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Bajo El Altar De Las Rosas: La Sentencia Del Villano

Bajo El Altar De Las Rosas: La Sentencia Del Villano

Status: En proceso
Genre:Romance
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

A veces el amor no es un cuento de hadas, sino una promesa de sangre y espinas que el tiempo no pudo marchitar.

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Capítulo 08

El sol de la mañana se filtraba a través de las cortinas de seda de la habitación de Zhi Zhi, creando patrones de luz dorada sobre el suelo de mármol blanco. Todo en su cuarto era perfecto: los libros alineados por color, el aroma a jazmín fresco, la cama King size con sábanas de ochocientos hilos. Era, por definición, el paraíso. Sin embargo, para Zhi Zhi, el aire se sentía enrarecido, como si estuviera respirando dentro de una campana de cristal a la que se le agotaba el oxígeno.

Se miró en el espejo de cuerpo entero. Llevaba el uniforme de la Academia Shengli: la falda de tablas gris, la camisa blanca impoluta y la chaqueta azul marino con el escudo bordado en hilo de oro. Pero al bajar la vista hacia sus manos, vio el rastro de la noche anterior. Debajo de sus uñas, a pesar de haberse frotado tres veces en la ducha, todavía quedaba una mínima mota oscura de grasa de motor.

Un pequeño recordatorio de que había estado en el "barro". Un secreto que palpitaba bajo su piel como una quemadura.

—Zhi Zhi, el desayuno está servido. Tu padre te espera —la voz de la ama de llaves, suave y desprovista de emoción, llegó desde el otro lado de la puerta.

—Bajo en un minuto, gracias —respondió ella, ocultando rápidamente sus manos en los bolsillos de la chaqueta.

El comedor de la mansión Shen era un espacio de techos altos y ecos largos. Su padre, el Director Shen, estaba sentado a la cabecera, leyendo informes financieros en su tablet mientras bebía un café negro que olía a granos caros y amargura.

—Llegas tarde tres minutos —dijo él, sin levantar la vista. Su voz era como un bloque de hielo golpeando el cristal—. Una líder no puede permitirse el lujo de la impuntualidad, Zhi Zhi. La disciplina es lo único que nos separa del caos que hay al otro lado del muro.

Zhi Zhi se sentó en silencio, sintiendo que el peso de las palabras de su padre le oprimía el pecho.

—Lo siento, padre. No dormí bien.

El Director Shen bajó la tablet y clavó sus ojos fríos en ella. Eran ojos que no buscaban afecto, sino resultados.

—He oído rumores extraños en la Academia. Me han dicho que has estado mostrando un interés inusual por los perímetros de seguridad del Distrito Norte. Y ayer, tu rastreador GPS mostró una señal inestable cerca del puente fronterizo a medianoche.

El corazón de Zhi Zhi se detuvo por un segundo. Sintió un sudor frío recorriéndole la espalda, pero mantuvo la expresión impasible que años de entrenamiento le habían otorgado.

—Estaba estudiando la arquitectura de los barrios bajos para mi proyecto de sociología, padre —mintió con una fluidez que la asustó—. Quería ver la diferencia estructural entre su sistema eléctrico y el nuestro. La señal debe haber fallado por las interferencias de sus torres de radio ilegales.

Su padre la observó durante lo que pareció una eternidad. El silencio en la mesa era tan denso que Zhi Zhi podía oír el tictac del reloj de pared, que sonaba como una sentencia.

—Ten cuidado —dijo finalmente—. El barro es pegajoso, Zhi Zhi. Si te acercas demasiado, acaba manchándote. Y no voy a permitir que nada manche el apellido Shen, especialmente ahora que la familia Lin está considerando una alianza estratégica a través de tu compromiso con su hijo cuando te gradúes.

Zhi Zhi apretó los cubiertos de plata con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. El compromiso con Lin Feng. Otro clavo en su ataúd de oro.

***

En la Academia Shengli, el ambiente no era mucho mejor. Zhi Zhi caminaba por los pasillos encerados, sintiéndose como una extraña en su propio reino. Sus compañeros hablaban de cruceros por el Mediterráneo y de coches deportivos, mientras que ella solo podía pensar en la herida en la sien de JiNian y en el frío de aquel taller.

—¡Zhi Zhi! ¡Espera!

Una chica de cabello negro perfectamente lacio y ojos astutos se interpuso en su camino. Era Lin Mei, la hermana menor de su pretendiente y su rival más directa por la presidencia del consejo. Lin Mei siempre llevaba el uniforme un centímetro más corto de lo permitido y una sonrisa que nunca llegaba a sus ojos.

—He oído que el chico del taller, ese delincuente de la técnica, estuvo involucrado en una pelea anoche —dijo Lin Mei, fingiendo preocupación—. Qué horror, ¿verdad? Dicen que casi matan a alguien. Esos animales no saben vivir de otra forma.

Zhi Zhi sintió una punzada de rabia que le subió por la garganta.

—No son animales, Mei. Son personas que intentan sobrevivir en un lugar que nosotros preferimos ignorar —respondió Zhi Zhi, su voz más afilada de lo que pretendía.

Lin Mei arqueó una ceja, sorprendida.

—Vaya, qué defensiva. Si no te conociera, diría que sientes lástima por ellos. O algo peor. Ten cuidado, Presidenta. La compasión por los parias es una debilidad que el Consejo no tolera. Mi hermano dice que te ha visto distraída últimamente. Sería una pena que tu rendimiento bajara justo antes de San Valentín.

Zhi Zhi la esquivó sin responder, pero sus palabras se quedaron grabadas en su mente como sombras. "Algo peor". ¿Era eso lo que sentía por JiNian? ¿Algo peor que la lástima?

Esa tarde, el contraste entre sus mundos se volvió insoportable. Después de clase, Zhi Zhi tenía una sesión de piano obligatoria. Mientras sus dedos se movían mecánicamente sobre las teclas de marfil, interpretando una sonata de Beethoven, su mente estaba en otra parte.

Se imaginaba a JiNian trabajando bajo el sol abrasador o bajo la lluvia ácida del Distrito Norte. Recordó cómo él le había dicho que su padre había muerto construyendo los rascacielos que ella ahora habitaba. Cada nota perfecta que salía del piano se sentía como un insulto a la lucha de él. El lujo de su sala de música, con sus techos pintados a mano y su acústica perfecta, le resultaba obsceno.

Al terminar, cerró la tapa del piano con un golpe seco que resonó en toda la mansión. Se quitó la chaqueta del uniforme y la arrojó al suelo. Necesitaba verlo. Necesitaba saber que él seguía allí, que no era solo un sueño febril de sus noches de rebeldía.

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