Diane; una mujer que vive la vida despreocupadamente, donde le importa poco el qué dirán o lo que piensen de ella. Se enfrentará a muchas circunstancias desafortunadas, que le harán cuestionar su suerte. Luego de un accidente en el que estuvo a punto de perder la vida, ocurren ciertos acontecimientos donde extrañamente un desconocido y un misterioso hombre aparecen en su vida para cambiarla por completo.
Una historia donde nada es lo que parece; y existen secretos que pueden darle un giro inesperado a la vida de Diane.
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15
—¿Qué está sucediendo, Srta. Diane? — mi jefa se acercó al escuchar la discusión.
—Siento mucho causar tanto escándalo, señora— bajé la cabeza—. Ella es mi madre y vino a hacer una escena aquí. Le pido disculpas.
—Vine hablar con mi hija sobre asuntos familiares, ya que hay una emergencia en la casa y necesito que ella venga conmigo. ¿No hay ningún problema en que salga del trabajo por unas horas?
—No, señora. Yo no tengo que ir a ninguna parte con ella. Seguiré trabajando. Permiso.
—Si tratas de irte y no me escuchas, voy a cerrar este lugar y sabes que puedo hacerlo, Diane— dijo mi madre en un tono bajo, y Ezequiel me agarró la mano, haciéndome salir del restaurante.
—¿Qué haces, Ezequiel? Perderé mi trabajo si salgo así y causo más problemas.
Ezequiel sacudió su cabeza y me hizo una seña como de que escuchara, pero no entendía bien.
—¿Qué escuché qué?
Señaló hacia mí madre y me agarró la mano llevándola a su pecho y con la otra señaló el suelo.
—¿Te quedarás conmigo aquí? — asintió con su cabeza, y sonreí—. Gracias.
Mi madre salió y se paró frente a nosotros.
—Espero no estés pensando huir otra vez. Ya es suficiente. Estoy cansada de seguir con esto, Diane. No compliques más las cosas. La salud de tu hermana está delicada y estás jugando con ella.
—Y ustedes jugaron conmigo. ¿Por qué ella es tan importante para ustedes? ¿Por qué siempre es lo mismo? Desaparecieron de la nada y ahora resulta que todo fue para ir con mi hermana. Enviaron a ese desgraciado de Edgard a lastimarme y a nadie le importó. Me dejaron en la calle, me robaron todo el dinero que ahorré con esfuerzo, casi me matan y ninguno de ustedes estuvo ahí para mí. Todo es mi hermana, mi hermana y mi hermana. ¿Por qué me tiene que importar lo que le pase a ella? ¿Quién se preocupa por lo que me pase a mí? ¡Nadie!
—Tu propósito en esta vida y el haber tenido el privilegio de estar en nuestra familia, es por tu hermana. Tu obligación es salvarla ahora que está delicada.
—No lo haré y nadie puede obligarme.
—Hablemos en otro lugar y a solas.
—No, Ezequiel se quedará conmigo. Es de confianza para mí.
—¿Es tu noviecito?
—¿Y si así lo fuera qué?
—Vamos a mi auto, hablaremos allá, él puede venir— mi madre caminó y miré a Ezequiel.
—Siento mucho haber dicho eso, espero no te moleste— sacudió su cabeza y sonrió. Supongo que no se molestó.
Ambos caminamos al auto de mi madre y nos subimos, dejando la puerta abierta.
—Ahora dime, ¿qué quieres? Necesito seguir trabajando, aunque lo más probable con esto me despidan. Espero estés satisfecha con fastidiarle la vida a tu hija.
—En primer lugar, nunca debí permitir que te fueras de la casa y me hubiera ahorrado todo esto.
—Ve al punto. Ya te dije que no haré nada por ella, así que, si eso era todo, ya me voy.
—Creí que realmente te importaba la vida de tu hermana, pero veo que no.
—¿Por qué me va a importar? Nunca me vio como una hermana, más bien como una molestia, al igual que todos ustedes.
—Creo que es tiempo de que sepas la verdad, Diane.
—¿Qué verdad?
—Desde pequeña siempre estuviste de acuerdo en ayudar a tu hermana, eras capaz de todo por ella, ¿por qué ahora las cosas cambiaron?
—Jamás estuve de acuerdo con nada, porque yo ni sabía sobre esto.
—Tú nunca tuviste problemas cuando bebé, siempre fuiste una niña sana, pero tu hermana no tuvo la misma suerte.
—¿Y yo tengo que pagar por eso? Si está enferma, es porque Dios lo quiso así. Bastante daño nos ha hecho, en especial a mí.
—Deberías dejar de ser tan rencorosa y comprender la situación.
—Lo único que comprendo es que solo te importa ella. Lo siento, mamá, pero no me voy a sacrificar por ella.
—Para esto naciste, Diane. Tú no puedes darle la espalda a tu hermana y dejarla así. Tu deber es ayudarla.
—Mentira— dijo Ezequiel, tan claro que pude comprenderlo.
Me sorprendí al escucharlo, ha estado diciendo palabras más claras últimamente.
—¿Por qué dices eso, Ezequiel? — le pregunté y se quedó mirando a mi mamá, sin decir una sola palabra más—. ¿Cómo que para esto nací? ¿Eso qué significa? ¿Desde que nací todo estaba planificado? ¿Eso es lo que quieres decir?
Se quedó en silencio y suspiró.
—Sí, por eso es tu deber como hermana ayudarla.
—Claro, ahora entiendo. Mi vida no te importa, solo la de ella. Yo realmente no soporto esto más— iba a salir del auto, pero mi mamá me agarró la mano.
—Por favor, Diane. Si queda algo en tu corazón por alguno de nosotros, ayúdala.
—No lo haré, puedes irte.
—Eres adoptada, Diane— soltó, como si fuera una más de sus mentiras.
—¿Qué?
—No quería llegar a esto, pero no me das opciones.
Madre de Diane
Años atrás
—¿Qué haremos ahora, Kristen? Cada día que pasa nuestra hija va empeorando y aún no consiguen un donante.
—Hemos agotado todas nuestras alternativas, pero ya no sé qué más hacer.
Todo el tiempo me preguntaba, ¿por qué? ¿Por qué mi hija tiene que pasar esto? Desde muy niña su salud siempre fue inestable, no podía pasar ni un mes sin caer hospitalizada. Sus problemas de salud fueron mejorando conforme iba creciendo. Ya no enfermaba tanto, pero aún tenía sus recaídas. La desesperación y la angustia de poder encontrar un donante que pudiera acabar con su dolor, nos carcomía por dentro. Luchamos tanto y nos sentíamos tan miserables que, aun teniendo dinero, no podíamos encontrar alguien que la ayudara.
Hablando con el doctor, nos sugirió ir a un orfanato y realizarles pruebas a los niños, esperando que quizás alguno de ellos pudiera ayudar a mi hija. Era la última opción que teníamos y, aun sabiendo que no era legal, que no estaba bien hacer esto, la angustia y la desesperación nos llevó a intentarlo.
El proceso fue un poco largo y tedioso, pero dieron con dos niños que eran compatibles y quisimos conocerlos primero. Era un niño y una niña, pero me incliné más por la niña, ya que me contaron sobre su miserable pasado y quise de alguna manera utilizarlo para acabar con el sufrimiento de esa pobre niña; que no tuvo la suerte de tener unos padres que la quisieran y la protegieran. No podía verla como una hija más, porque sabía que tarde o temprano tendría que usarla para salvar a mi hija.
Cuando se había programado la cirugía, Diane tuvo un accidente en el parque, en el cual casi pierde la vida y mis esperanzas casi se van con ella. Le pagamos al mejor cirujano para que atendiera su caso. Estuvo en un estado crítico, el golpe que recibió en la cabeza fue bastante severo, lo que provocó la pérdida de su memoria. Estuvo en un coma inducido por alrededor de cinco meses y, a pesar de que quise que aprovecharan para hacer la cirugía, el médico no estuvo de acuerdo, porque no era el momento adecuado.
Tiempo después, de alguna manera Clara se enteró y no quiso que le hiciéramos la cirugía, se negó rotundamente y no encontraba qué hacer. Su salud no estaba del todo bien, pero sus recaídas no eran tan constantes como antes.
—¿Ustedes están haciendo todo esto para usarla? Esto es enfermo, mamá. El día que a mí me pase algo, yo no quiero que a ella ni a nadie lo sacrifiquen por mí. No tenemos una buena relación mi hermana y yo, pero jamás llegaría a esto, mamá. Estamos hablando de la vida de una persona.
—¿Y tu vida qué, Clara? Eres nuestra hija y no queremos perderte.
—Prefiero morir, antes que sacrificar a alguien más. Lo siento, mamá, pero no lo acepto.
A raíz de eso, Clara se puso rebelde; hasta que un día se fue de la casa sin más. Escapó de nosotros y no supimos más de ella.
—¿Dónde está mi hermana, mamá? — preguntó Diane, al ver la situación que estábamos enfrentando.
—¡Lárgate, Diane! ¡Vete a tu habitación!
—Quiero ayudar a encontrarla.
—¡Cállate! ¡Esto es tu culpa! ¡Tú eres la culpable de que ella se haya ido! ¡Vete de aquí! ¡No te quiero cerca!
Siempre la vi como la culpable; si mi hija no se hubiera enterado, ya habríamos podido ayudarla.
Los años fueron pasando y, al no saber nada de Clara, decidí seguir cuidando de Diane. Ella quiso independizarse y no tuve remedio que dejarla, pero no quería que estuviera tan lejos, porque guardaba aún las esperanzas de que Clara regresaría con nosotros algún día.
Un día, recibí una llamada indicándome que mi hija Clara estaba en el hospital otra vez y que necesitaban con urgencia un trasplante de hígado y fue cuando vi todo más difícil. No encontraba cómo sentar a Diane y decirle, no encontré como darle la cara.
Al ir al hospital, me encontré con un joven, que supuestamente era la pareja actual de mi hija Clara. Un hombre muy bueno, serio, de buenos sentimientos, que ayudó mucho a mi hija y estaba dispuesto a todo por salvarla. Me enteré que era abuela de una hermosa nieta y más miserable me sentí. Hablé con él y le conté sobre Diane y así pudimos decirle al médico; lo único que complicaba más las cosas es que Diane ya era mayor de edad y si ella no estaba de acuerdo, no podían realizar la cirugía. Él quedó con hacer todo lo posible para convencerla y me pidió que hiciéramos todo lo que pudiéramos, que él se encargaría del resto. Todo lo dejé en manos de él, no tuve de otra que hacer todo lo que me pidió. Una madre busca hacer todo por sus hijos y la desesperación y la angustia, fueron quienes me llevaron a esto. Ver a nuestra hija otra vez en el hospital y ver cómo la historia se repetía y se repetía, no pudimos soportarlo más; teníamos que buscar una forma de salvarla y Diane era la única carta que teníamos a nuestro favor; aunque esto nos condenara.
Diane
—¿Adoptada, mamá?
Ezequiel me agarró la mano y seguía mirando fijamente a mi madre.
—Pero ¿qué más me has estado ocultando? Todo ha sido mentira tras mentira. Ya no sé qué pensar de ti. No quiero que se acerquen nunca más a mí. Los odio con toda mi alma. Para mí están muertos ya— me bajé del auto y Ezequiel vino conmigo.
—¡Diane! — la escuché llamarme, pero no me detuve.
No podía escuchar más. Mis lágrimas no dejaban de bajar por mis mejillas. Ya no sé qué es verdad o que no lo es. Solo he sido engañada toda mi vida. Todos han mentido, todos mienten. Ezequiel me agarró el brazo y me haló hacía él, haciendo que aterrizara en su pecho; me abrazó fuertemente y sujeté su camisa. A pesar de no hablar, sentir esto, de alguna manera me tranquilizó. Me hacía sentir que no estaba del todo sola.