Damiano quería a Zakhar, pero lo quería bajo sus propias reglas.
Ahora, obligado por la mafia italiana a casarse con el letal líder ruso para formar una alianza y así destruir a la Yakuza, se siente como un trofeo entregado en bandeja de plata.
Pero lo que Damiano no sabes es que detrás del frío líder de la mafia rusa de la costa oeste, se esconde una obsesión feroz que lleva años germinando en la oscuridad. Cuando las traiciones estallen y la sangre comience a correr, Damiano descubrirá la magnitud de los pecados de su esposo. En un mundo donde todos quieren verlos caer, el amor retorcido y la protección extrema de Zakhar serán su escudo... aunque el precio sea aceptar que siempre fue la presa perfecta. Pero quizás eso es lo que Damiano siempre había querido y no sabía....
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CAPÍTULO 9: JUEGOS DE PODER [+18]
El eco de los disparos rebotaba en el polígono de tiro subterráneo. Zakhar estaba pegado a la espalda de Damiano, su cuerpo masivo actuando como una prensa de carne y músculo. Una de sus manos cubría las de Damiano sobre el arma, mientras la otra descendía por debajo de la seda roja hasta apretar su cadera con fuerza posesiva.
– Tu postura es una mierda, dusha moya – susurró Zakhar contra su oído, mordiendo el lóbulo con lentitud deliberada. – Abre más las piernas. Afirma tu peso.
Damiano obedeció, separando los pies. Sintió inmediatamente cómo la gruesa erección de su esposo se presionaba contra su culo.
– Así… – gruñó Zakhar, bajando la voz hasta convertirla en un ronroneo peligroso. – Mira cómo te pones duro solo con que te hable así. ¿Te excita que te trate como mi puta personal mientras sostienes un arma?
Damiano tragó saliva, el pulso latiéndole en las sienes. El deseo era un humo espeso que le dificultaba respirar.
– Respira y dispara – ordenó Zakhar con voz dominante, rozando sus labios contra la nuca de Damiano. – Imagina que es el tipo que tocó tu auto en la gala. Nadie te toca. Solo yo.
Damiano apretó el gatillo. El retroceso lo empujó contra el pecho de Zakhar, quien soltó una risa oscura y satisfecha. Sin girarlo todavía, Zakhar deslizó la mano libre hacia adelante y abrió los pantalones de Damiano con habilidad, liberando su polla dura y goteante.
– Quédate quieto – ordenó en un susurro ronco mientras comenzaba a masturbarlo lentamente con la mano grande y caliente. – Sigue sosteniendo el arma. Quiero que sientas lo que te hago mientras aprendes a matar.
Damiano jadeó, intentando mantener la postura mientras los dedos de Zakhar subían y bajaban por su longitud con movimientos firmes y precisos. Zakhar seguía pegado a su espalda, su propia erección presionando contra él, pero no se bajó los pantalones. Solo metió la mano dentro de los suyos y comenzó a masturbarse al mismo ritmo, gruñendo contra el oído de Damiano.
– Joder… mira cómo tiemblas – murmuró, acelerando un poco la mano sobre la polla de Damiano. – Tan sensible… tan mío. Dispara otra vez.
Damiano obedeció entre gemidos. El segundo disparo salió mientras Zakhar apretaba la base de su polla y luego deslizaba el pulgar sobre la cabeza sensible. El placer y la adrenalina se mezclaban de forma peligrosa.
Zakhar no aguantó más. Giró a Damiano con brusquedad y lo empujó contra la mesa de metal. Cayó de rodillas frente a él sin decir una palabra más, tomó la polla de Damiano en su boca caliente y húmeda y comenzó a chupársela con hambre.
– Zakhar… – gimió Damiano, una mano enredándose en el cabello rubio del ruso mientras este lo tragaba hasta el fondo.
Zakhar lo succionaba con fuerza, la lengua presionando en la parte inferior mientras subía y bajaba la cabeza. Sus propios gruñidos vibraban alrededor de la polla de Damiano. Una de sus manos grandes seguía masturbándose con movimientos rápidos y bruscos, mientras la otra sujetaba la cadera de su esposo para mantenerlo en su lugar.
– Tan rico… – gruñó Zakhar cuando sacó la polla de su boca un segundo para respirar, solo para volver a metérsela entera. – Quiero que te corras en mi boca antes de que te folle como Dios manda más tarde.
No tardó mucho. Entre los disparos lejanos y los sonidos obscenos de la boca de Zakhar, Damiano se corrió con un gemido ahogado, derramándose en la garganta de su esposo. Zakhar tragó cada gota sin desperdiciar nada, masturbándose hasta correrse también sobre el suelo de concreto con un gruñido profundo.
Zakhar se levantó, limpiándose la boca con el dorso de la mano, y besó a Damiano con fuerza, compartiendo el sabor de su propio semen.
– Buen chico – susurró contra sus labios. – Ahora ya sabes cómo se siente disparar mientras yo te arruino.
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Tras una mañana de compras intensas, Damiano y Yelena se sentaron en una pequeña mesa de mármol en la terraza de una cafetería privada. Enzo permanecía a unos metros, vigilando el perímetro con una tensión que se le notaba en los hombros.
Habían arrasado con varias boutiques de lujo. Damiano había elegido trajes a medida que acentuaban su figura, camisas de seda en tonos oscuros que Zakhar adoraba quitarle, y varias piezas de lencería provocativa que solo su esposo tendría el privilegio de ver… y destrozar. Yelena, con su habitual elegancia fría, había aprobado cada elección con comentarios precisos sobre imagen y poder. “Un Ivanov no se viste. Un Ivanov declara guerra con la ropa que lleva”, había dicho mientras Damiano probaba un abrigo negro de corte impecable.
Ahora, con varias bolsas exclusivas a sus pies, Damiano bebía de su taza mientras el sol del mediodía acariciaba su piel.
– Esa fiesta de hace cuatro años… – comenzó Yelena, observando a Damiano sobre el borde de su taza de porcelana. – Antes pensabas que fue la primera que Zakhar y tú se vieron por primera vez. Pero creo que ahora ya sabes que no fue así. Pero si fue la primera vez que yo te vi.
Damiano sonrió, recordando la intensidad de aquella noche.
– Él no dejaba de mirarme. Sentía sus ojos en mi espalda incluso cuando no estaba en la habitación. Pero, ¿por qué me lo dices ahora?
– Porque esa noche fue la primera vez que te vi y desde ese momento quise que fueras un Ivanov – respondió Yelena con voz gélida pero honesta. – Mi hijo siempre fue un depredador, pero contigo se convirtió en un coleccionista. Esa noche, cuando te vio reírte de tu hermano frente a todos, supe que quemaría el mundo por ti. Tu madre también estaba ahí, ¿lo recuerdas?
El rostro de Damiano se suavizó. El recuerdo de su madre, quien murió a manos de la Yakuza cuando él tenía 24 años, era su única herida abierta.
– Ella me miraba muchísimo esa noche. Estaba orgullosa de que no me dejara pisotear por mi hermano. Ella era la única que me amaba de verdad en esa casa de locos.
– Ella sabía lo que venía – asintió Yelena.
– Las madres sabemos cuándo nuestro hijo ha encontrado su perdición o su salvación. Zakhar es ambas cosas para ti, Damiano. La Yakuza te quitó a una madre que te adoraba, pero este imperio te dará la venganza que ella merece.
Damiano miró hacia el océano, sintiendo el peso de la lealtad de los Ivanov. Yelena no era una mujer de abrazos, pero en esa conversación, le estaba entregando las llaves de la familia. Al levantarse, Damiano pasó al lado de Enzo y, con un gesto de pura arrogancia, dejó que su mano rozara la chaqueta del guardaespaldas, recordándole con una mirada quién era el verdadero dueño de la atención de los Ivanov.
La guerra estaba cerca, pero Damiano nunca se había sentido tan poderoso.
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Esa misma noche, cuando regresaron a la mansión, Zakhar cerró la puerta del dormitorio con lentitud. La luz tenue de las lámparas bañaba la habitación en tonos cálidos. Sin decir una palabra, se acercó a Damiano y lo besó con una profundidad diferente, más lenta, más pesada, como si quisiera grabar cada segundo en su piel.
Sus manos grandes recorrieron el cuerpo de Damiano con reverencia posesiva, quitándole la ropa con cuidado pero sin vacilar. Cuando ambos estuvieron desnudos, Zakhar lo levantó y lo llevó hasta la cama, depositándolo sobre las sábanas como algo precioso y peligroso al mismo tiempo.
Se colocó encima de él, sosteniendo su peso con los antebrazos. Sus ojos heterocromáticos lo miraban con una intensidad que quemaba.
– Eres lo único bueno en toda mi oscuridad – murmuró Zakhar contra sus labios, entrando en él lentamente, centímetro a centímetro, hasta estar completamente enterrado. – Y aun así… te corrompo con gusto.
Damiano jadeó suavemente, rodeando el cuello de Zakhar con los brazos y arqueando la espalda para recibirlo mejor.
– Entonces corrómpeme más —susurró, besándolo con ternura oscura. – Quiero sentir que soy tuyo en cuerpo y alma…..
Zakhar comenzó a moverse con embestidas profundas y fluidas, sin prisa, pero intensas. Cada vez que entraba hasta el fondo, dejaba escapar un gruñido bajo contra la boca de Damiano.
– Te amo, maldito seas – dijo Zakhar con voz ronca, sin dejar de mirarlo a los ojos. – Te amo tanto que mataría al mundo entero solo para tenerte un día más. Eres mío, Damiano. Mi esposo. Mi obsesión. Mi salvación.
Damiano gimió contra sus labios, las lágrimas de placer y emoción brillando en sus ojos mientras se aferraba a él.
– Y yo te amo a ti, mio demone… –jadeó, moviéndose al ritmo de sus caderas. – Aunque seas mi ruina… no quiero ninguna otra vida que no sea esta, contigo dentro de mí.
Sus cuerpos se movían juntos en un ritmo lento y profundo, casi ceremonial. Zakhar besaba su cuello, su pecho, sus labios, susurrando palabras sucias mezcladas con declaraciones crudas y románticas:
– Este cuerpo fue hecho para mí… solo yo puedo llenarte así… solo yo puedo hacerte sentir completo.
Cuando el placer llegó a su punto máximo, se corrieron casi al mismo tiempo. Damiano se estremeció debajo de él con un gemido largo y tembloroso, mientras Zakhar se hundía profundamente y se liberaba dentro de él con un gruñido gutural, llenándolo con calor espeso.
Después, Zakhar no se apartó. Se giró sobre su costado, atrayendo a Damiano contra su pecho y envolviéndolo completamente con sus brazos fuertes. Besó su frente sudorosa y acarició su espalda con lentitud infinita.
– Duerme aquí, pegado a mí – murmuró contra su cabello, la voz grave y suave a la vez. – No quiero espacio entre nosotros esta noche.
Damiano se acurrucó más cerca, escondiendo el rostro en el hueco del cuello de Zakhar, respirando su olor y sintiendo los latidos fuertes de su corazón. Una de sus manos descansaba sobre el pecho ancho de su esposo, posesiva y tierna al mismo tiempo.
El sueño los encontró así: enredados, sudorosos y profundamente unidos, dos almas oscuras que habían encontrado en el otro su perdición y su único refugio.