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90 Minutos Para Volver A Tí

90 Minutos Para Volver A Tí

Status: En proceso
Genre:Embarazo no planeado / Reencuentro / Romance
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Rooo

Dos vidas separadas por un océano de mentiras, secretos y clase social están a punto de cruzarse otra vez. Lo que empezó como una noche que ninguno de los dos podía recordar se convertirá en la verdad que ninguno de los dos está preparado para enfrentar.
Una historia de amor, sacrificio y segundas oportunidades, donde un pequeño rosario de oro guarda el poder de reescribir el destino de dos familias.

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El rosario en su cuello

CAPÍTULO 9 — Camila

El funeral de Delfina y Emilia se transmitió en directo por todas las cadenas del país. No pude evitar verlo, esa tarde, entre turno y turno, con el televisor de la cafetería mostrando imágenes de dos ataúdes cubiertos de flores blancas y un hombre —Hugo, aunque yo todavía no conocía su nombre completo, apenas ese "número nueve" que mi hijo idolatraba— caminando detrás, sostenido por dos hombres, con una expresión que no había visto jamás en un rostro humano.

Sentí un dolor intenso, physical casi, viendo esas imágenes. No lo conocía de nada, ni siquiera sabía todavía que ese hombre tenía algo que ver conmigo, pero algo en su rostro destrozado me atravesó de una manera que no supe explicar en el momento. Pensé, sin poder evitarlo, en Thiago. Pensé que si algo así le pasara a mi hijo, yo simplemente moriría de tristeza, ahí mismo, sin necesidad de ningún accidente que lo provocara. El corazón se para solo cuando pierde la razón de latir.

Esa noche llegué a casa más temprano de lo habitual, cambié un turno con una compañera solo para poder abrazar a Thiago más tiempo del que normalmente podía darle. Lo bañé, le puse el pijama, y cuando lo tuve en mis brazos, listo para dormir, hice algo que llevaba tiempo pensando sin animarme del todo.

Fui hasta mi mesita de noche, abrí la cajita de madera donde había guardado el rosario de oro durante cuatro años, y lo saqué por primera vez desde aquella noche. Brillaba igual que siempre, como si el tiempo no hubiera pasado por él.

—Ven aquí, mi amor —le dije a Thiago, sentándolo en mi falda—. Quiero darte algo importante.

Le puse el rosario alrededor del cuello, ajustando la cadena para que no le quedara ni muy largo ni muy ajustado, y lo escondí un poco bajo su pijama para que no se le enredara mientras dormía.

—Esto era de tu padre, mi amor —le dije, con la voz temblándome un poco—. Él lo dejó olvidado hace mucho tiempo, y desde entonces lo guardo para el momento en que fueras lo suficientemente grande. Llévalo siempre contigo, ¿sí?

Nunca le mentí a mi hijo. Ni siquiera cuando la verdad era complicada de explicar a un niño tan pequeño, ni siquiera cuando hubiera sido más fácil inventar una historia bonita en lugar de admitir que no sabía casi nada del hombre que le había dado esos ojos verdes. En mi casa jamás nos ocultamos las cosas, aunque doliera.

—¿De quién es, mamá? —me preguntó, tocando el rosario con sus deditos, mirándolo con esa curiosidad seria que solo tienen los niños cuando sienten que algo importante está pasando.

—Es de tu padre, mi amor. Él te dejó esto. Algún día va a volver por nosotros.

Thiago se quedó en silencio un momento, mirando el rosario, y después levantó esos ojos verdes hacia mí con una seriedad que me quebró por dentro.

—Pero mamá, él no sabe que nosotros existimos. ¿Cómo va a venir?

Me quedé helada. Mi hijo de tres años, con esa pregunta tan simple y tan devastadoramente lógica, me había clavado una espina directo en el corazón. No supe qué responder durante varios segundos, buscando en su carita alguna señal de que estaba repitiendo algo sin entenderlo del todo, pero sus ojos me miraban con una claridad total.

—¿Cómo sabes eso, mi amor? —le pregunté finalmente, con un nudo enorme en la garganta.

—Te escuché hablando con mi madrina. Se lo decías tú, que él no sabía de nosotros. —Se encogió de hombros, con esa naturalidad brutal que solo tienen los niños—. Pero no importa, mami. Soy feliz con la mamá más hermosa que tengo.

Lo abracé tan fuerte que temí lastimarlo, llorando en silencio sobre su pelo todavía húmedo del baño, mientras él me devolvía el abrazo con esos bracitos pequeños que, sin saberlo, sostenían más fuerza de la que cualquier adulto podría imaginar.

Los días siguientes trajeron algo que no esperaba: la pasión de Thiago por el fútbol, que ya era enorme, se volvió casi una obsesión sana, imposible de ignorar. Renata y Diego, decididos a no dejar pasar ese talento ni un día más, lo llevaron a probarse a un club de fútbol de la ciudad, uno de esos clubes de formación donde entrenan niños desde los tres o cuatro años.

Ese primer entrenamiento, sin haber jugado nunca en equipo, sin conocer las posiciones ni las jugadas, mi hijo de casi cuatro años dio cátedra sin siquiera saberlo. Le hizo goles a niños dos y tres años mayores que él, con una naturalidad que dejó mudo al entrenador.

—Camila, tienes que ir a verlo jugar —me dijo Renata por teléfono esa noche, con una emoción que le quebraba un poco la voz—. Sus ojos, Camila. Le brillan de una manera que no había visto nunca. Cada vez que agarra una pelota de fútbol, es como si se transformara en otra persona.

El primer partido oficial de Thiago cayó un sábado en el que yo tenía turno con los ancianos que cuido por las tardes. Les pedí permiso, con el corazón encogido, temiendo que me dijeran que no podía faltar.

—¿Cómo que pedir permiso? —me dijo don Aníbal, indignado de una manera tan tierna que me hizo reír entre lágrimas—. Vamos todos a alentar al pequeño. ¡Faltaba más!

Fuimos los tres en el coche de los ancianos, con don Aníbal manejando despacio y su esposa cantando canciones viejas por el camino para calmar mis nervios. Thiago empezó el partido en el banco, por ser el más pequeño del equipo, y yo lo veía desde la tribuna, saltando en su lugar, con el rosario asomando por el cuello de su camiseta, ansioso por entrar.

Su equipo iba perdiendo cuando, a mitad del segundo tiempo, el número nueve titular se lesionó y no quedaba ningún otro suplente disponible más que mi hijo. Lo vi correr hacia el entrenador, tirándole de la manga, pidiéndole con toda la desesperación de sus casi cuatro años que lo pusiera a jugar. Diego, que estaba ahí acompañándolo, intervino a su favor.

Thiago entró a la cancha con una determinación que no tenía nada de infantil. Agarró la pelota en mitad de campo, esquivó a dos rivales con una facilidad asombrosa, y remató un gol que dejó a todo el estadio en silencio por un segundo antes de estallar en aplausos. Nadie podía creer lo que acababa de ver. Los bailó, literalmente, a chicos que le sacaban una cabeza de altura.

El segundo gol llegó con un pase mío —bueno, no mío, sino de mi hijo, aunque yo sentía cada jugada como si el corazón se me saliera del pecho— que empató el partido. Y cuando ya casi no quedaban minutos, agotados todos los demás niños de tanto correr, le pasaron la pelota una última vez, casi por descarte, sin mucha esperanza. Thiago la recibió, giró sobre sí mismo y definió el gol número tres justo en el último minuto del partido.

—¿De dónde salió este chaval? —escuché decir a alguien detrás de mí en la tribuna—. Tiene la misma manera de definir que Hugo, siempre al último momento. Este pibe va a ser grande.

Sentí un escalofrío que no supe explicar en ese momento, un nombre que empezaba a repetirse cerca de mí con una frecuencia que todavía no significaba nada, pero que pronto lo significaría todo.

Mi orgullo no me cabía en el pecho. Los ancianos lo abrazaron al final del partido como si fuera su propio nieto, y me dijeron que podía llevarlo cada vez que jugara, que ellos también querían estar ahí para alentarlo. "Va a ser grande", repitieron los dos, con una certeza que me llenó los ojos de lágrimas otra vez.

Renata, como siempre, no dejó pasar la oportunidad de recordarle a todo el mundo que era su madrina. Los compañeros de equipo lo alzaron en andas, celebrando como si hubieran ganado un campeonato. El entrenador se acercó, se agachó a la altura de mi hijo y le dijo, con toda seriedad:

—Hijo, de ahora en más sos titular. Sos de nuestro equipo.

Thiago corrió hacia mis brazos atravesando medio campo, con el rosario rebotándole contra el pecho, y me abrazó con toda la fuerza de sus casi cuatro años.

—Mamá, te amo —me dijo, con la cara escondida en mi cuello—. Y amo a papá, a través de este rosario.

Lloramos juntos ahí mismo, en medio de una cancha de fútbol de barrio, sin que ninguno de los dos supiera todavía cuán cerca estaba el destino de cumplir la promesa que le había hecho esa noche.

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