Ernesto es un hombre de secretos oscuros y una presencia letal.
Ahora, Elena se enfrenta a un desafío que no estaba en el contrato: sobrevivir a la intensidad de un hombre que no acepta un "no" por respuesta. En este juego de poder, ella aprenderá que no hay nada más letal que el peligro de amarlo.
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El puerto de los traidores
El aire en el muelle olía a sal, a metal oxidado y a pescado podrido, una mezcla que se me instaló en la garganta mientras bajaba de la motocicleta. Mis manos aún temblaban por la adrenalina del enfrentamiento en el callejón. Ernesto apagó el motor y se quedó vigilando la entrada del puerto, su mano descansando en el arma que ahora llevaba en la cintura con una naturalidad que me asustaba.
—Esa es —dijo, señalando una casa flotante que se mecía perezosamente al final de un pantalán de madera carcomida. No parecía el refugio de un genio, sino el desguace de un náufrago.
Caminamos con cuidado sobre las tablas que crujían bajo nuestros pies. Al entrar en la casa flotante, el ambiente cambió. Dentro, el espacio estaba abarrotado de pantallas de alta resolución, cables que colgaban del techo como lianas metálicas y un zumbido constante de servidores refrigerados. "El Arquitecto" ya nos esperaba, pero no estaba solo. Tenía un televisor sintonizado en un canal de noticias locales.
—Llegan justo a tiempo para ver su funeral —dijo el hombre, sin apartar la vista de una de las pantallas.
Me acerqué al televisor. Mi corazón dio un vuelco. Nuestras fotos, las que nos tomaron en la gala de la galería, estaban en la pantalla. Pero el titular no hablaba de negocios.
"Orden de captura inmediata contra Ernesto Blackwood y Elena Noir por malversación de fondos y complicidad en el asesinato de Alexander Rossi".
—¿Asesinato? —mi voz salió como un hilo—. Pero si Alexander estaba vivo cuando nos fuimos...
—Isabel no deja cabos sueltos, Elena —dijo Ernesto, su voz sonando como un trueno contenido—. Ha matado a Rossi para inculparnos. Ahora no solo somos fugitivos del Consejo, somos fugitivos de la ley. Ha puesto una recompensa por nuestras cabezas que haría que hasta tu propia sombra nos traicionara.
—Por eso nadie quería ayudarlos —añadió El Arquitecto, conectando el diario de mi padre a un escáner láser—. He tenido que bloquear la señal de esta casa. Si usan un solo teléfono o intentan acceder a una cuenta bancaria, la policía estará aquí en tres minutos.
Me senté en un taburete metálico, sintiendo que el peso del mundo me aplastaba. Ernesto se acercó y me puso una mano en el hombro. Su tacto era lo único sólido en una realidad que se desmoronaba por segundos.
—Mira esto —nos llamó El Arquitecto.
En la pantalla principal, los datos del diario de mi padre empezaron a desencriptarse. No eran solo cuentas. Era un organigrama. En la cima, el nombre de mi tía, Isabel Noir, brillaba con una luz roja. Pero debajo de ella, había una lista de "infiltrados".
Mis ojos recorrieron los nombres de jueces, políticos y... mi respiración se detuvo.
—El jefe de policía —susurré—. El hombre que lidera nuestra búsqueda es uno de los activos de mi tía.
—Estamos atrapados en una red que nosotros mismos ayudamos a tejer, aunque fuera sin saberlo —dijo Ernesto, apretando el puño—. Pero aquí hay algo más. El diario menciona una propiedad: "El Olivar". Dice que allí se guardan los servidores físicos que no están conectados a la red global. Es el único lugar donde podemos borrar la orden de captura y exponer a Isabel.
—El Olivar es la antigua casa de campo de mi madre —dije, recordando los veranos de mi infancia—. Pero Isabel la cerró hace años. Dijo que era un lugar maldito.
—Es maldito porque es el corazón de su imperio —sentenció Ernesto—. Elena, si vamos allí, entraremos directamente en la boca del lobo. No habrá protección, ni blindajes, ni escapatoria.
—Ya no tengo miedo de la boca del lobo, Ernesto —respondí, mirándolo fijamente—. Tengo miedo de vivir una vida donde ella gane. Si "El Olivar" es el principio de todo, será también el final.
Ernesto asintió y, por un breve segundo, me atrajo hacia él en un abrazo desesperado. En medio de los servidores y el olor a puerto, el peligro de amarlo se convirtió en mi motor. No éramos solo dos personas huyendo; éramos la resistencia contra una dinastía de sombras.
—Arquitecto, prepara el equipo —ordenó Ernesto—. Salimos hacia el campo al amanecer. Si vamos a caer, lo haremos quemando el trono de los Noir.