"Brenda, una joven fiestera y dueña de una heladería en la vibrante Ciudad de México, nunca imaginó que su corazón podría ser conquistado por un hombre como Roger, un reservado empresario neoyorquino.
Entre encuentros inesperados, malentendidos dolorosos y dulces reconciliaciones, su historia se enreda en una maraña de emociones.
Pero cuando el pasado amenaza con destruir lo que apenas empezaba a nacer, ambos deberán aprender a luchar por un amor verdadero.
Porque a veces, detrás de un berrinche... se esconde el deseo más sincero de ser amado."
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Capítulo 15 - Entre luces apagadas y verdades encendidas
Roger llegó a su departamento con el alma hecha pedazos. Cerró la puerta de un portazo y se dejó caer en el suelo, como si el mundo le pesara sobre los hombros. Caminó hacia la cocina, tomó una botella de whisky, y empezó a beber directamente de ella. En medio de la rabia, lanzó un vaso contra la pared, que estalló en mil pedazos como lo había hecho su corazón.
—¡Yo la amo! ¡Por qué me falló! ¡YO LA AMO! —gritó, golpeando la pared con fuerza, con los nudillos sangrantes, hasta que el dolor físico fue menor que el del alma.
Al día siguiente, Juana aprovechó la mañana para pasar por su casa, cambiarse de ropa y regresar con un bolso para Brenda.
—Hola preciosa, ¿cómo te sientes? —le preguntó al verla en la camilla del hospital, aún adolorida pero despierta.
—Me duele todo... —dijo Brenda con una voz bajita.
—Ya pasará. Mira, te traje algo de comer. Voy a practicar contigo para cuando tenga un bebé —bromeó, intentando animarla—. Por cierto… ¿no tienes algo que contarme?
Brenda desvió la mirada, incómoda.
—Después de comer, ¿sí? Tengo mucha hambre.
Juana aceptó sin presionar. La alimentó con ternura, y cuando terminaron, Brenda le contó todo, con lágrimas, silencios y culpa.
Más tarde, mientras Juana bajaba a la cafetería, recibió una llamada inesperada.
📲 Roger: Hola, Juana. ¿Cómo está Brenda?
—¿Por qué no vienes y lo averiguas tú mismo? Ya me contó todo. Deberías escucharla. No es tan culpable como parece. Ella también ha estado mal… y no solo ahora.
📲 Roger: ¿No sabes cómo me siento yo? Me duele lo que hizo.
—Yo ya no me meto. Ustedes verán si realmente quieren luchar por el amor que se tienen. (cuelga)
Cuando volvió con Brenda, la miró con ternura.
—¿Tú por qué no eres mejor mi novia?
Brenda soltó una carcajada débil.
—¡Qué cosas dices!
—Y... ¿qué va a pasar entre tú y Roger?
—No lo sé. Si no vuelve es porque no me perdona... y lo entendería. No me ha escuchado. Está dolido. Hay que darle su espacio.
Tres meses después.
Brenda ya se había recuperado por completo. Había vuelto a su rutina en la heladería, que ahora crecía como nunca. Aunque extrañaba a Roger, seguía adelante. Él, por su parte, se había refugiado en la empresa, intentando llenar el vacío con trabajo… y fracasando. Ni siquiera las mujeres con las que intentó distraerse lograban borrar a aquella pelinegra de su mente.
Durante una comida con Marcos en un restaurante de Ciudad de México, Roger la vio de lejos. Era ella. Brenda entraba con Juana y otra chica. Reía, se veía hermosa… pero no lo vio. Él sintió un vuelco en el corazón.
Cinco meses más tarde, Brenda se había asociado con Adriana, una joven extrovertida que le propuso transformar la heladería en una heladería-cafetería. Se habían vuelto buenas amigas, junto con Juana, quien, por cierto, andaba muy feliz… de romance con Marcos.
Una tarde, Adriana olvidó su celular en la heladería y Brenda, decidida, fue a llevárselo a su apartamento. Subió al edificio, entró al ascensor y justo antes de presionar el botón, escuchó una voz conocida:
—¡Espera! No lo detengas, por favor.
Volteó y sintió un vuelco en el pecho. Roger.
Él sonrió levemente, ella apenas asintió. De pronto, el ascensor se detuvo bruscamente. Oscuridad total.
Brenda temblaba.
—¿Puedes abrazarme, por favor? Tengo mucho miedo —susurró.
—¿Por qué debería hacerlo después de lo que me hiciste? —respondió Roger, duro.
Brenda bajó la cabeza. El aire le faltaba, las manos le temblaban, el celular cayó al suelo. Roger lo recogió, y al tocarla sintió que estaba helada.
—Estás temblando… —dijo, preocupado. La abrazó sin pensarlo—. Perdóname, fui un idiota…
Pero ella ya no respondió. Se había desmayado en sus brazos.
—¡Brenda! ¡Despierta, preciosa, por favor!
El ascensor volvió a funcionar y al llegar al piso de Roger, él la tomó en brazos y la llevó directo a su apartamento. La recostó en el sofá y le puso alcohol en la nariz.
—¡Ayúdame! —gritó Brenda al despertar, desorientada.
—Tranquila, ya estás bien —le dijo él, abrazándola. Ella se separó unos segundos después, confundida.
—¿Dónde estoy? ¿Tú qué haces aquí?
—Estás en mi casa. Te desmayaste. No podía dejarte sola.
—Recuerdo lo que me dijiste —respondió ella con tono herido—. Gracias, me tengo que ir.
Intentó levantarse, pero se mareó. Roger la sostuvo de inmediato.
—No estás bien aún, Brenda. Quédate. Dormirás aquí, en mi cama. Yo me voy a la otra habitación.
—¡Claro que no! Me voy a mi casa.
—No seas terca —le tomó la mano con suavidad—. Solo esta noche. Por favor.
—Está bien, pero con una condición.
—A ver… ¿cuál?
—Que me dejes explicarte lo que pasó.
—No quisiera hablar del tema… pero está bien. Primero comemos y luego me cuentas, ¿sí?