Valentina Reyes tiene diecisiete anos, un promedio perfecto y un padre que camina con muletas. En Colonia Lomas del Paraiso, Guadalajara, la vida huele a paredes humedas y a los tamales que Don Tomas prepara antes del amanecer para vender en el tianguis. Valentina no se queja. Valentina sobrevive.
Santiago Montero Del Valle tiene diecisiete anos, un Porsche que no le importa y un padre que no sabe como hablarle. En la mansion de Puerta de Hierro, la vida huele a silencio. Santiago no pide ayuda. Santiago rompe cosas.
Una tarde en el Parque Metropolitano, un nino cae al lago. Los dos se lanzan al agua sin pensarlo. Cuando despiertan... estan en el cuerpo del otro.
Ella abre los ojos en una cama king size, rodeada de lujo y frialdad. El despierta en un cuarto diminuto donde un hombre cojo le dice "mija, ya esta el desayuno" con una sonrisa que nunca ha visto en su propia casa.
Valentina, atrapada en el cuerpo de Santiago, descubre que el dinero no compra lo que ella siempre tuvo: una familia que te abraza. Santiago, en el cuerpo de Valentina, descubre que en una casa donde gotea el techo puede existir mas amor del que jamas imagino.
Pero el intercambio tiene reglas que nadie les explico. Y mientras ella enfrenta a los enemigos corporativos de Grupo Montero y el descubre que las manos callosas de Don Tomas esconden un imperio en construccion, algo mucho mas peligroso que la magia empieza a crecer entre ellos.
Porque cuando vives la vida del otro... es imposible no enamorarte.
Una historia de risas, lagrimas, venganza dulce y un padre que le enseno al mundo que caminar distinto no significa caminar menos.
Yo se lo que es ser tu. Y aun asi, te elijo.
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Capítulo 14
Cap 14: El muro invisible
Tres meses.
Santiago llevaba tres meses viviendo en el cuerpo de Valentina Reyes y estaba empezando a cometer errores.
El primero fue en la clase de inglés. La profesora, una mujer con acento texano y lentes de pasta, le pidió que leyera un párrafo de "The Great Gatsby." Santiago leyó las primeras dos líneas sin problema —Valentina tenía un inglés impecable— pero cuando tropezó con una palabra y el chico de atrás se rio, su reacción fue instintiva:
—Hijo de...
Se detuvo. Tres sílabas ya estaban fuera. La cuarta —la que hubiera completado el insulto— se le quedó atrapada entre los dientes de Valentina como un hueso de pollo.
—...Híjole, qué difícil —terminó, forzando una sonrisa.
La profesora levantó una ceja. El chico de atrás dejó de reírse. Y Héctor, sentado a su derecha, lo miró con esa expresión que Santiago ya conocía: la de alguien que está sumando pistas que no terminan de cuadrar.
—¿Desde cuándo dices "híjole"? —preguntó Héctor después de clase.
—Desde siempre.
—No. Valentina Reyes no dice "híjole." Valentina Reyes dice "disculpa" o "permiso" o simplemente no dice nada.
Santiago apretó los libros contra el pecho de Valentina y caminó más rápido. Héctor no insistió, pero su mirada se quedó clavada en su nuca durante todo el pasillo.
* * *
Del otro lado de Guadalajara, Valentina tenía sus propios problemas.
En Prepa 7, los compañeros de Santiago habían aceptado al "nuevo Santiago" —más tranquilo, más estratégico, menos propenso a romper cosas— durante las primeras semanas. Pero tres meses era mucho tiempo. La gente empezaba a notar.
—Güey —dijo Diego en el receso, sentado en la banca de cemento con un Gansito a medio comer—. ¿Puedo decirte algo sin que te enojes?
—Dime.
—Estás raro. No raro malo. Raro... diferente. Ya no te enojas por nada. Antes, si alguien te miraba feo le partías la cara. Ahora ni siquiera volteas. Y el otro día te vi organizando tu mochila. Tú. Organizando. Una mochila.
Valentina se encogió de hombros con los hombros de Santiago.
—La gente cambia.
—Sí, güey, pero no así. No en tres meses. Es como si fueras otra persona.
Valentina sintió un escalofrío. La frase de Diego —"otra persona"— le pasó demasiado cerca de la verdad. Tomó el Gansito de Diego, le dio un mordisco y se lo devolvió.
—No seas dramático.
Diego la miró con desconfianza, pero no insistió. Beto, que estaba al lado jugando con su teléfono, levantó la vista:
—Yo digo que tiene novia. Eso cambia a cualquiera.
—No tengo novia —dijo Valentina.
—Eso es exactamente lo que diría alguien con novia —respondió Beto.
* * *
Esa noche, la llamada fue diferente.
No hubo reportes de la escuela. No hubo intercambio de instrucciones sobre cómo tratar a Don Tomás o cómo evitar a Marisol. No hubo quejas sobre la comida del Instituto Británico ni sobre el calor de Lomas del Paraíso.
Hubo silencio.
Santiago fue el primero en hablar.
—Valentina.
—¿Qué?
—¿Alguna vez piensas en que tal vez no volvamos?
Valentina no contestó inmediatamente. Santiago escuchó el sonido del ventilador a través del teléfono —el chirrido familiar de las aspas viejas del cuarto de Valentina, que ahora era su cuarto.
—A veces —dijo Valentina.
—¿Y qué piensas?
—Pienso que si no volvemos, tu papá va a tener la hija más rara del mundo.
Santiago casi se rio. Casi.
—Va en serio —dijo.
—Yo también —respondió Valentina. Pero su tono cambió—. Pienso en eso todas las noches. Antes de dormir. ¿Qué pasa si esto es para siempre? ¿Qué pasa si yo me quedo con tu apellido, tu cara, tu familia? ¿Y tú te quedas con la mía?
Santiago cerró los ojos. Los de Valentina. Los que llevaba usando tres meses y que ya sentía como propios.
—Si nunca volvemos —dijo, y su voz era baja, seria, sin rastro de la prepotencia de Santiago Montero—, yo cuidaré a tu papá. Le ayudaré con el mole. Llevaré a tu mamá al doctor. Me aseguraré de que Mateo pueda tocar su guitarra. Te lo prometo.
El silencio del otro lado duró tanto que Santiago pensó que se había cortado la llamada.
—¿Valentina?
—Estoy aquí. —Su voz temblaba, pero no de miedo. De algo más pesado—. Y yo cuidaré a tu familia. Haré que tu papá hable de tu mamá sin esconderse. Haré que Andrés deje de fingir que no le importa nada. Y si Ignacio intenta algo, lo destruyo.
Santiago soltó un sonido que no era exactamente una risa.
—¿Lo destruyes?
—Lo destruyo. Con datos y evidencia. Y si eso no funciona, con un bate.
Esta vez Santiago sí se rio. La risa de Valentina —aguda, breve— llenó el cuarto oscuro de Puerta de Hierro.
—Valentina.
—¿Qué?
—Si nunca volvemos... ¿estarías bien?
Otra pausa. Más corta esta vez.
—No —dijo Valentina—. Pero me las arreglaría. Siempre me las arreglo.
—Lo sé.
Colgaron.
Santiago se quedó acostado en la cama de Valentina. La almohada olía a un shampoo barato de manzanilla que se había convertido, sin que él lo decidiera, en su olor favorito. Pero debajo de la manzanilla, muy tenue, quedaba algo más: el rastro de su propio shampoo —el que Valentina había usado en su cuerpo durante las primeras semanas, antes de que se terminara el frasco. Su olor. En la almohada de ella.
En Puerta de Hierro, Valentina hundió la cara en la almohada de Santiago. Olía a la colonia cara que Marisol dejaba en el baño. Pero debajo, imperceptible para cualquiera que no hubiera pasado meses en este cuerpo, estaba el jabón de barra Zote que ella había usado en las primeras semanas —porque no sabía cómo funcionaba la regadera de vapor y había usado lo primero que encontró. Su jabón. En la almohada de él.
En cuartos separados por toda una ciudad, en cuerpos que no les pertenecían, los dos cerraron los ojos y encontraron, en el olor que el otro había dejado, algo parecido a la paz.
Afuera, Guadalajara dormía. Tres meses habían pasado. No sabían cuántos más vendrían. Pero ya no estaban solos en esto.
Eso, por ahora, era suficiente.