Me contrato para traducir el corazón de su amante.
Terminé enamorándome de él.
Azren solo quería ayudar a Caeleen Valkrum —dios del baloncesto, multimillonario, el hombre más guapo que había visto nunca— a entender al hombre que le rompió el alma.
Pero cada palabra que analizaba, cada secreto que descifraba sobre Darius, lo acercaba más al abismo de caer por Caeleen.
Cuando sus familias pactan su matrimonio, Azren acepta convertirse en el esposo legal del hombre que ama en secreto. Una alianza sellada con papeles, con anillos, con un "sí, quiero" que Caeleen pronunció mirando a otro.
Porque prefiere quemarse en su tormenta a no tener nada de él.
Aunque sabe que, cuando el fuego se apague...
Caeleen seguirá amando a otro.
Y él habrá perdido todo.
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LA POSESIÓN.
La paz de Azren no era una estrategia. Era una retirada auténtica, una frontera dibujada en el mapa de su propio corazón. Había dejado de medir su valor por la atención de Caeleen y, al hacerlo, había descubierto un silencio propio, ligero y lleno de aire.
Pero para Caeleen Valkrum, la indiferencia era el único insulto imperdonable. No el odio, no el desafío. La simple y tranquila indiferencia. El haberse convertido, para Azren, en un dato del paisaje y no en el paisaje mismo.
La tormenta llegó tres días después de la galería. No fue una llamada, ni un mensaje. Azren abría la puerta de su apartamento después de una larga jornada, y allí estaba él. Caeleen, apoyado contra el marco opuesto en el pasillo, como si el tiempo hubiera solidificado a su alrededor mientras esperaba. Vestía ropa de entrenamiento, el cabello desordenado por el viento o por la impaciencia. Sus ojos ámbar lo atravesaron, y en ellos no había fuego, sino el frío eléctrico de un circuito a punto de cortarse.
—Entra —dijo. No era una orden vocal; era una presión en el aire, una distorsión gravitacional.
Azren, con un nudo de instinto ancestral apretándose en el estómago, obedeció. Cerró la puerta. El clic del pestillo sonó como el principio de un encierro.
Antes de que pudiera hablar, Caeleen se movió. No con la rapidez de un ataque, sino con la inevitabilidad de una marea. Lo empujó contra la puerta, su cuerpo una barrera de calor y fuerza que anulaba toda posibilidad de fuga.
—¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó Caeleen, el aliento caliente en su mejilla.
—Viviendo —logró decir Azren, pero la palabra se quebró. La proximidad era un disolvente para su recién ganada calma.
—No. —La negativa fue un siseo. —Estás haciéndote el muerto. Subes fotos sonriendo. Sales con gente que no importa. Me miras como si yo fuera… un recuerdo incómodo. ¿Crees que puedes borrarme así? ¿Convirtiéndote en un fantasma feliz?
Azren intentó apartar la cara, pero una mano se cerró en su mandíbula, obligándolo a mantener la mirada. No era doloroso, era definitivo.
—No intento borrarte —susurró Azren, la verdad escapándole—. Intento… sobrevivirte.
La palabra cayó entre ellos. Sobrevivirte. Era la confesión más honesta y peligrosa. No era rechazo; era un diagnóstico. Declaraba que Caeleen era algo de lo que había que recuperarse.
Algo se quebró en la expresión de Caeleen. No era herida. Era la furia negra de un dios al que un mortal le niega su adoración.
—Pues fallaste —rugó, su voz un sonido grave y roto—. Porque no se sobrevive a una posesión, Azren. Solo se pertenece. Y tú me perteneces. No como un arma. No como una farsa. Como esto. —Su mirada bajó a los labios de Azren—. Como mi nueva verdad. Y no voy a dejar que la escondas detrás de sonrisas de postal.
Y entonces lo besó.
No fue un beso. Fue una reclamación por la fuerza. Una negación física de toda esa independencia que Azren había cultivado. Caeleen devoró su boca con una urgencia posesiva que no dejaba espacio para el pensamiento, solo para la rendición.
Y Azren… se rindió. No por estrategia, no por debilidad. Se rindió porque, ante el hecho físico y abrumador de Caeleen, toda su filosofía de retiro se evaporó. Su cuerpo, su deseo acumulado durante meses, traicionó a su mente renovada. Un gemido se liberó de su garganta, y con él, toda la resistencia. Sus manos se aferraron a Caeleen, no para luchar, sino para anclarse en el torbellino.
Caeleen sintió la rendición y un gruñido de triunfo primordial vibró en su pecho. Separó sus labios un momento, jadeando, sus ojos escrutando el rostro de Azren en busca y encuentro de su derrota.
—Así —masculló, su voz ronca por el deseo y el poder—. Así es como es. Sin mentiras. Sin fingir que no ardo por ti. Eres mío. Una posesión que no suelto.
Y llevándolo a la cama, hizo de esas palabras una verdad física, incuestionable. No hubo romanticismo, sino intensidad pura y posesiva. Cada tacto, cada mordisco, cada susurro áspero ("Mío. Aquí. Así.") era un clavo que fijaba a Azren en su nuevo estatus: propiedad de Caeleen Valkrum.
Después, en el silencio sudoroso, Caeleen se incorporó sobre un codo. Su mano, áspera, acarició la línea de la mandíbula de Azren con una ternura que era tan posesiva como todo lo anterior.
—Esto no cambia nada con Darius —dijo, su voz baja pero clara como un decreto.
Azren, exhausto y vulnerable, lo entendió. No era una elección. Era una declaración de posesión dual. Caeleen no renunciaba a su obsesión por Darius. Sumaba una nueva. Azren no era un reemplazo; era una adquisición.
Antes, esa verdad lo habría destrozado. Ahora, con el eco del placer aún temblando en sus huesos y el peso de Caeleen a su lado, solo podía aceptarlo. Había perdido la guerra por su independencia. Había sido reclamado. Pero en esa derrota, había una verdad visceral: ocupaba un espacio real en el mundo de Caeleen. Un espacio de carne y deseo que Darius, en su jaula de arte y matrimonio, nunca tendría.
Caeleen lo jaló contra su pecho, rodeándolo con un brazo que era a la vez un abrazo y una cadena.
—Duerme —ordenó.
Y Azren, conquistado, poseído y más vivo de lo que había estado en semanas, cerró los ojos. El amanecer traería el peso de esta nueva y amarga verdad. Pero por esa noche, en la oscuridad cálida, ser una posesión se sentía, perversamente, como el único lugar donde podía descansar.