Yo solo iba a entregar flores a la iglesia de San Gennaro.
No sabía que el ramo escondía un micrófono.
Ni que el hombre que me sonrió desde el altar era el Capo de Nápoles.
Ni que esa sonrisa sería lo último inocente que vería en mi vida.
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Conversación amarga entre reinas.
Las reinas no mandan soldados cuando pueden clavar el puñal ellas mismas.
Sofia Greco no vino con su padre. Vino sola.
Y pidió hablar con Vittoria. Sin Enzo. Sin Tomás. Sin testigos.
Solo dos mujeres y una disputa de por medio.
6:30 AM. Villa Rinaldi parecía un cuartel.
Hombres de Enzo en cada ventana. Carmine repartiendo armas. Tomás al teléfono con Palermo, Nápoles, Catania. Zia Carmela metiendo comida en la bodega como si viniera el fin del mundo.
Porque venía.
El portón sonó. Una vez.
Enzo bajó con la pistola en la mano. Vittoria detrás, ya vestida, ya sin camisones prestados. Vaqueros. Botas. El pelo recogido. Lista para guerra.
En el monitor de la entrada: un Maserati blanco. Y Sofia Greco. Sola.
Sin chofer. Sin guardaespaldas. Con el vestido negro. El de viuda. El de luto por un hombre que aún respiraba.
—Abre —ordenó Enzo.
—Ni de raja—dijo Tomás —. Es una trampa, jefe.
> Enzo. Si quisiera matarme, Greco ya habría mandado cincuenta hombres —Enzo miró a Vittoria—. Abre.
El portón cedió.
Sofia cruzó el jardín. Despacio. Elegante. Con los tacones clavándose en la grava como si clavara dagas. Diez hombres le apuntaron. No se inmutó.
Se paró a tres metros de las escaleras. A tres metros de Enzo.
No lo miró a él.
Miró a Vittoria.
—Tú —dijo. Su voz no tembló—. Quiero hablar contigo.
Enzo dio un paso al frente.
> Enzo. Lo que tengas que decirle, me lo dices a mí —dijo.
Sofía por fin lo miró. Y sonrió. Triste. Rota. Letal.
—Ya te dije todo, Enzo —dijo—. Durante diez años te dije todo. Y hace una semana, me contestaste con ella en tu bata.
Volvió a mirar a Vittoria.
—Sola —repitió—. Sin hombres. Sin armas. Sin tu Lobo cuidándote. ¿O la valiente Caruzzo solo ladra cuando él muerde?
Vittoria sintió la mano de Enzo apretarle la muñeca. Un "no"silencioso.
Se soltó.
> Vittoria. Está bien —dijo.
> Enzo. Vittoria —la voz de Enzo fue advertencia.
> Vittoria. Siete días, Rinaldi —ella lo miró—. Me enseñaste a no esconderme.
Bajó las escaleras. Un paso. Otro. Hasta quedar frente a Sofía. A un metro. Sin mesa. Sin barreras.
—Habla —dijo.
Enzo hizo ademán de seguirla. Tomás le puso una mano en el pecho. Negó con la cabeza.
—Déjalas, Don —susurró—. Si no, nunca será tuya del todo.
Enzo apretó la mandíbula hasta que le crujió. Pero se quedó arriba. Mirando. Con la mano en la pistola.
Sofia llevó a Vittoria hasta el limonero. El que plantó el primer día. El que sobrevivió a la resaca.
—Bonito —dijo Sofía, tocando una hoja. Sin mirarla—. Mi padre va a quemarlos. A todos.
> Vittoria. Lo sé —respondió Vittoria.
—¿Y aún así te quedas?
> Vittoria. Aun así me quedo.
Silencio. Solo el viento moviendo las ramas.
Sofía se giró. Por primera vez, Vittoria vio lo que había debajo del maquillaje perfecto: ojeras. Rabia. Diez años de ser "la enamorada no aceptada de" y acabar siendo "la dejada por".
—¿Lo amas? —preguntó Sofía. Sin veneno. Sin grito. Como si la respuesta de verdad le importara.
Vittoria no dudó.
> Sí.
--¿Aunque te cueste la vida?
> Vittoria. Aunque me cueste la vida.
Sofia asintió. Despacio. Como si acabara de confirmar algo.
Metió la mano en el bolso.
Arriba, Enzo amartilló. Tommaso gritó "¡No!".
Sofia no sacó una pistola.
Sacó una foto. Vieja. Desgastada.
Se la tendió a Vittoria.
—Mi madre —dijo—. El día que mi padre la obligó a casarse con él. Tenía diecisiete. Lloraba.
En la foto, una chica vestida de novia, con los ojos hinchados.
—Se mató tres años después —continuó Sofía—. Porque la encerraron en una jaula de oro y le dijeron "reina".
Vittoria no entendía.
—¿Por qué me enseñas esto?
Sofía dio un paso. Le agarró la cara. No para pegarle. Para que la mirara.
—Porque tú no eres como ella —susurró, con los ojos brillando—. Y él no es como mi padre.
Le soltó la cara. Retrocedió.
—Vine a odiarte —dijo, con la voz rota—. Vine a decirte que te iba a arrancar el corazón con las uñas por robarme diez años.
Miró hacia arriba. A Enzo. Que seguía ahí, con la pistola en la mano, con la mirada fija en ella como si pudiera matarla desde lejos si respiraba mal.
—Pero lo vi —dijo Sofia—. Lo vi mirarte como mi padre nunca miró a mi madre. Como si fueras persona. No pacto. No apellido.
Se rió. Amarga.
—Así que no vengo a matarte, florista —dijo—. Vengo a darte las gracias por hacerme valorar el recuerdo de mi madre.
Sacó otra cosa del bolso. Un teléfono. Bloqueado.
> —Mi padre llega esta noche, ya he hablado con él, le dije, que dejo todo, todos esos diez años pidiendo un amor que no se dio de la otra parte —dijo—. Con cuarenta hombres. Con Marco. Con lanzagranadas. Va a tirar esta casa. No lo hace por mí, sino que lo hace porque su orgulloso fue pisoteado.
Le tiró el teléfono a Vittoria. Ella lo atrapó por reflejo.
—Ahí tienes el plan. Rutas. Hombres. Horas —Sofía se giró para irse—. Corre. Llévatelo. Escóndanse. Vivan.
Empezó a caminar hacia su coche.
—¿Por qué? —gritó Vittoria—. ¿Por qué me ayudas?
Sofia se paró. No se giró.
—Porque yo pasé diez años en una jaula esperando que él me mirara así —dijo—. Y tú lo conseguiste en dos meses. La miró y le dijo que ella se iba a buscar a alguien que la mirara como Enzo me mira.
Se montó en el Maserati.
—Si sobrevives, Caruzzo —dijo por la ventanilla—, planta un limonero por mi madre. Para que al menos una Greco tenga raíces libres.
Y se fue.
Dejó atrás el vestido negro, el teléfono con la traición de su padre, y diez años de orgullo roto.
Vittoria se quedó con el teléfono en la mano. Temblando, no por miedo, sino por tristeza. Vio a Sofía como alguien sin amor el cual su mismo padre le arrebató con la muerte de su madre.
Enzo bajó las escaleras de tres en tres. Le quitó el teléfono. La agarró de los hombros.
> Enzo ¿Estás bien? ¿Te tocó?
Ella lo miró. Y por primera vez desde que entró en Villa Rinaldi, lloró.
No de miedo. De rabia. Por Sofia. Por su madre. Por todas.
> Vittoria. Tenemos el plan de Greco —dijo, entre lágrimas—. Y tenemos hasta la noche.
Enzo la abrazó. Fuerte. Entera.
> Enzo. Entonces no vamos a correr, amore mio —susurró en su pelo—. Vamos a esperarlos.
Porque Sofia Greco acababa de elegir.
Y no eligió a su padre.
Eligió que otra mujer no terminara como su madre.
Y eso, en Sicilia, vale más que cualquier guerra.
Sofia no es villana, es víctima. De su padre, de un pacto, de diez años esperando amor. Y decide romper el ciclo salvando a Vittoria.
"Planta un limonero por mi madre"
El símbolo máximo. Los limoneros eran de Enzo. Ahora son de las mujeres que eligieron vivir. Sofía le regala su venganza. Y Vittoria se ganó el respeto.
No peleando. Amando. Sofia vio que Enzo la mira "como persona". Y eso fue suficiente para traicionar a su sangre.
Ahora tienen ventaja
Con el plan de Greco, ya no defienden. Atacan. Y Enzo no va a desperdiciarlo.
_Enzo con el teléfono de Sofia. Tomás marcando números.
—Llama a Palermo —ordena Enzo—. A Nápoles. A todos.
Mira a Vittoria.
> Enzo ¿Lista para la guerra, Donna Rinaldi?
Porque ya no es la florista. Ya es la Donna. Y Sicilia va a aprender su nombre.
¿Preparamos la emboscada? Porque Don Greco viene a tirar la casa... y se va a encontrar con que la casa le dispara primero.
Mis queridos lectores les traigo un nueva novela, donde el amor pasa por muchos estados, y la mafia siempre quiere imponer, les agradezco de antemano, sus me gusta, sus regalos, sus comentarios, que otra mi es importante. 🥰