Me convertí en el arma que Caeleen Valkrum usaba para darle celos a su amante secreto. Un amor de años. Un hombre casado. El único que realmente importaba. Yo solo era el profesor tranquilo, el refugio, el que no preguntaba. Pero cuando el juego se volvió real, cuando sus besos dejaron de ser una farsa, el amante contraatacó. Y ahora estoy en medio de una guerra que no pedí, con un hombre que me mira como si yo también pudiera ser su hogar. ¿Y si al final el que termina ardiendo soy yo? ¿O quizás, entre las cenizas de los dos, podemos construir algo que ninguno tuvo nunca?
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LA POSESIÓN.
La paz de Azren no era una estrategia. Era una retirada auténtica, una frontera dibujada en el mapa de su propio corazón. Había dejado de medir su valor por la atención de Caeleen y, al hacerlo, había descubierto un silencio propio, ligero y lleno de aire.
Los mensajes con León se habían convertido en un ritual. Breves, directos, sin adornos. Un "¿sigues vivo?" cada dos días, un "todavía" de respuesta. Nada más. Nada menos. Era un salvavidas en medio del silencio que había decidido imponerse.
Pero para Caeleen Valkrum, la indiferencia era el único insulto imperdonable. No el odio, no el desafío. La simple y tranquila indiferencia. El haberse convertido, para Azren, en un dato del paisaje y no en el paisaje mismo.
El mensaje que Azren había recibido en la galería —"Hoy elegí quedarme. Él me llamó. No fui"— había quedado sin respuesta. No por orgullo. Porque Azren ya no sabía qué significaba. Porque ya no confiaba en su propio criterio cuando se trataba de Caeleen.
Tres días después, la tormenta llegó.
No fue una llamada, ni un mensaje. Azren abría la puerta de su apartamento después de una larga jornada, y allí estaba él. Caeleen, apoyado contra el marco opuesto en el pasillo, como si el tiempo hubiera solidificado a su alrededor mientras esperaba. Vestía ropa de entrenamiento, el cabello desordenado por el viento o por la impaciencia. Sus ojos ámbar lo atravesaron, y en ellos no había fuego, sino el frío eléctrico de un circuito a punto de cortarse.
—Entra —dijo. No era una orden vocal; era una presión en el aire, una distorsión gravitacional.
Azren, con un nudo en el estómago, obedeció. Cerró la puerta. El clic del pestillo sonó como el principio de un encierro.
Antes de que pudiera hablar, Caeleen se movió. No con la rapidez de un ataque, sino con la inevitabilidad de una marea. Lo empujó contra la puerta, su cuerpo una barrera de calor y fuerza que anulaba toda posibilidad de fuga.
—¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó Caeleen, el aliento caliente en su mejilla.
—Viviendo —logró decir Azren, pero la palabra se quebró. La proximidad era un disolvente para su recién ganada calma.
—No. —La negativa fue un siseo—. Estás haciéndote el muerto. Subes fotos sonriendo. Me ignoras. Me miras como si yo fuera… un recuerdo incómodo. ¿Crees que puedes borrarme así?
Azren intentó apartar la cara, pero una mano se cerró en su mandíbula, obligándolo a mantener la mirada. No era doloroso, era definitivo.
—No intento borrarte —susurró Azren, la verdad escapándole—. Intento… sobrevivirte.
La palabra cayó entre ellos. Sobrevivirte. Era la confesión más honesta y peligrosa. No era rechazo; era un diagnóstico. Declaraba que Caeleen era algo de lo que había que recuperarse.
Algo se quebró en la expresión de Caeleen. No era herida. Era la furia negra de un dios al que un mortal le niega su adoración.
—¿Y el mensaje? —preguntó, su voz baja y cortante—. ¿Lo viste? Dije que me quedé. Dije que lo elegí a él. ¿Y tú? Nada. Silencio.
Azren lo miró. Vio la confusión en sus ojos, la necesidad de una respuesta, de una reacción, de algo.
—No supe qué contestar —dijo con honestidad—. No sé si era verdad o era otro juego.
Caeleen apretó la mandíbula. La furia vibraba en él, pero también algo más. Algo que podía ser frustración. O miedo.
—No era un juego.
—¿Cómo voy a saberlo? —Azren negó con la cabeza, un movimiento mínimo—. Llevo meses sin saber cuándo juegas y cuándo no. Así que decidí dejar de jugar.
—Pues fallaste —rugió Caeleen, su voz un sonido grave y roto—. Porque no se deja de jugar conmigo, Azren. No se sale así nomás. Tú me perteneces. No como un arma. No como una farsa. Como esto.
Su mirada bajó a los labios de Azren.
—Como mi nueva verdad. Y no voy a dejar que la escondas detrás de silencios.
Y entonces lo besó.
No fue un beso. Fue una reclamación por la fuerza. Una negación física de toda esa independencia que Azren había cultivado. Caeleen devoró su boca con una urgencia posesiva que no dejaba espacio para el pensamiento, solo para la rendición.
Y Azren… se rindió. No por estrategia, no por debilidad. Se rindió porque, ante el hecho físico y abrumador de Caeleen, toda su filosofía de retiro se evaporó. Su cuerpo, su deseo acumulado durante meses, traicionó a su mente renovada. Un gemido se liberó de su garganta, y con él, toda la resistencia. Sus manos se aferraron a Caeleen, no para luchar, sino para anclarse en el torbellino.
Caeleen sintió la rendición y un gruñido de triunfo primordial vibró en su pecho. Separó sus labios un momento, jadeando, sus ojos escrutando el rostro de Azren en busca de su derrota.
—Así —masculló, su voz ronca por el deseo y el poder—. Así es como es. Sin mentiras. Sin fingir que no ardo por ti. Eres mío. Una posesión que no suelto.
Y llevándolo a la cama, hizo de esas palabras una verdad física, incuestionable. No hubo romanticismo, sino intensidad pura y posesiva. Cada tacto, cada mordisco, cada susurro áspero —"Mío. Aquí. Así."— era un clavo que fijaba a Azren en su nuevo estatus: propiedad de Caeleen Valkrum.
Después, en el silencio sudoroso, Caeleen se incorporó sobre un codo. Su mano, áspera, acarició la línea de la mandíbula de Azren con una ternura que era tan posesiva como todo lo anterior.
—Esto no cambia nada con Darius —dijo, su voz baja pero clara como un decreto.
Azren, exhausto y vulnerable, lo entendió. No era una elección. Era una declaración de posesión dual. Caeleen no renunciaba a su obsesión por Darius. Sumaba una nueva. Azren no era un reemplazo; era una adquisición.
—El mensaje —dijo Azren, la voz rota—. ¿Fue verdad?
Caeleen tardó en responder. Su mirada se perdió un momento en la oscuridad de la habitación.
—Sí —dijo al fin—. Me llamó. Dijo que me necesitaba. Y yo… me quedé. Pensando en ti. En lo que me dijiste. En lo que estábamos construyendo. Y no fui.
Azren sintió un vuelco. No sabía si creerle. No sabía si eso cambiaba algo.
—¿Por qué?
Caeleen lo miró. Y en sus ojos, por primera vez, no había furia ni deseo. Había algo más frágil. Algo que parecía honestidad.
—Porque tú también importas —dijo—. Por más que me cueste admitirlo. Por más que no sepa hacer esto de otra manera. Importas.
Azren cerró los ojos. Las palabras se clavaron en él como pequeñas dagas de esperanza.
—No sé si puedo confiar en eso —susurró.
—Yo tampoco sé si puedo dártelo —respondió Caeleen—. Pero esta noche, aquí, es verdad.
Lo jaló contra su pecho, rodeándolo con un brazo que era a la vez un abrazo y una cadena.
—Duerme —ordenó.
Y Azren, conquistado, confundido y más vivo de lo que había estado en semanas, cerró los ojos. El amanecer traería el peso de esta nueva verdad. Traería preguntas sin respuesta, dudas, miedos.
Pero por esa noche, en la oscuridad cálida, eligió creer.
Aunque solo fuera por unas horas..