Samantha no encaja en los estándares, y está cansada de que el mundo se lo recuerde a cada paso: en el espejo, en las miradas ajenas, en las palabras que duelen más de lo que muestran. Pero detrás de cada inseguridad hay una fuerza callada. Y cuando el nuevo profesor llega a su vida con una mirada distinta —una que no juzga, que no exige, que desea— todo comienza a cambiar.
Lo que empieza como una atracción silenciosa se convierte en algo que ninguno de los dos esperaba.
¿Podrán mantenerse al margen de lo prohibido? ¿O hay cosas que, aunque quieran ocultarse, terminan por estallar?
Una historia de deseo, ternura y valentía.
Porque a veces el amor no llega cuando te sentís lista… sino cuando por fin dejás de esconderte.
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Capítulo 14 — El lugar en común
Samantha
Cuando leí el mensaje, quise quedarme en casa. Taparme con las sábanas, dejar que el domingo se estire un poco más.
> "Se suspende la clase de hoy. El profesor no podrá asistir. Disculpas por la demora en avisar."
Suspiré largo. Me hubiera encantado tener la mañana libre, pero la siguiente clase no estaba cancelada. Y era justo dentro de una hora. Volver a casa no tenía sentido: el trayecto era largo, y apenas llegara tendría que salir corriendo otra vez.
Así que en lugar de eso, decidí esperar.
A pocas cuadras de la universidad hay un café tranquilo, más pequeño que el que conozco tan bien por dentro, pero con una atmósfera parecida. A esa hora estaba casi vacío. Entré, pedí un capuchino con canela —mi forma favorita de endulzar los días grises— y elegí una mesa cerca de la ventana.
Saqué mi cuaderno de bocetos sin saber si iba a dibujar. A veces me gustaba simplemente abrirlo y dejarlo ahí, como una promesa de creatividad que no tenía obligación de cumplir. Me acomodé el cabello detrás de la oreja y estiré las piernas con cuidado. Era uno de esos momentos en los que el mundo parecía detenerse un poco, solo lo suficiente para respirar.
No sé cuánto tiempo había pasado cuando sentí que alguien entraba.
Lo supe antes de mirar. Como si el ambiente hubiese cambiado de golpe.
Giré el rostro y ahí estaba él.
El profesor Herrera.
Llevaba jeans oscuros y una campera liviana. El cabello ligeramente despeinado y una expresión tranquila que no era la de la universidad. No parecía apurado ni molesto. Solo alguien que entraba a tomarse un café en mitad de una mañana cualquiera.
Tardó apenas unos segundos en verme. Sonrió en cuanto nuestras miradas se cruzaron y se acercó con paso sereno.
—Samantha —dijo, sin parecer sorprendido—. ¿Hoy no te tocaba trabajar?
Negué con una sonrisa.
—Hoy vine como clienta. Una clase se suspendió, pero la próxima es dentro de una hora y no me daba el tiempo para ir a casa y volver.
—Sabia elección. Este café tiene buena música.
Miró la mesa vacía frente a mí, como pidiendo permiso sin decirlo.
—¿Te molesta si me siento un rato?
—Claro que no —respondí.
Se sentó frente a mí y pidió un café negro sin azúcar. No sacó la libreta, como la otra vez. Solo miró por la ventana durante un momento y luego volvió los ojos hacia mí.
—¿Dibujando?
Miré mi cuaderno.
—Más bien dejando que me mire a mí. Hoy no estoy muy inspirada.
Él sonrió con ese gesto sutil suyo, casi imperceptible.
—A veces la inspiración viene cuando menos la esperamos.
Estuvimos así un rato. No largo. No incómodo. Él bebía su café con pausas, como si no tuviera apuro por llegar a ninguna parte. Yo fingía repasar cosas en el cuaderno, pero en realidad lo estaba observando a él. A cómo movía las manos, a su voz suave, a ese aire sereno que parecía rodearlo.
Cuando el reloj marcó veinte minutos antes de mi clase, empecé a guardar mis cosas.
—Creo que debo irme.
Él se puso de pie al mismo tiempo que yo.
—¿Te llevo?
Me detuve.
—No hace falta. Es cerca —mentí.
Él me miró sin apurarse.
—Insisto.
—Profesor, ya es un abuso…
—No es ningún abuso, Samantha —dijo con firmeza suave—. Y si lo fuera, créeme que no te lo ofrecería.
Sentí un cosquilleo en el estómago.
—Está bien. Pero solo por hoy.
Sonrió.
Caminamos juntos bajo el cielo encapotado. El viento era fresco, y a pesar de la estación, el clima parecía de octubre. No dijimos mucho, pero tampoco fue incómodo. Era como si el silencio compartido tuviera un lenguaje propio.
Cuando llegamos a la universidad, me abrió la puerta con naturalidad.
—Gracias otra vez —dije, bajando la vista.
—Nos vemos en clase.
Y se fue.
Me quedé parada unos segundos antes de entrar. No era nada. Solo una coincidencia, un gesto amable. Nada que comentar.
Pero el recuerdo de su voz quedó flotando en mi mente más tiempo del que debería.