Sofía siempre ha obedecido a sus padres por miedo a decepcionarlos. Su vida cambia cuando su padre y el mejor amigo de este,, deciden obligarlos a casarse para unir a sus familias y sus empresas.
Adrián, el heredero de una de las empresas más poderosas de Rusia, tampoco desea ese matrimonio. Obligados a compartir una vida que ninguno eligió, ambos descubrirán que el destino puede cambiarlo todo.
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capitulo 23
Sofía
Las manos me sudaban sobre las rodillas mientras avanzábamos en el auto. Aunque mi hermana venía en el asiento trasero, la angustia no me dejaba respirar; sabía que enfrentarse a mi padre jamás sería una tarea fácil.
Al llegar a la residencia de mis padres, el panorama era desolador: una masa de reporteros y fotógrafos rodeaba la entrada principal. Los destellos de los flashes nos cegaban mientras los micrófonos se estrellaban contra las ventanas.
—¡Sofía! ¿Usted también forma parte de los negocios sucios de su padre? —gritó uno de ellos.
Daría, que siempre ha sido de carácter fuerte y explosivo, no aguantó más. Bajó la ventanilla y los mandó a todos a la mierda a gritos, exigiéndoles que se largaran por estar invadiendo nuestra privacidad. Su actitud logró ahuyentar a varios, aunque los más persistentes se quedaron rondando la puerta.
Al cruzar el umbral de la casa, un escalofrío me recorrió el cuerpo. Aquel lugar ya no se sentía como mi hogar; se sentía frío, ajeno y desolado. Adrián no me soltó la mano en ningún segundo, pero el miedo me oprimía el pecho.
Avanzamos hacia la sala principal. Mi padre estaba allí, tirado en el sofá con una botella de whisky a medio terminar en la mano.
—Vaya... siempre refugiándose en lo que le gusta —murmuré para mí misma con amargura.
Mi madre estaba a su lado. Al vernos entrar, se quedó petrificada, especialmente al fijar la mirada en Daría. Se levantó de inmediato y corrió a abrazarla, pero yo preferí mantener la distancia, pegada al costado de Adrián.
Daría no correspondió el abrazo; se apartó de mi madre rápidamente y le exigió una explicación de lo que estaba pasando. Mi madre, con la voz temblorosa, solo atinó a decir que se lo habían quitado todo.
—Tu padre hizo algunos contratos con gente de la mafia para resguardar dinero y hacer parecer que la empresa lo estaba generando —nos explicó mi madre con desesperación—. Pero Sofía no debió investigar más a fondo antes de actuar...
—¡Yo no investigué nada! —intervine, sintiendo la rabia arder en mi garganta—. Él fue quien decidió aliar la empresa con el padre de Adrián, ¡y tú estabas presente cuando lo pactaron!
Antes de que pudiera reaccionar, el impacto seco de una bofetada resonó en la sala, haciéndome girar el rostro. Mi madre me había golpeado.
Daría reaccionó al instante y se cruzó frente a mí como un escudo.
—¡Ni se te ocurra volver a tocarla! —gritó mi hermana, encarándola con furia—. ¡¿Cómo es posible que prefieras el dinero antes que a tu propia hija?!
—¡Claro que me importa! —chilló mi madre fuera de sí—. ¡Pero ella acaba de destrozar la vida y la empresa de su padre!
—¡Cállense todos! —retumbó la voz grave de mi padre, poniéndose de pie con dificultad.
Nos miró con los ojos inyectados en sangre y continuó con tono venenoso:
—Cometí un error al aliarme con esa gente, lo sé, pero no podía dejar que mi imperio se hundiera. ¿Sabes todo lo que luché para mantenerlo a flote, Sofía? Te ordené que te casaras con él porque necesitaba mover ese dinero a través de su familia, pero en lugar de avisarme sobre las irregularidades... ¡llamaste a la policía! ¿Tienes idea de lo que hiciste? Esos mafiosos me van a matar porque lo perdí todo. ¡Todo lo que construí se destruyó por tu culpa! Que te quede claro para siempre: ¡todo esto es tu culpa!
—¡Ella no tiene la culpa de absolutamente nada! —espetó Daría con firmeza, dándole un paso hacia él—. ¡Deja de culparla por tus propios cochinos errores! El único culpable de que esta familia esté rota eres tú. Tú no supiste administrar tu negocio, tú te metiste con la mafia y tú arruinaste todo.
Daría me tomó con fuerza del brazo, sin dejar de mirar a nuestros padres con desprecio.
—Sofía se viene conmigo. No volverán a saber nada de ninguna de las dos. Hagan de cuenta que nunca tuvieron hijas, porque jamás supieron valorarnos. Lo único bueno que hicieron en su vida fue haberla unido a Adrián para que fuera feliz.
Las palabras de mi hermana resonaban en la habitación mientras las lágrimas me nublaban la vista. El dolor emocional era insoportable, pero de pronto, una punzada aguda y lacerante me atravesó el vientre.
Un pinchazo violento que me dejó sin aire.
—Me duele... —alcancé a susurrar, aferrándome a la camisa de mi esposo—. Adrián... me duele mucho el vientre...
La cabeza me dio vueltas, la vista se me llenó de puntos negros y el suelo desapareció bajo mis pies. Lo último que escuché antes de que la oscuridad me tragara por completo fue el grito desesperado de Adrián pronunciando mi nombre.