El mundo cuenta con civilizaciones que se han perdido por el paso del tiempo; continentes y reinos enteros fueron sumergidos por el agua , la lava , la arena y el hielo , y solo se tiene registro de las culturas y civilizaciones actuales porque quedaron infraestructuras y relatos de manera interna y externa de ellas.
Pero ¿qué pasaría si antes de que la humanidad surgiera ,existía una especie con poderes sobrenaturales cuyas culturas se asemejaban a las humanas, pero miles o, a veces, hasta millones de años atrás, y por eso no se tenía registro de que existieron «los antiguos»?
Kevin es un antiguo que despertó en la era actual y que deberá descubrir su pasado e identidad en medio de un conflicto entre un culto oscuro y la humanidad y Kevin deberá decidir en qué bando peleará
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Gondwana parte 5 : el rey de la arena
a La flota de los antiguos ya se había topado con varios barcos enemigos que se dirigían a Gondwana. De todos los hombres rana solo sobrevivió uno para ser usado como guía en su expedición. Varias ciudades cayeron en manos de los antiguos; toda esa magia de la que tanto se jactaban no servía de nada, ya que llegaban oleadas y oleadas de seres utilizando los elementos y masacrando a los hombres rana. Incluso lograron crear golems gracias a los ejércitos que habían derrotado en Australia, logrando descifrar su magia con suma rapidez.
No importaba qué ciudad asediaban, pero Aenias siempre buscaba a su hermana desesperadamente, prometiéndose que debía sobrevivir a las guerrillas, por lo que su enojo y orgullo jugaban un rol importante al pelear con extrema crudeza contra sus enemigos; sus manos estaban realmente manchadas de sangre y, lamentablemente, también de inocentes, ya que no quería que intentaran hacer lo mismo que él hizo hacía ocho meses.
Lentamente, ese chiquillo, honorable pero perdedor, que pasó a ser un símbolo de esperanza, terminó convirtiéndose en un cruel soldado con solo sed de venganza, ignorando la civilización que estaba ayudando a extinguir. Lo peor que llegó a hacer fue asolar una ciudad entera al crear una enorme tormenta de arena, lo que provocó la asfixia de miles de hombres rana, llenándoles los pulmones de arena. De esta manera, la leyenda del rey de las arenas se esparcía por toda África.
Cuando ya estaban cerca de la capital, Aenias ya había asolado la ciudad antes mencionada con la tormenta de polvo. También había perdido la esperanza de ver a su hermana de nuevo, por lo que sabía que el último paso para su venganza estaba más cerca.
—¡Hey, muchacho!, sin duda eres toda una leyenda —le decía el general Aurelio. El hombre vestía armadura de bronce y ya estaba entrando en los 800 años, por lo que ya era demasiado viejo, Se encontraba comiendo carne en su tienda de campaña y había invitado al joven a comer con él, ya que lo consideraba como a un hijo.
—Muchas gracias, señor —contestó Aenias, comiendo junto al anciano.
—De verdad que honras el nombre de Corban, el de la lanza relámpago —añadió el anciano engullendo aún más carne de arcosaurio.
—Bastante, diría yo —añadió Aenias tomando licor. Muy dentro de él aún quedaba ese malestar al no poder enorgullecer a sus padres en vida; le provocaba tristeza que ellos no vieran al héroe de guerra en el que, según él, se había convertido, ya que tenía a todo un ejército detrás suyo que le alababa como una vez alabaron a Corban.
—Lamentablemente, aún no puedes encontrar a tu hermana —continuó el general, provocando que Aenias dejara de beber el licor, presionando el vaso de arcilla con el que bebía por la rabia que sentía.
—¡No! —gritó levantándose bruscamente, pero un par de segundos después recapacitó y se sentó nuevamente—. Lo siento, señor.
—Es muy difícil, lo sé —contestó el general—, pero si haces todo esto por venganza personal da por hecho que acabarás mal. Nuestra tierra fue ultrajada, pelea por ella, por los caídos, y nunca te tomes como algo personal una pelea, pues nunca sabrás los motivos de tus enemigos.
»Hace casi 500 años, los de Pelagia también invadieron mi tierra. Luché tanto por mi bienestar que al acabar la guerra quedé como un simple peón y nada más. Las personas que murieron en aquella guerra no van a regresar jamás y yo, en mi impotencia, provoqué daño a mis compañeros —añadió el general—. No te pido que seas un peón más, solo que no olvides lo que te motivó a pelear: nuestra libertad.
—Gracias, señor.
—Sí, también me lamento de que nuestra invasión fuera el doble de sangrienta que la de los hombres rana, pero ellos seguirían la invasión, éramos nosotros o ellos —continuó el general. —Lo sé —dijo Aenias recordando a todos los civiles que asesinó, pero todavía dentro de él la llama del odio no se esfumaba del todo—. Debemos seguir en nuestra expedición final por todos los que cayeron.
—Cuando acabe la guerra y seas un adulto quiero verte felizmente casado —dijo Aurelio—. Bastante has sufrido, necesitas ser feliz.
—Sí señor —dijo Aenias—. Como lo considero mi padre, me gustaría que usted estuviera allí y sea mi padrino.
—Será todo un placer, muchacho —dijo Aurelio.
Al día siguiente siguieron marchando hasta toparse con la última línea de defensa de la capital. Miles de hombres rana formaron legiones y legiones de un ejército bastante abrumador y los golems se encontraban esparcidos por el campo de batalla. Aquella masa de hombres rana era abismal y superaban a los antiguos 10 a 1, pero estos no cedieron ante el terror. En el ejército de Aurelio también se encontraban golems, catapultas y un gran ejército de diez mil hombres, sin contar a los esclavos que rescataron, que también se unirían a la batalla final.
Los dos generales estaban a un par de metros de distancia y decidieron hacer la última negociación en África. El general enemigo era nada más y nada menos que Gnarl, quien subió de rango por sus hazañas en Gondwana. Caminó hacia Aurelio con su arma desenvainada, para el caso de que el otro le atacase.
—En nombre de nuestro rey, deben detenerse —dijo Gnarl—. Han masacrado cientos de ciudades y poblados para darnos una lección, por favor, de verdad lo sentimos.
—Profanaron nuestras tierras.
—Ustedes también.
—Nos atacaron sin piedad y ahora piden clemencia. Ultrajaron nuestra libertad —añadió Aurelio.
—¡Hey!, en serio, nos rendimos, solo queríamos proteger la ciudad, pero solo si ustedes también dejan esta guerra —añadió Gnarl.
—¿De verdad? —cuestionó Aurelio.
—¡Nah! —dijo Gnarl burlescamente, creando varias cadenas de barro que atraparon al general Aurelio. Gnarl corrió rápidamente contra su enemigo, cortándole la cabeza frente a su ejército, que miraba atónito la escena—. ¿Qué me dicen ahora, perros asquerosos? Sentirán haber asesinado a miles de nuestra especie, ¡aquí y ahora toda su raza perecerá!
—¡General Aurelio! —gritó Aenias desesperadamente, al ver a su segunda figura paternal morir frente a él. Recordando todos los consejos que le daba el general, la muerte de su madre a manos de Gnarl, encontrar la cabeza decapitada de su padre y nunca ver a su hermana de nuevo, la pequeña pizca de odio creció aún más en su corazón. Sentía bastante ira al ver que Gnarl se burlaba de él—. ¡Mátenlos a todos! —gritó tomando el manto de Aurelio.
—¡Sí, sí, sí, más matanza, acaben con ellos! —gritó Gnarl con júbilo.
En cuestión de segundos ambos ejércitos chocaron entre sí. La falange le permitía a los antiguos mantenerse al margen y casi sin tener bajas considerables; los golems enemigos lanzaron enormes rocas contra la vanguardia del ejército, rompiendo su formación perfecta y provocando que el caos y la muerte reinara en la tierra. Los golems de los antiguos no esperaron para contratacar, al igual que las catapultas, que fueron activadas también, aplastando a varios hombres rana e inclusive algunos salían volando, hechos pedazos por el impacto.
Aenias asesinaba a varios hombres rana mirando todo a su alrededor. En un par de segundos notó todo lo que acontecía, el suelo ya estaba repleto de cadáveres de ambos bandos y la tierra mojada con la sangre de los caídos. La brutalidad de la guerra en su máximo esplendor, los golems ya habían sido erradicados con la magia de los hombres rana, pero las catapultas aún seguían funcionando. Aenias volvió en sí para defenderse con su escudo de dos atacantes a los que asesinó decapitándolos rápidamente.
Corrió contra los golems enemigos, aprisionándolos con su arena hasta hacerlos estallar por la presión. Hizo esto también con veinte hombres rana, aplastándolos con la muralla de arena; siguió utilizando la arena para matar a sus enemigos sin importar que estos le atacasen con sus implementos. De hecho, tales objetos era unas cosas que siempre se lanzaban unos a otros rápidamente, por lo que varios acababan muertos o heridos.
Cientos de flechas surcaron los cielos, impactando contra los guerreros antiguos y asesinándolos en el proceso; los arqueros estaban en las murallas apoyando a Gnarl y el conflicto llegó al punto en que los hombres rana estaban tomando el control, pero aun así, Aenias intentaba hacer que su ejército siguiera luchando. A pesar de todo, cubrió su cuerpo con otra armadura hecha de arena, preparándose para matar a cientos con un solo ataque. Creó una nube de polvo, ahogando a sus enemigos al llenarles los pulmones de arena. A los que sobrevivían les remataba con arena cristalizada: él solo ya era un ejército de un solo hombre con todas sus reglas.
—¡Eso es, protejan al general! —gritó un antiguo, dando la orden de reformar pequeños grupos de falanges, con los que podían defenderse y contrarrestar los ataques salvajes de los anfibios, pero Aenias se negaba a ser resguardado, ya que peleando solo podía hacer más en el campo de batalla.
Las falanges seguían avanzando lentamente y con cada paso aplastaban montones de cadáveres de sus enemigos. Eran tantos que casi era imposible moverse, cubrirse y atacar al mismo tiempo, pero un grupo de falanges fue completamente aniquilada al ser aplastada bajo el fango. El culpable era Gnarl, quien asesinaba a diestro y siniestro con orgullo.
Aenias, al ver esto, corrió rápidamente hacia Gnarl, quien le esperaba triunfante mientras más hombres rana intentaban detener al joven rubio, pero eran asesinados velozmente al ser atravesados por su lanza o golpeados en el cráneo con tanta fuerza que terminaba por partirles la cabeza; Gnarl, simplemente, observaba el estilo predecible de pelea del joven de Kokkinia, viendo su desgaste físico. Entonces decidió avanzar.
—Ya está cansado, fufu —rio Gnarl corriendo contra Aenias, pero fue bloqueado por el escudo del muchacho, quien lo hizo retroceder un par de metros.
—Juro por los dioses que te mataré y alzaré tu cuerpo para que vean que su campeón perdió miserablemente —dijo Aenias, preparándose para pelear con su lanza mientras se cubría con el escudo.
—Inténtalo, mocoso. Veamos: la perra llorona, Corban, la mocosa y el bastardo cobarde —dijo Gnarl riendo con malicia mientras contaba con los dedos de sus manos palmeadas y café—. Otra familia entera muerta.
—Bastardo —dijo Aenias, creando arena a su alrededor, pero fue convertida en lodo en un par de segundos.
—Tonto, el barro le gana al agua al absorberla, apaga al fuego, evade al rayo e inmuniza el magnetismo; cada maldito grano de arena que uses, se irá a mi lodo —dijo Gnarl creando unas cadenas de barro que atraparon los miembros de Aenias, presionando fuertemente su cuerpo—. Ya gané.
«Tiene razón, no puedo ganarle y el lodo me impide moverme; no podré vengar a mi familia», pensó Aenias mientras Gnarl se acercaba desenvainando su arma para decapitar al joven. Sin embargo, no mencionó nada acerca de las rocas y lo único cercano a las rocas que puedo hacer es...
Su armadura de arena se calentó tanto que se había convertido en cristal; el calor que emanaba provocó que las cadenas de lodo se secaran, quedando como simple arena y provocando que Gnarl retrocediera asustado.
—¡Imposible! —gritó Gnarl, creando una enorme bola de lodo.
—¿Te gusta, verdad? Creé esta técnica luego de matar al general Bajtiar en Pelagia; pude perfeccionarla al pelear días enteros, todos los días durante ocho meses de incesantes batallas —dijo Aenias envolviendo sus brazos con más cristal, dándoles una apariencia rocosa—. ¡Esto es por todos los que asesinaste! —Corrió contra Gnarl, dándole un puñetazo tan fuerte que lo lanzó lejos, contra sus propios hombres. El hombre rana marrón se levantó con su mandíbula destrozada y sangrando constantemente. De esta miró entonces, aterrado, cómo Aenias corría embravecido, matando a los anfibios y abriéndose paso.
—¡Muere, demonio! —gritó Gnarl, creando tantas cadenas como le fue posible, además de humedecer el suelo para atrapar al rey de la arena, pero todos sus ataques fueron en vano, ya que ocurrió lo mismo que había pasado antes: más arena cristalizada y sin saber alimentaba más el poder del joven. Cuando se dio cuenta de su error fue demasiado tarde, así que echó a correr, tropezando con los cadáveres y la sangre—. ¡Joder!, gritó asustado, sabiendo que le esperaba su fin. Aenias le disparó un cristal en la pierna derecha, provocando que el anfibio no pudiera levantarse.
—Por fin podré vengar a mi familia —dijo Aenias dando otro puñetazo en el lado izquierdo de la cara del anfibio. Luego le dio otro más y con esto pudo ver los nervios en el rostro del monstruo.
—¡Uh, kuuuuuu! —gritó Gnarl por el dolor intenso que sentía en todo su rostro. Aenias se puso sobre su cuerpo para que no se levantara más y continuó golpeando la cabeza de Gnarl, provocando que se escuchara un sonido seco y hueco de los huesos del cráneo rompiéndose. Siguió haciendo esto hasta que la cabeza quedó completamente aplastada, matando finalmente a quien provocó sus peores pesadillas.
Aenias se levantó triunfante y continuó luchando sin descanso junto a sus camaradas hasta el atardecer, cuando aniquilaron por completo a sus enemigos. Estaban increíblemente agotados después de pelear casi todo el día. No tuvieron tiempo para festejar, pues las bajas de su bando eran bastante altas, quedando solo un tercio de los diez mil soldados. El nuevo general comenzó a llorar por todos los caídos, incluidos los miembros de su familia y los de la del general Aurelio mientras el sol se ponía. Aenias sabía que la siguiente batalla sería aún peor, ya que tendría que enfrentarse al rey de los anfibios con un escaso número de antiguos.
Cuando vio las puertas de las blancas murallas abrirse comprobó que su suposición era verdadera, así que preparó sus compatriotas para la siguiente batalla.