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La Muñeca Del Bosque Negro

La Muñeca Del Bosque Negro

Status: En proceso
Genre:Demonios / Terror
Popularitas:143
Nilai: 5
nombre de autor: Damian Benitez

es de terror, una creepypasta

NovelToon tiene autorización de Damian Benitez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El Culto del Bosque

Las llamas de las antorchas comenzaron a aparecer una tras otra entre los árboles.

Una.

Cinco.

Diez.

Veinte.

Treinta.

Hasta que el bosque quedó iluminado por decenas de pequeños puntos anaranjados que se movían lentamente hacia la cabaña.

Nadie hablaba.

Solo se escuchaba la lluvia golpeando el techo de madera.

Samuel observó por una pequeña rendija de la ventana.

Las personas que sostenían las antorchas caminaban en completo silencio.

Vestían largas capas negras.

Sus rostros estaban cubiertos por máscaras de madera.

Un jaguar.

Una serpiente.

Un búho.

Un venado.

Las mismas máscaras que había visto durante la visión del ritual de Isabela.

Samuel sintió un escalofrío.

—Son ellos...

Elías asintió lentamente.

—Los Hijos del Umbral.

Gabriel frunció el ceño.

—Pensé que ese nombre solo aparecía en los manuscritos.

—Porque así debía ser.

Elías se acercó a la mesa y extendió un viejo mapa del bosque.

—Durante siglos cambiaron de nombre, de apariencia y de líderes, pero nunca desaparecieron.

Samuel respiró hondo.

—¿Qué quieren?

Elías lo miró directamente a los ojos.

—No quieren liberar a Azael.

Quieren hacer un trato con él.

Samuel quedó confundido.

—¿Qué diferencia hay?

Elías apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Si Azael escapa por completo, destruirá a todos.

Pero si ellos controlan el ritual...

Creen que podrán obligarlo a concederles poder.

Gabriel soltó una risa amarga.

—Hacer un pacto con un demonio...

Siempre termina igual.

—Ellos creen que esta vez será diferente.

De repente, alguien golpeó la puerta.

No eran los tres golpes suaves de antes.

Fue un único golpe.

Tan fuerte que toda la cabaña tembló.

¡BUM!

Las antorchas se detuvieron.

El silencio volvió a apoderarse del bosque.

Una voz masculina habló desde el exterior.

Era tranquila.

Educada.

—Elías...

Ha pasado mucho tiempo.

Elías cerró los ojos.

—No puede ser...

Samuel lo observó.

—¿Lo conoces?

Elías asintió lentamente.

—Demasiado bien.

La voz volvió a escucharse.

—¿Vas a obligarme a entrar?

Elías respiró profundamente.

—Ese hombre...

Es el líder del culto.

Samuel sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.

—¿Cómo se llama?

Elías respondió con apenas un susurro.

—Padre Esteban.

Gabriel abrió los ojos con horror.

—Eso es imposible.

Samuel recordó inmediatamente el nombre.

—¿El sacerdote del diario?

Gabriel asintió.

—Fue quien intentó salvar a Isabela.

Elías negó con tristeza.

—Eso fue lo que él quiso que todos creyeran.

El silencio cayó sobre la habitación.

Samuel tardó varios segundos en comprender.

—¿Quieres decir que...?

—Sí.

Elías terminó la frase.

—El hombre que dirigió el ritual...

Y el sacerdote que escribió los diarios...

Eran la misma persona.

Samuel sintió un vacío en el pecho.

Todas las piezas comenzaron a encajar.

Los diarios.

Las verdades a medias.

Las páginas arrancadas.

La historia alterada.

Todo había sido manipulado desde el principio.

Gabriel se dejó caer sobre una silla.

—No...

Yo estudié esos documentos durante años...

Elías lo miró con compasión.

—Porque él quería que los estudiaras.

Gabriel levantó lentamente la cabeza.

—¿Qué?

—Cada mentira llevaba exactamente a donde él necesitaba.

Samuel permanecía en silencio.

Si aquello era cierto...

Habían estado siguiendo el plan del enemigo desde el primer día.

La puerta volvió a estremecerse.

Esta vez no fue un golpe.

Alguien apoyó la palma de la mano sobre la madera.

Una voz serena habló nuevamente.

—Samuel...

Sé que estás ahí.

El joven sintió un escalofrío.

¿Cómo conocía su nombre?

El hombre continuó.

—No vine a hacerte daño.

Vine a ofrecerte la verdad.

Gabriel dio un paso hacia la puerta.

—¡No le creas!

Elías bajó la cabeza.

—Escúchalo...

Pero no respondas.

Samuel permaneció inmóvil.

La voz siguió hablando.

—¿Sabes por qué Isabela aceptó el ritual?

Samuel recordó la visión.

—Para salvar a su familia.

El hombre soltó una leve risa.

—Eso es solo una parte.

Samuel sintió un nudo en el estómago.

—¿Qué quieres decir?

—Pregúntate algo muy sencillo...

¿Por qué un demonio respetaría un sacrificio humano?

El joven quedó en silencio.

Era una buena pregunta.

El líder del culto continuó.

—Porque el sacrificio...

Nunca fue para Azael.

El corazón de Samuel comenzó a latir con fuerza.

—Entonces...

¿Para quién fue?

La voz respondió lentamente.

—Para alguien mucho peor.

En ese instante, toda la cabaña comenzó a vibrar.

No era un terremoto.

Era otra cosa.

Algo estaba caminando alrededor de la casa.

Las paredes crujían.

Las ventanas temblaban.

Samuel miró hacia una de ellas.

Una enorme sombra pasó lentamente frente al cristal.

No era humana.

Era demasiado alta.

Quizá cuatro metros.

Quizá más.

Solo pudieron distinguir dos ojos dorados brillando en la oscuridad.

Azael.

Pero...

Había algo extraño.

La sombra parecía...

Asustada.

Elías dio un paso hacia atrás.

—No...

Eso nunca había ocurrido.

Samuel lo miró.

—¿Qué pasa?

Elías no apartaba la vista de la ventana.

—Azael...

No está cazando.

Samuel sintió un escalofrío.

—¿Entonces?

Elías tragó saliva.

—Está huyendo.

Un silencio absoluto llenó la cabaña.

Gabriel dejó caer el crucifijo que sostenía.

—Eso significa...

Samuel terminó la frase.

—Que existe algo...

Que incluso un demonio teme.

En ese mismo instante, todas las antorchas del bosque se apagaron al mismo tiempo.

La oscuridad fue total.

Y, desde lo más profundo del bosque, un sonido comenzó a escucharse.

No era una risa.

No era un grito.

Era una campana.

Lenta.

Grave.

Como si alguien la estuviera haciendo sonar bajo tierra.

¡Dong...!

¡Dong...!

¡Dong...!

El líder del culto dejó de hablar.

Por primera vez, su voz sonó nerviosa.

—No...

Todavía no...

No debía despertar...

Samuel sintió que la piel se le erizaba.

Mientras todos miraban hacia el bosque, nadie notó que, sobre la mesa de la cabaña, la pequeña muñeca de porcelana había aparecido nuevamente.

Pero esta vez no tenía los ojos cerrados.

Lentamente levantó la cabeza.

Y, por primera vez desde que comenzó la historia, habló con la voz clara y serena de Isabela:

—Ya es demasiado tarde... Él ha vuelto.

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