dioses, vampiros y amor
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capitulo 13.
El ambiente en la sala de juntas del JNC era fúnebre. El aire, saturado de ozono y el olor metálico de la sangre que aún no terminaba de secarse, pesaba sobre los hombros de todos. No eran solo las heridas físicas; era el peso de la verdad lo que los mantenía en un silencio absoluto.
El Despertar de la Sangre
Uno a uno, mientras recuperaban la conciencia en las horas previas, habían tenido el mismo encuentro. En sus sueños, ya no había sombras borrosas. Vieron rostros de una belleza aterradora, escucharon voces que hacían vibrar el tejido del universo. Sus padres. Los Dioses.
Usui, Alfred y Yaquimura sintieron el fuego, el océano y el orden absoluto de sus progenitores reclamándolos.
Mizuki y Minori sintieron la tierra y la luz celestial fundiéndose en su ADN.
William, Ana y Eduard comprendieron que sus habilidades tácticas eran solo el eco de una estrategia divina de eones atrás.
Shion, sentada en una silla de metal en el rincón más oscuro, los observaba con una calma dolorosa. Ella no había soñado; ella siempre había estado despierta. Sus cadenas invisibles tintineaban con cada respiración, un recordatorio de que su destino era ser el escudo de todos ellos, incluso si ellos no lo merecían.
La Confesión de Takahiro
Namikaze Takahiro entró en la sala. El hombre de hierro, el jefe que nunca flaqueaba, se veía humano por primera vez. Se detuvo frente a ellos y, tras un suspiro que pareció cargar décadas de secretos, bajó la cabeza.
—Les debo una disculpa —su voz era ronca—. Sabía quiénes eran desde el momento en que pusieron un pie en esta agencia. Sabía que sus padres, los Dioses, los habían "sembrado" en este mundo para esperar este momento.
El silencio fue total.
—No sé qué planean ellos —continuó Takahiro, mirando sus manos—. Pero sé que el mundo va a tratar de arrebatarles lo que les pertenece. Los Titanes, las Sombras... todos quieren ese poder divino que ahora corre por sus venas. Mi trabajo era prepararlos para la guerra, no para la paz.
El Castigo del Cuervo
Takahiro caminó hacia Usui. La mirada del padre se volvió una de desprecio militar, mezclada con una profunda decepción.
—En cuanto a ti... —Takahiro golpeó la mesa con fuerza—. Tu estado fue inaceptable. Tu negligencia casi le cuesta la vida a Ana, a tus hermanos y a Shion. Si Shion no se hubiera interpuesto, hoy estaríamos enterrando a la mitad de este equipo por culpa de tu embriaguez.
Usui no levantó la vista. Las palabras de su padre le dolían menos que el recuerdo de los ojos de Shion llenos de desprecio antes de caer.
—Estás degradado. Confinamiento absoluto y entrenamiento de choque hasta que tus manos dejen de temblar —sentenció Takahiro—. Como jefe, no permito errores. Como padre... no puedo perdonar que casi matas a tu propia sangre y a la mujer que nos protege a todos.
La Negación de Usui
Shion se levantó para salir, sin decir una sola palabra. No hubo reproches, no hubo consuelo. Solo el frío roce de su presencia al pasar junto a Usui.
Usui apretó los puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos. En su mente, las imágenes de sus vidas pasadas peleaban por salir: se vio a sí mismo amando a Shion en un templo griego, protegiéndola en una guerra medieval, buscándola en la modernidad. Su alma gritaba que ella era su "amor eterno", el único ancla en su existencia caótica.
Pero su orgullo Namikaze, su ego de ninja y el dolor del desprecio actual lo golpearon con más fuerza.
"No" , pensó con furia. "No voy a dejar que un pasado de hace mil años decida quién soy hoy. No voy a amar a alguien que me mira como si fuera basura. No voy a ser esclavo de un destino romántico" .
Usui decidió, en ese momento de oscuridad, que lucharía contra el amor que sentía su alma. Si los dioses querían que ellos estuvieran juntos, él incendiaría el Olimpo antes de ceder. Impediría que ese sentimiento lo afectara, aunque el solo hecho de ver a Shion herida le estuviera desgarrando el pecho.
Shion se detuvo en la puerta, sintiendo la turbulencia emocional de Usui. No miró atrás.
—El pasado no se puede impedir, Usui —dijo ella, con una voz que sonó como una profecía—. Solo se puede sobrevivir a él.