La joven princesa olvidada, la marginada, la horrible y desgraciada hija de un duque a buscado liberarse de una familia que no la aprecia, se a enamorado, pero se han burlado de ella, la han humillado y cuando creyo que los afectos de un hombre que jamas imagino que la amaria le hizo cambiar de parecer, este la traiciona de la peor manera, rota, rota del corazon y humillada huye a los campos, donde buscareinventar a la mujer en ella, pero su mente piensa en el hombre que ama y que creyo que la amaba, pero había cometido un error.
Había cometido el terrible, el único error en toda su vida, confiar en el...
Novela romántica.
Novela extensa.
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Capítulo 13: El Regreso de las Sombras
El viento del norte soplaba con fuerza, cargado de partículas de hielo que brillaban como fragmentos de estrellas rotas bajo un cielo plomizo, de ese gris profundo que parecía descansar sobre las cumbres nevadas. El camino se extendía ante ellos como una herida abierta en la tierra, una franja de tierra congelada y grava que serpenteaba entre bosques de pinos oscuros, cuyas ramas cargadas de nieve se mecían con un lamento constante, como si el bosque mismo respirara en la penumbra.
Aleric Duskbringer cabalgaba al frente, erguido sobre el lomo de su corcel —una bestia de raza antigua, pelaje negro como la obsidiana, ojos inteligentes y ardientes, que avanzaba con paso firme y tranquilo, como si supiera que su jinete era el dueño de todo lo que el viento tocaba. El archiduque avanzaba sin prisa pero sin pausa, su silueta recortada contra el horizonte desolado, una figura de leyenda y sombra, envuelto en su capa de terciopelo borgoña que el viento agitaba como alas rotas. Su cabellera platinada, con aquellos reflejos violáceos que parecían absorber la luz en lugar de reflejarla, caía suelta sobre sus hombros, y bajo el ala de su sombrero de fieltro oscuro, sus ojos —de un violeta intenso, tan profundo que parecían contener la noche entera— miraban hacia adelante sin ver el camino, perdidos en pensamientos que pesaban más que el hierro de su armadura.
Detrás de él, a una distancia respetuosa, cabalgaban sus tres capitanes, los hombres que conocían su espada, su sombra y su alma. Eran más que subordinados: eran los hermanos que la guerra le había dado, los que habían visto caer reyes y naciones a su lado, los que sabían que bajo la calma helada de su señor dormía un abismo oscuro, capaz de devorar ejércitos si se le provocaba.
El primero en acercarse fue Kaelen. De complexión ancha, voz fuerte y risa fácil, el más hablador de todos, el que llevaba la luz donde otros solo veían sombras. Espoleó a su montura hasta colocarse al lado de Aleric, y su voz, cálida y enérgica, rompió el silencio del viento como un hacha partiendo leña seca.
—¡Por fin dejamos atrás esa ciudad de muros blancos y mentiras dulces! —exclamó, con una sonrisa que no llegó a borrar la sombra de cansancio en su mirada—. Juraría que el aire ahí sabe a perfume podrido y ambición podrida. ¿No te parece, mi señor? Cuanto más nos alejamos, más liviana se siente el alma.
Aleric no giró la cabeza. Su voz fue baja, arrastrada por el viento, serena pero cargada de una concentración que no permitía interrupciones frívolas. —El alma se siente ligera cuando no lleva cadenas, Kaelen. No es el aire de la capital. Es que ya no estamos en ella.
—Sea lo que sea, es un alivio —continuó Kaelen, sin percibir el peso en el silencio de su señor—. Aunque no te he visto decir una palabra en todo el camino desde la frontera. ¿Te preocupa algo? ¿Los informes de la frontera? ¿O acaso… —se inclinó ligeramente, con una chispa de curiosidad traviesa— es la nueva archiduquesa? Dime la verdad, Aleric: ¿la has visto ya? ¿Es tan extraordinaria como dicen, o todo son rumores de corte? Me muero por saber qué clase de mujer ha conseguido que el archiduque Duskbringer acepte casarse sin siquiera verla primero.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire helado, como copos de nieve que no terminan de caer. Aleric no respondió de inmediato. Sus dedos se cerraron con fuerza sobre las riendas, hasta que los nudos se blanquearon bajo la piel pálida. En su mente, una y otra vez, resonaban las palabras venenosas del príncipe heredero: Tenía una belleza curiosa… Cabellos como oro pálido… Estaba tan sola… tan dispuesta a ser amada… Ella era mía.
¿Era así? ¿Era realmente la mujer que él describía, tierna y vulnerable, esperando ser salvada? ¿O había algo más, algo que nadie se había molestado en ver? ¿Valía ella la pena? ¿Valía la pena enfrentarse al heredero del imperio, a la ira del emperador, a toda una corte que lo miraba con recelo, por una mujer que no conocía? ¿Qué clase de mujer era capaz de despertar tanta codicia en un hombre como Ashen, y tanta indiferencia en su propia familia?
El sonido de cascos acercándose lo sacó de sus pensamientos. Theron, su segundo capitán, cabalgaba hacia ellos. Serio, silencioso, tan rígido como las montañas del norte, el hombre que igualaba su calma y superaba su prudencia. Con un gesto breve de la mano, indicó a Kaelen que callara. El otro capitán asintió, cerrando la boca de inmediato, y se rezagó un paso, respetando el peso del momento. Theron colocó su montura al lado de la de su señor, y su voz fue firme, sin rodeos, como siempre.
—Mi señor —dijo, con la mirada fija en el horizonte—. Las patrullas que enviaste al este han regresado. No hay movimiento de tropas en la frontera. Las treguas se mantienen, por ahora. La paz que firmamos es frágil, pero… existe. No hay amenaza inmediata.
Aleric asintió lentamente, y por primera vez giró la cabeza para mirarlo. Sus ojos violetas estaban más oscuros que de costumbre, como si una tormenta interior oscureciera su brillo habitual. —La paz siempre es frágil, Theron. Se sostiene por la voluntad de quienes la defienden, y se rompe por la codicia de quienes la envidian. Mientras no bajemos la guardia, seguirá en pie.
—Es cierto —respondió Theron—. Pero eso nos da un respiro. Y ahora que regresamos a casa… hay cosas que cambian. Incluyendo la vida en la fortaleza. Sobre todo ahora que… —hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas— ahora que la archiduquesa nos espera.
Kaelen, que había mantenido el silencio hasta ese momento, no pudo contenerse más. Su curiosidad, mezclada con esa jovialidad que lo caracterizaba, estalló de nuevo, y esta vez no se contuvo.
—¡Ah, sí, la archiduquesa! —exclamó, con una sonrisa que intentaba ser ligera pero que se tropezó con la crudeza de lo que había oído—. ¡La misteriosa dama de Emberfall! ¡La mujer que nadie ha visto y todos comentan! He oído cosas, mi señor. Cosas que no sé si creer. Dicen que es tan… tan poco agraciada que su propia familia la mantenía oculta en las alas traseras del ducado, como si fuera una vergüenza viviente. Dicen que la entregaron sin dudarlo, sin una sola lágrima, como quien entrega una ofrenda para calmar a un dios enfurecido. Que no era hija, sino carga. Que nadie la quiso, nadie la amó, y por eso la vendieron al archiduque del norte, al hombre que todos temen y ninguno se atreve a mirar a los ojos. ¡Una historia de cuento, ¿no es así?! La princesa olvidada, la bestia del norte… solo que en lugar de belleza, dicen que trae desgracia.
Las palabras cayeron como piedras al fondo de un pozo oscuro. Kaelen se detuvo al instante, porque vio cómo la atmósfera alrededor de su señor cambió de golpe. No fue un gesto violento, ni un grito. Fue algo mucho más frío, mucho más temible: la temperatura misma pareció descender varios grados, y la serenidad de Aleric se transformó en una dureza tallada en hielo y desprecio. Sus ojos se clavaron en él, y Kaelen sintió que el aire se le escapaba del pecho, como si alguien lo hubiera empujado al vacío.
—Basta —dijo Aleric. Una sola palabra, pero cargada de una autoridad tan absoluta que hizo que los tres hombres enderezaran la espalda de inmediato—. No quiero oír ni una sola palabra más al respecto. ¿Quedó claro?
—Perdón, mi señor —murmuró Kaelen, bajando la mirada—. Solo repetía lo que se dice en los caminos y en las tabernas…
—Lo que se dice son mentiras que los cobardes susurran porque no tienen el valor de mirar de frente lo que no comprenden —lo cortó Aleric, y su voz era dura, implacable—. La mujer de la que habláis es la archiduquesa Duskbringer. Es mi esposa. Y mientras yo respire, nadie —nadie— hablará de ella como si fuera mercancía, como si fuera una maldición, como si no tuviera nombre ni alma. No importa lo que digan los rumores. No importa lo que crean los demás. Ella lleva mi apellido. Eso la hace vuestra señora, y merece todo el respeto que se le debe a mí. Si volvéis a pronunciar su nombre con esa ligereza, con esa burla… no os culparé a vosotros. Culparé a mi propia mano por no haberla cortado antes de que dejárais salir esas palabras.
El silencio volvió a caer sobre ellos, pesado y sagrado. Kaelen asintió, profundamente arrepentido, y bajó la cabeza en señal de sumisión sincera. —Lo siento, Aleric. No volverá a ocurrir. La archiduquesa será tratada con el honor que merece.
—Así sea —respondió él, y suavizó apenas el tono, aunque la oscuridad no abandonó su mirada—. Tengo que verla. Tengo que conocerla. Y cuando estemos frente a frente, sabré la verdad. No por lo que diga el príncipe, ni por lo que murmuren los caminos, ni por lo que cuenten los rumores. Lo sabré por ella. Y entonces… tendremos una conversación larga. Necesito saber qué hay de cierto en todo lo que se dijo. Necesito saber si él mintió, o si todos mintieron. Y si la lastimaron… si la humillaron… si la arrojaron aquí como si fuera basura… que los dioses tengan piedad de ellos, porque yo no la tendré.
Espoleó a su caballo, adelantándose un poco, y el viento se llevó el resto de sus palabras, dejando a sus capitanes en silencio, comprendiendo por primera vez que aquella unión, nacida de la política y la conveniencia, se había convertido en algo mucho más profundo, mucho más peligroso. Su señor no hablaba de un contrato. Hablaba de algo que ya consideraba suyo, algo que defendería con fuego y sangre, incluso antes de haberlo visto.
Avanzaron durante horas, y conforme se adentraban más en las tierras del archiducado, el paisaje se transformaba. Los bosques se volvían más densos, más oscuros, los pinos se alzaban como columnas de un templo antiguo olvidado por el mundo, y la nieve cubría el suelo con un manto espeso y blanco, inmaculado. El aire se volvió más frío, más limpio, cortante al respirarlo, y Aleric sintió cómo, poco a poco, la pesadez que llevaba en el pecho empezaba a disiparse. Cada paso que daban era un paso lejos de la mentira y la hipocresía de la corte, un paso hacia lo suyo, hacia la tierra que lo había visto nacer y que lo había forjado en su frío abrazo.
Respiró hondo, llenando sus pulmones de ese aire gélido, y por primera vez en días, su semblante se relajó. No era la calma de la debilidad, sino la de quien regresa al lugar donde su sangre corre libre.
Fue entonces cuando el tercero de sus capitanes, Ronan, cabalgó hasta su lado. El más callado de todos, el que rara vez hablaba pero cuyas palabras siempre pesaban como plomo, el que lo había seguido desde que eran niños, el que conocía cada cicatriz y cada sombra de su pasado. Su voz fue suave, sin prisa, cargada de una calidez silenciosa.
—Se siente bien, ¿verdad? —dijo, mirando a su alrededor, hacia los bosques nevados y las cumbres que empezaban a asomarse a lo lejos—. Estar de vuelta. La capital era un lugar hermoso, sí… pero sofocante. Todo era luz y oro, pero faltaba aire. Aquí… aquí se puede respirar. Aquí está nuestra sangre.
Aleric lo miró, y una sonrisa muy leve, casi imperceptible, curvó sus labios. —Tienes razón, Ronan. Extrañaba el frío.
—¿El frío? —repitió el otro, con una media sonrisa—. Allá te quejabas del calor, y ahora que regresamos te alegra el hielo. Eres un hombre difícil de complacer, mi señor.
—Es el frío de mi hogar —respondió Aleric, mirando hacia el horizonte, donde pronto se alzarían las torres de su fortaleza—. El calor de la capital era falso. Quemaba sin dar calor. Este frío… este frío es honesto. Te avisa que está ahí. Te hace sentir vivo. Y ahora… ahora hay algo más esperándonos. Algo que no estaba aquí cuando partimos.
—La archiduquesa —dijo Ronan, sin atreverse a decir más, pero con una mirada comprensiva.
—La archiduquesa —repitió Aleric, y el nombre, cuando lo pronunció, sonó diferente, más suave, como si lo estuviera probando, como si estuviera acostumbrándose a él—. No sé qué encontraré, Ronan. No sé qué clase de mujer es. Pero sé esto: nadie merece ser arrojada de su hogar. Nadie merece ser olvidada por los suyos. Y si ella fue… si ella fue tratada como dicen… entonces mi deber es más que un juramento político. Es enmendar el daño que el mundo le hizo.
—Y si es diferente a lo que esperas —dijo Ronan, con voz baja—, ¿qué harás?
Aleric guardó silencio un instante, mirando cómo la nieve empezaba a caer suavemente, copos grandes y lentos que giraban en el aire como bailando para nadie.
—Entonces la conoceré —respondió, con una firmeza absoluta—. La escucharé. Y si tiene sombras, las aceptaré. Si tiene heridas, las curaré. Si tiene miedos… los haré míos para que no pesen sobre ella. Es mi esposa. Y en este mundo, eso significa algo más que un nombre en un pergamino. Significa que lo que es suyo, es mío. Y lo que la lastime, me lastima a mí.
Espoleó a su caballo, y la montura avanzó con paso firme, seguida de cerca por sus hombres. La nieve caía ahora con más fuerza, cubriendo sus huellas, borrando el camino de regreso, como si el pasado ya no tuviera poder sobre ellos. Frente a ellos, entre la cortina blanca de la nevada, empezaron a dibujarse las siluetas oscuras y majestuosas de las torres de la fortaleza Duskbringer, erguidas contra el cielo como guardianes de piedra y sombra.
Aleric miró hacia arriba, hacia las ventanas iluminadas que apenas se distinguían a lo lejos, y su corazón dio un vuelco que no esperaba. Ella estaba ahí. En alguna de esas habitaciones, bajo ese techo que era suyo, vivía la mujer que el destino le había entregado. La mujer que un príncipe codiciaba, que una familia había abandonado, que todos juzgaban sin conocerla. Y él… él iba a ser el primero en mirarla y verla, de verdad verla.
—Prepárense —dijo, sin girarse, pero sus capitanes escucharon cada palabra—. Estamos en casa. Y esta vez… no volvemos solos.
Kaelen, Theron y Ronan asintieron al unísono, y el sonido de sus voces se mezcló con el viento y la nieve. —¡A casa, mi señor! ¡A casa!
El archiduque Duskbringer avanzó al frente de sus hombres, la capa ondeando detrás de él como un estandarte de guerra y protección, sus ojos violetas brillando con una determinación que no conocía límites. No sabía qué le esperaba al cruzar esas puertas. No sabía si encontraría una mujer rota, o una mujer valiente, o algo mucho más oscuro y hermoso que todo lo que imaginaba. Pero sabía una cosa con certeza absoluta: sea quien sea, sea como sea, desde ese momento, ella ya no estaba sola.
El lobo del norte regresaba a su guarida, y llevaba consigo un juramento de hierro y sangre: quien tocara a su compañera, tendría que enfrentarse a la sombra entera. Y la sombra de Aleric Duskbringer era lo suficientemente grande para cubrir el mundo entero.