Zaya siempre fue rechazada por su manada por no transformarse en el tiempo esperado. Cuando finalmente despierta a su loba, Sura, aun así es expulsada tras ser rechazada por su compañero destinado, el alfa Varg. Condenada como renegada, sobrevive en el bosque hasta encontrar la Manada de la Oscuridad.
Allí conoce a Zack, otro renegado, con quien crea un vínculo muy fuerte. Ambos se ven envueltos en un conflicto mayor cuando Zack descubre que es el compañero destinado de Maia, hermana del temido Alfa Razkan (Sombra), líder de la manada. Esto provoca tensiones entre el destino, la lealtad y la autoridad.
Mientras Zaya intenta adaptarse y sobrevivir en este nuevo mundo, secretos sobre el pasado de Razkan y la destrucción de su antigua compañera revelan que el destino de todos está profundamente conectado, y que Zaya podría tener un papel decisivo para cambiarlo todo.
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Capítulo 13
— Mi hermano perdió mucho más que solo a su compañera esa noche. —Maia continuó, la voz cargada de dolor—. Perdió a nuestros padres… Y también a nuestro hermano mayor, William.
Zaya se llevó la mano a la boca, conmocionada.
— Nosotros dos casi morimos. —Maia agregó—. Razkan y yo. Estábamos gravemente heridos, rodeados de cuerpos, sangre y fuego. Si no hubiera sido por Zaxar y Tyla, no estaríamos vivos.
Ella respiró hondo, como si aún pudiera sentir el olor de aquella noche.
— Zaxar luchó como un verdadero alfa esa noche. Tyla… —Una leve sonrisa triste apareció—. Ella se negó a abandonarnos. Nos arrastró lejos de la batalla, aun herida, aun sabiendo que podría morir ahí.
Zaya sintió que los ojos le ardían.
— Razkan despertó días después. —Maia prosiguió—. Sin sus padres. Sin su hermano. Sin su compañera. Sin la mitad de la manada. Lo único que quedó fuimos nosotros tres… Y un pueblo quebrado, necesitado de un líder fuerte para sobrevivir.
Ella alzó la mirada, firme.
— No tuvo tiempo para llorar. No tuvo tiempo para enloquecer. Necesitaba ser el alfa al que nadie se atrevería a desafiar. Necesitaba ser sombra para proteger lo que aún respiraba.
El silencio cayó pesado.
Zaya finalmente comprendió el peso que Razkan cargaba sobre los hombros.
No era solo luto.
Era responsabilidad.
Era supervivencia a costa de su propia alma.
Y, en ese instante, algo cambió dentro de ella.
Quizá el Alfa de las Sombras no estuviera hecho solo de oscuridad.
Quizá esa oscuridad había sido creada para proteger los últimos fragmentos de luz que aún quedaban.
Después de organizar la ropa que habían comprado, todos se bañaron y se reunieron en la cocina para preparar la cena. El ambiente era sencillo, pero acogedor, lleno del aroma de los condimentos y del sonido suave de las ollas moviéndose.
Zaya, sin embargo, seguía distante.
La historia de Razkan no salía de su mente. La pérdida. El dolor. La soledad que había moldeado al alfa que ella aprendió a odiar tan rápidamente.
Mientras ella y Maia se ocupaban de la cena, Zack las observaba sentado a la mesa, apoyando la barbilla en la mano, atento a cada detalle.
— Ese vestido verde te quedó perfecto, Zaya. —Maia comentó con una sonrisa sincera.
Zaya levantó la mirada, un poco sorprendida.
— Gracias. A mí también me gustó mucho.
Maia sonrió, satisfecha con la elección.
— ¿No estás preocupada por mi hermano? —preguntó Zack después de un instante—. ¿Siempre hace esto?
Maia se encogió de hombros.
— Casi siempre. Sobre todo cuando el pasado decide atormentarlo.
Zaya removió lentamente la olla.
— ¿Nunca intentó seguir adelante?
Maia guardó silencio unos segundos antes de responder.
— A veces, las marcas del pasado son demasiado difíciles de cicatrizar. —Dijo con suavidad—. Se convierten en heridas abiertas… E impiden que algunas personas sigan adelante por miedo a sufrir todo de nuevo.
Zaya asintió, con la mirada perdida.
— Lo sé… —murmuró—. Yo soy una de ellas.
Zack frunció el ceño, a punto de decir algo, pero Maia fue más rápida.
— Basta. —Dijo con una sonrisa leve, tratando de cambiar el ambiente—. Vamos a cerrar esta conversación. Ya basta de tristezas y fantasmas.
Ella golpeó suavemente la cuchara contra la olla.
— El pasado quedó atrás. El ayer ya pasó. El hoy es lo que realmente vivimos. Y el mañana… —Se encogió de hombros—. Todavía ni siquiera existe.
Zaya respiró hondo, sintiendo, por primera vez en todo el día, un poco de paz.
Quizá Maia tuviera razón.
Quizá, esa noche, entre aromas sencillos y compañías inesperadas, fuera posible —aunque solo por un instante— vivir únicamente el presente.
* * * * *
Mientras tanto, Sombra estaba en la cima de la colina más alta de la manada, inmóvil bajo el cielo pesado. La noche parecía reflejar sus pensamientos. Oscura, cargada, inquieta.
— Fui un idiota con mi propia hermana… —murmuró Razkan, la voz baja, casi tragada por el viento.
El dolor ligado a los compañeros nunca es simple, respondió Sombra, su consciencia lupina. Todavía duele.
— Lo sé. —Razkan suspiró—. Pero fui egoísta. Solo pensé en mi dolor… Y casi arruiné la vida de Maia. Ella fue valiente. Luchó por sí misma, por su compañero. Hizo lo que yo no fui capaz de hacer cuando todo se derrumbó.
No te culpes tanto, dijo Sombra. Ellos están bien. Y van a entender. Pero ya es hora de que sigamos adelante. La manada necesita una Luna a nuestro lado.
— No. —Razkan respondió, firme—. Eso nunca va a pasar.
Razkan…
— No insistas, Sombra. No quiero pasar por todo aquello otra vez. No quiero perder a nadie más.
Hubo un breve silencio.
Entonces volvamos, concluyó Sombra. Como alfa, no debemos dejar a nuestra manada sola.
Razkan asintió. En un instante, Sombra volvió a correr por el bosque. La lluvia comenzó a caer, fina al principio, luego más intensa, mezclándose con los recuerdos que él intentaba mantener enterrados.
Aquella noche…
El fuego…
La sangre…
La sonrisa de Lana antes de que todo acabara.
Mientras Razkan regresaba, Zaya estaba acostada en su nuevo cuarto, observando el techo, perdida en sus pensamientos. Sus propias palabras al alfa resonaban en su mente, más fuertes ahora.
"No sabes lo que es tener el corazón sangrando todos los días…"
Ella cerró los ojos.
— No lo sabía… —murmuró para sí misma—. No sabía que cargabas con todo esto.
La lluvia golpeaba contra la ventana cuando se levantó, atraída por el sonido que venía del exterior. Se acercó al vidrio y, sin darse cuenta, contuvo la respiración.
Era él.
Zaya vio cuando Sombra cruzó el patio y, justo antes de entrar en la casa, se transformó de vuelta en Razkan. La lluvia escurría por su piel mientras él permanecía ahí por un instante, inmóvil, como si el peso del mundo estuviera sobre sus hombros.
Zaya se quedó paralizada. No por deseo, sino por la intensidad de aquella imagen: un alfa fuerte, quebrado, solo.
Solo entonces se dio cuenta de lo que estaba haciendo y se alejó de la ventana, con el corazón acelerado.
Razkan, sin embargo, ya había notado que lo estaban observando.
Él alzó la mirada hacia la casa y, por un breve momento, una pequeña sonrisa. Casi imperceptible. Apareció en sus labios.
Luego entró.
Y Zaya tuvo la extraña sensación de que, a partir de esa noche lluviosa, algo entre ellos había cambiado… Aunque ninguno de los dos supiera todavía darle nombre.