Ian es el omega perfecto: dócil, hermoso, prometido al alfa más codiciado de la preparatoria. No sabe que para Karl es solo una fachada. Cuando descubre la verdad, muere empujado por unas escaleras.
Pero en su cuerpo despierta Joseph, un chico de barrio con alma de superviviente. Ahora habita la piel del omega ingenuo y tiene un plan: desenmascarar a Karl y liberarse del compromiso.
El problema es Kevin, el hermano mayor de Karl. El heredero silencioso. El único que parece ver más allá de la farsa.
Lo que empieza como venganza se convierte en un amor prohibido. Porque las feromonas no mienten, y Joseph tendrá que elegir entre seguir habitando una mentira o confesar quién es... y perderlo todo.
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CAPÍTULO 13: La visita
Era sábado, un sábado cualquiera en la mansión de los Mendoza. El sol entraba por las cortinas rosadas de mi habitación y yo estaba tirado en la cama, mirando el dosel, preguntándome cuánto tiempo más tendría que soportar vivir en una nube de color pastel.
El teléfono vibró. Un mensaje.
Entrenadora Ruiz: Ian, ¿ya te sientes lo suficientemente recuperado para volver a los entrenamientos? Se acerca el partido contra el San Agustín y necesitamos a todos los porristas al cien.
Me quedé mirando la pantalla.
¿Porrista? ¿Yo?
Cerré los ojos, respiré hondo, conté hasta diez.
—Mierda —dije.
No había forma de escapar, Ian era porrista, animaba al equipo de baloncesto. Ian sonreía con pompones mientras su novio, el alfa más idiota del planeta, metía canastas y luego se iba a celebrarlo con su amante. Claro, qué más se podía esperar. Si Karl era del equipo de baloncesto, Ian tenía que ser de los porristas, era la lógica del universo. Al menos no bailaba ballet, eso habría sido más humillante.
Pero entonces, una idea me golpeó. Valeria era porrista.
Valeria, la amante, la del teléfono rosa con purpurina. Si me unía al equipo, estaría cerca de ella, muy cerca. Nos sentaríamos en el mismo vestuario, usaríamos las mismas duchas, dejaría sus cosas en las mismas taquillas que yo.
Respondí el mensaje.
Ian: Sí, entrenadora, ya me siento mejor. ¿Cuándo empiezo?
Entrenadora Ruiz: Lunes. No llegues tarde.
Lunes. Tenía el fin de semana para prepararme, para ensayar sonrisas falsas, para fingir que me importaba algo el baloncesto. Para acercarme a Valeria sin que sospechara.
Pero antes, tenía que sobrevivir al fin de semana.
———
Estaba en mi habitación, tirado en la cama, pensando en la estrategia para acercarme a Valeria, cuando alguien tocó la puerta.
—Señorito Ian —la voz de Mercedes—. Tiene una visita.
—¿Karl otra vez?
—No, señor, es el joven Valois. El mayor.
Me quedé quieto. Kevin.
El hermano perfecto, el heredero. El que Elvira mencionaba con ese cuidado, como si eligiera las palabras. ¿Y ahora qué quiere?
—Dile que ya voy —dije, incorporándome.
Mercedes se fue, yo me levanté y me miré al espejo. No podía recibirlo en pijama pero tampoco quería vestirme como si fuera a una gala. Era sábado, estaba en casa pero quería causar impresión. Abrí el armario. Camiseta negra, ajustada, sudadera gris holgada, de esas que se llevan caídas, con una manga en el hombro y el otro hombro al descubierto. Vaqueros rotos, botines negros, el arete. El pelo, revuelto.
Me miré al espejo.
—Bien —dije—. Que pase.
———
Bajé las escaleras con paso tranquilo, llegué al salón y ahí estaba.
Kevin.
No se parecía a su hermano. Karl tenía belleza agresiva, sonrisa fácil, músculos trabajados para impresionar. Kevin era otra cosa. Era alto, sí, más alto que Karl, quizás. Pero no era la altura lo que impresionaba. Era la presencia.
Llevaba una camisa de lino color crudo, un pantalón de vestir gris marengo, impecable. Zapatos de cuero sin brillo, pero de esos que cuestan más que el alquiler de un mes. No llevaba corbata, no la necesitaba, el cuello de la camisa estaba abierto, mostrando la base de la garganta, y un reloj discreto asomaba por debajo de la manga.
No sonreía, no fruncía el ceño, solo estaba ahí, como si el salón fuera suyo. Como si el mundo entero le perteneciera y él no tuviera que demostrarlo.
Y entonces llegó el olor.
Sándalo y cedro. Profundo. Cálido. Nada invasivo. No era como el de Karl. El de Karl te golpeaba, te marcaba, te decía "aquí estoy yo". El de Kevin te envolvía, te calmaba, te decía "no pasa nada". Era el olor de un refugio, de un lugar seguro.
Mis hombros se relajaron, la respiración se me hizo más profunda. Sentí, por un instante, que todo iba a estar bien.
Y eso me molestó.
Porque no quería relajarme, no quería que un olor me calmara, no quería que este cuerpo me traicionara también con él. Ya me había traicionado con Elvira, con Rodrigo, con Karl, no podía permitir que lo hiciera con Kevin. No cuando ni siquiera sabía quién era, no cuando no sabía qué quería de mí.
—Ian —dijo. Su voz era grave, pausada, como un violonchelo. Ese tono de voz con el que no se necesita gritar, ni susurrar, simplemente hablar y todos los demás se callan para escucharte.
—Kevin —respondí. Mi voz sonó más suave de lo que quería, más omega. Maldita sea
Nos miramos. Él no me abrazó, no me tocó, no hizo ningún gesto que invadiera mi espacio. Solo me miró con esos ojos avellana que cambiaban con la luz y esperó. Me observaba con detenimiento, sus ojos recorrieron mi cara, mi ropa, mi postura, como si estuviera viendo algo que no esperaba. Como si estuviera intentando descifrar qué era lo que estaba pasando.
—Elvira me dijo que ya estabas mejor —dijo al fin—. Quería comprobarlo yo mismo.
—Pues ya ves —dije, encogiéndome de hombros—. Estoy vivo, entero y con mejor estilo.
Kevin no sonrió, pero algo en su expresión se suavizó, como si hubiera confirmado algo que ya sospechaba.
—Me alegro —dijo—. De verdad.
—¿Quieres sentarte? —pregunté, señalando el sofá—. O prefieres quedarte ahí plantado como una estatua.
Esta vez, Kevin sí sonrió. Una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero una sonrisa al fin y al cabo.
—Me siento —dijo.
Se sentó en el sofá, yo me senté enfrente, en un sillón, manteniendo distancia.
—¿Y bien? —dije—. ¿A qué has venido?
Kevin me miró, sus ojos se posaron en los míos, sin parpadear.
—A verte —dijo—. Nada más.
—¿Nada más?
—Nada más.
Silencio. Él seguía mirándome, yo lo miraba a él, no había incomodidad, pero tampoco había confianza. Solo dos personas que se observaban, esperando a ver quién hablaba primero.
—Elvira dice que estás yendo a la escuela —dijo Kevin, rompiendo el silencio.
—Sí, volví hace poco.
—¿Y qué tal?
—Bien. Las clases son aburridas, los profesores son intensos, los compañeros son... curiosos.
—¿Curiosos?
—Sí, como si nunca hubieran visto a un omega que no se deja pisotear.
Kevin me miró de reojo, sin juzgar, sin sorprenderse.
—Me alegro —dijo—, de que no te dejes pisotear.
—¿Ah, sí?
—Sí. Ian... el Ian que yo conocía... se dejaba pisotear mucho. Demasiado.
Lo miré.
—¿Y qué te importa a ti? —pregunté—. Si se dejaba pisotear o no. No eres su hermano, no eres su novio, no eres nada.
Kevin no se ofendió, no se tensó, no cambió su expresión.
—No —dijo—, no soy nada. Pero siempre me importó.
—¿Por qué?
Kevin se quedó callado un momento. Miró el horizonte, luego volvió a mirarme.
—Porque siempre fuiste alguien a quien valía la pena cuidar —dijo—. Aunque tú nunca lo supieras.
Silencio.
Yo no supe qué decir, él no esperaba que dijera nada. Solo se quedó ahí, mirándome, con esa calma suya que descolocaba más que cualquier grito.
Elvira apareció con una bandeja de té y galletas, su olor a azahar y miel llenó el salón.
—Qué alegría verte, Kevin —dijo—. ¿Te quedas a almorzar?
—Si no es molestia.
—Ninguna —dijo Elvira—. Ian, ¿por qué no le enseñas el jardín? Hace un día precioso.
Claro, el jardín. Porque nada dice "vamos a hablar de nuestras vidas" como un jardín lleno de flores que huelen a dinero.
Pero asentí, porque no podía negarme, porque Elvira me miraba con esa cara de "por favor".
Salimos al jardín. El sol brillaba, los pájaros cantaban, todo era perfecto, todo era falso. Como siempre. Caminamos en silencio, Kevin a mi lado, con las manos en los bolsillos del pantalón, yo con las manos en los bolsillos de la sudadera. Y mientras caminábamos, yo lo notaba. Su mirada no era insistente, no era pesada, pero estaba ahí; cada vez que yo miraba hacia otro lado, él me observaba. No como un depredador, no como un curioso, como alguien que intenta entender algo.
—¿Qué? —pregunté, girándome de golpe—. ¿Tengo algo en la cara?
Kevin no se inmutó, no apartó la mirada, no se disculpó.
—No —dijo—, no tienes nada, solo... te veo diferente.
—Ya, eso dicen todos. La amnesia, los médicos. Blah, blah, blah.
—No es la amnesia —dijo Kevin con calma—. La amnesia no cambia la forma en que alguien camina, ni la forma en que mira, ni la forma en que respira.
Me quedé quieto, mirándolo.
—¿Y qué es entonces? —pregunté.
Kevin se encogió de hombros.
—No lo sé —dijo—, pero me gusta. El cambio me gusta.
Y siguió caminando, como si no hubiera dicho nada.
¿Pero qué coño?
Seguimos caminando. Él no volvió a hablar de eso, no insistió, no preguntó, solo estuvo ahí, a mi lado, en silencio. Y el silencio, por primera vez desde que llegué aquí, no me resultó incómodo. Eso fue lo más raro de todo, porque con Karl, el silencio siempre era tenso, incómodo, como si hubiera algo que decir y ninguno de los dos se atreviera. Con Kevin, no, con Kevin, el silencio era... tranquilo, como si no hiciera falta llenarlo. Como si estar ahí, simplemente estar, fuera suficiente.
Y eso me inquietó más que cualquier palabra. Porque no estaba acostumbrado a la calma, ni a que alguien no esperara nada de mí. No estaba acostumbrado a sentirme en paz.
———
Kevin se quedó a almorzar. Elvira estaba encantada, Rodrigo, impasible como siempre, Karl no había aparecido. Mejor. Después del almuerzo, Kevin se levantó para irse, se despidió de Elvira con un beso en la mejilla, de Rodrigo con un apretón de manos y luego se giró hacia mí.
—Ian.
—Kevin.
Silencio. Él me miró, yo lo miré y por un instante, sentí que todo el jardín, toda la mansión, todo el mundo, se reducía a nosotros dos.
—Cuídate —dijo—. Y si necesitas algo... ya sabes dónde estoy.
—No sé dónde estás —respondí, con una sonrisa.
Kevin sonrió de nuevo. Esa sonrisa pequeña, genuina, que le iluminaba la cara.
—En la universidad. Pero puedo volver cuando quieras.
—¿Cuando quiera?
—Cuando quieras.
Y sin más, se dio la vuelta y se fue. Caminó hacia el auto que lo esperaba en la entrada, no miró atrás. Me quedé ahí, en el jardín, viéndolo alejarse. Su olor a sándalo y cedro se quedó conmigo, flotando en el aire.
Cuando quieras.
—Mierda —susurré.
Y volví a entrar a la casa, con el corazón latiéndome más fuerte de lo que debería.
Podría mostrar un punto para cambiar de prometido🤭🤭🤭 aunque si pudiera ser, para eso falta. No veo la hora de que se planten un beso🫦 (para eso también debe falta pero espero 🙏 🥰)
Kevin por favor no hagas caso sigue viendo a Ian 😍😍😍😍escondidos 😍😍😍😍interesante 😍😍😍😍
Kevin, demuestre lo que realmente vale saber y querer saber del que te gusta 😉.
Será que la madre de Ian les dijo a donde iban estos dos a Karl??? 👀
ya quiero leer esa no cita 😏🤭😉