Sinopsis
Tras morir en un trágico accidente, Sheila Roy despierta en el cuerpo de Saori, la hermana mayor de un personaje secundario en una popular novela de supervivencia zombie. Sabiendo que el fin del mundo comenzará en cuestión de días, utiliza sus conocimientos y los recursos de sus padres para construir un búnker inexpugnable y rescatar a sus hermanos.
Sin embargo, tras la primera noche del apocalipsis, Saori recupera un recuerdo aterrador: el mundo en el que habita no pertenece a una sola novela, sino a la fusión de dos historias distintas. La segunda trama introduce las "Olas de Mutación", eventos globales que transforman el clima, la flora y la fauna en depredadores letales.
Ahora, con un bebé rescatado, un perro que empieza a mostrar una inteligencia inquietante y un grupo de supervivientes bajo su mando, Saori debe liderar a los suyos a través del "Destello de los Mil Soles", un sueño profundo que marcará el inicio de la verdadera evolución biológica.
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Capitulo 14
El aire dentro del búnker se sentía estancado, cargado de un silencio que pesaba más que el concreto sobre sus cabezas. Saori abrió los ojos con lentitud, sintiendo una punzada aguda en la columna; el suelo de metal no había sido el mejor colchón durante su letargo.
Se incorporó con movimientos torpes, apoyándose en la mesa de la consola. Sus ojos buscaron desesperadamente las figuras tendidas en la penumbra. Uno a uno, revisó sus pulsos: Sora, Yuuta, Naoko, los niños... todos respiraban con una parsimonia antinatural, pero estaban vivos. Un suspiro de alivio escapó de sus labios, rompiendo la quietud sepulcral.
Al mirar el monitor, un escalofrío le recorrió la nuca. El reloj digital marcaba el 25 de julio de 2123.
—Una semana... —susurró, con la voz quebrada por la falta de uso—. Hemos estado fuera diez días desde que empezó todo.
El cielo en las cámaras seguía siendo un manto de obsidiana, pero algo había cambiado. Una interfaz semitransparente, similar a la de las novelas que solía leer en su vida pasada, parpadeó ante su vista. Recordó las dos luces que vio en la oscuridad de su sueño: dos núcleos de poder que ahora latían en su interior.
Con un pensamiento, la información sobre las nuevas leyes del mundo se desplegó en su mente, no como un manual, sino como una premonición instintiva de la jerarquía que ahora gobernaba la Tierra.
La Nueva Escala de Evolución
Las Logias: La capacidad de volverse intangible. Saori visualizó la posibilidad de que alguien se transformara en fuego o rayo, siendo capaces de reconstruir su cuerpo tras una explosión. Eran los nuevos dioses elementales, casi imposibles de matar con armas convencionales.
Las Teriantropías: El retorno a lo salvaje. Aquellos que podían fusionar su ADN con el de las bestias, adquiriendo garras, sentidos agudizados o una fuerza bruta que destrozaría el acero del búnker.
Las Indefinidas: El caos puro. Habilidades sin lógica aparente, mutaciones caprichosas que desafiaban cualquier clasificación científica.
La Cima del Misterio (Espacial y Mental): Aquí es donde el pulso de Saori se aceleró. Su sistema le indicaba que ella poseía ambas. La capacidad de manipular el tejido del espacio-tiempo y el poder de las facultades psíquicas. Eran rarezas estadísticas, habilidades que la colocaban en el centro de la diana si alguien descubría su potencial.
—Espacio y mente... —murmuró Saori, cerrando los puños.
Sintió una vibración extraña en el aire, como si pudiera percibir los pensamientos dormidos de Sora o la curvatura de la habitación. Era una sensación embriagadora y aterradora a la vez. En este nuevo mundo, no solo tendría que esconderse de los muertos y las plantas; tendría que protegerse de los humanos que matarían por poseer un ápice de su control sobre la realidad.
Se giró hacia el cristal del laboratorio, recordando a Max. Si ella había despertado con esto, ¿en qué se habría convertido el Rottweiler tras una semana de mutación silenciosa?
Saori parpadeó, ajustando la vista a la pantalla translúcida que flotaba frente a sus ojos, bañando su rostro cansado con un fulgor azulado. No era solo información; era una confirmación de que la realidad se había fragmentado para siempre.
—Saori Scott... —leyó en un susurro, sintiendo el peso de cada palabra—. Dieciséis años y cargando con el destino de un búnker entero.
Sus ojos recorrieron la lista de habilidades. Lo que antes eran corazonadas o simples talentos, ahora se habían cristalizado en facultades sobrehumanas. Su Almacenamiento Espacial vibraba como un vacío infinito en su mente, esperando ser llenado, mientras que su faceta Mental le otorgaba una percepción que rayaba en lo divino: Telequinesis, Estadística y una Localización que le permitía sentir cada centímetro de la estructura del búnker.
Sin embargo, lo que más le llamó la atención fue su Maestría en Combate, una destreza que fluía por sus músculos como si hubiera entrenado durante décadas en artes marciales letales. Ya no era solo una chica con un cuchillo; era una Asesina de No Vivos con una precisión aterradora.
Un sonido metálico proveniente del laboratorio médico la obligó a girarse.
—¡Max! —exclamó, corriendo hacia el cristal reforzado.
Lo que vio la dejó sin aliento. El suelo del laboratorio estaba cubierto de caparazones negros y quitina destrozada. No eran simples bichos; eran ciempiés mutantes del tamaño de un brazo humano, con mandíbulas que goteaban un ácido verdoso capaz de corroer el acero. Sus patas, ahora convertidas en agujas quitinosas, todavía se movían de forma espasmódica sobre el metal.
Max ya no era el mismo Rottweiler que ella conocía. Sus músculos se habían vuelto densos y fibrosos, y su pelaje negro ahora tenía un brillo metálico, como si estuviera recubierto de una armadura natural. El perro estaba de pie sobre el cadáver de un insecto gigante, con los ojos brillando con una inteligencia dorada y depredadora.
A través de su nueva Telepatía entre Mutantes, Saori sintió una ráfaga de pensamientos que no eran palabras, sino imágenes: Proteger. Nido roto. Peligro fuera.
—Tú también has cambiado, chico —murmuró Saori, apoyando la mano en el cristal.
Max emitió un gruñido sordo, pero no era de agresividad, sino de reconocimiento. El perro había estado luchando solo durante la semana del gran sueño, protegiendo el búnker desde adentro contra las primeras infiltraciones de la mutación.
Saori se dio cuenta de que su habilidad de Profecía empezaba a zumbar en la base de su cráneo. No era una visión clara, sino un presentimiento gélido: el búnker ya no era un secreto. Las mutaciones externas habían detectado el calor y la vida concentrada bajo la tierra, y los ciempiés eran solo la avanzada.
—Sora, despierta... —dijo, mirando a su hermano mientras su mano se cerraba en un puño, sintiendo el poder de la telequinesis fluyendo por sus dedos—. El veredicto ha comenzado, y no estamos solos.
Saori contempló la pantalla translúcida con una mezcla de incredulidad y vértigo. Era como si la realidad se hubiera fragmentado en píxeles. Poseer las dos habilidades más extrañas del nuevo orden no era solo una ventaja; era estar "rota" en términos de equilibrio. Era una anomalía en un mundo que apenas empezaba a dictar sus reglas.
—¿Profecía? —murmuró, y de inmediato una notificación emergió con un brillo azulado.
Profecía: Capacidad de percibir fragmentos de eventos futuros. Nota: El destino es un hilo que se tensa, pero no siempre se rompe.
—Increíble... —susurró, sintiendo un peso en la base del cráneo, como si el tiempo mismo intentara empujarla.
En la esquina inferior de su visión, una instrucción parpadeó: "Para entrar al almacenamiento, piensa en la palabra 'Estado'".
Al hacerlo, el búnker pareció desvanecerse, aunque sabía que su cuerpo seguía allí. Sus sentidos fueron transportados a un espacio que le arrancó un sollozo ahogado. No era un vacío estéril ni un almacén gris; era la gran casa de su vida pasada, el lugar donde finalmente había encontrado la paz antes de que el asfalto se la arrebatara.
Caminó por el pasillo, rozando con los dedos las fotografías enmarcadas donde ella y sus hermanos sonreían sin saber que el tiempo era finito. El aire allí olía a nostalgia: una mezcla de madera encerada y el aroma dulce de la comida casera que su hermano mayor solía preparar.
Salió al patio trasero y se quedó sin aliento. Allí estaba el huerto gigante, una explosión de verdes vibrantes y rojos intensos que su hermano había cultivado con paciencia infinita para el más pequeño de la familia. Recordó el color esmeralda de las hojas de albahaca y el aroma a tierra húmeda que siempre quedaba flotando tras el riego. Al fondo, vio a los animales; su hermano, tras ganar la custodia, había decidido cumplir el sueño de tener una pequeña granja. El mugido lejano de una vaca y el cacareo de las gallinas se sentían tan reales que por un momento olvidó que estaba en un búnker subterráneo en el año 2123.
—Todo lo que perdí... ahora es mi refugio —susurró, sintiendo una calidez amarga en el pecho.
De regreso a la realidad del búnker, Saori miró de nuevo hacia el laboratorio. Max la observaba fijamente. El perro se acercó al cristal y lamió la superficie fría justo donde ella tenía apoyada la mano, como si pudiera sentir el rastro de la casa de sus recuerdos a través de su conexión mental.
Saori decidió que no podía quedarse paralizada por la nostalgia. Si su almacenamiento era un fragmento de su vida anterior, tenía una fuente inagotable de recursos, pero también una responsabilidad enorme.
—Saori... —una voz débil la hizo girar bruscamente.
Sora había empezado a moverse. Sus párpados temblaban y una pequeña chispa de luz, similar a un relámpago contenido, comenzó a bailar entre sus dedos. El despertó del resto del grupo había comenzado, y con él, la verdadera prueba de fuego.
Saori respiró hondo, sintiendo cómo el aire en el búnker vibraba con una frecuencia nueva. Ya no era solo oxígeno; era una red de datos invisibles que su habilidad de Localizador interpretaba como pulsaciones carmesí. Al otro lado de la pesada puerta del laboratorio, una mancha roja, densa y poderosa, latía con fuerza.
—Max... —susurró, con el nombre pesando en su lengua.
El miedo y la anticipación libraban una batalla en su pecho. ¿Seguiría siendo su compañero o el "Veredicto" lo había reclamado para la salvajura? Al abrir la puerta, el olor metálico y acre de la sangre mutada la golpeó como una bofetada.
Lo que vio la dejó paralizada. El laboratorio, antes pulcro, era ahora un campo de batalla. Enormes exoesqueletos de lo que alguna vez fueron simples escarabajos, ahora del tamaño de balones de fútbol y con pinzas serradas, yacían esparcidos por el suelo, aplastados por una fuerza bruta.
En el centro de la carnicería, Max se puso en pie.
Ya no era el Rottweiler de hace diez días. Su musculatura se había compactado, volviéndose fibrosa y dura como el caucho bajo un pelaje que ahora brillaba con un matiz azabache metálico. Sus patas eran más largas, sus garras habían mutado en cuchillas de queratina oscura y sus ojos... sus ojos ardían con una inteligencia dorada, profunda y casi humana.
Saori se tensó por puro instinto de supervivencia, pero Max no gruñó. Se acercó con pasos pesados y rítmicos, deteniéndose a escasos centímetros. Inclinó su enorme cabeza y, con una suavidad que contrastaba con su apariencia de bestia, lamió la mejilla de Saori.
—Me reconoces... —soltó ella en un suspiro, dejando que las lágrimas resbalaran finalmente.
Lo abrazó con fuerza, notando que su pelaje era ahora más áspero, casi como una armadura. Al separarse, su habilidad de Estadística detectó una anomalía: una herida abierta en su pata delantera derecha, donde el fluido verdoso de un insecto mutante empezaba a burbujear.
—¿Tú nos protegiste todo este tiempo, verdad? —preguntó ella, acariciando las orejas del animal.
Max emitió un ladrido corto que no solo resonó en las paredes, sino que vibró directamente en la mente de Saori como una onda de alivio y lealtad.
—Entonces, esto es la Telepatía entre Mutantes —murmuró, asombrada por la claridad de la conexión—. Puedes entenderme y yo puedo sentir tu voluntad.
Saori se obligó a recuperar la compostura. Los virus y parásitos de este nuevo mundo eran impredecibles; una herida abierta en un mutante de alto rango como Max era una invitación al desastre.
—Por ahora, curemos esa pata, chico —dijo con determinación—. No voy a dejar que nada te pase después de que te quedaste aquí solo a cuidarnos.
Mientras buscaba el botiquín, Saori sintió un cambio en las pulsaciones del Localizador. Los puntos rojos que representaban a Sora y Naoko en la habitación contigua empezaron a agitarse. El gran sueño estaba terminando para todos, y ella necesitaba que su "primer caballero" estuviera en perfectas condiciones para lo que encontrarían al abrir la puerta principal del búnker.