¿Puede un amor nacido del engaño sobrevivir a la verdad? ¿Podrá la esposa sustituta reclamar el corazón de un hombre que juró nunca volver a amar?
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capitulo 23
Él extendió una mano y acarició mi mejilla. Su tacto era cálido, un contraste brutal con el frío de sus palabras habituales.
—Siento haberte metido en esto, Zoe. Deberías estar en algún lugar seguro, pintando sin miedo.
—Yo elegí volver, Dante. No soy una víctima aquí.
Me puse de pie, quedando a centímetros de su pecho. Podía oler su perfume, esa mezcla de tabaco y frescura que ahora asociaba con la seguridad. Él bajó la mirada a mis labios y, por un segundo, el mundo exterior desapareció. No había cámaras, no había gemelas malvadas, no había contratos. Solo estábamos nosotros dos, dos personas rotas intentando sostenerse mutuamente.
Él me tomó por la cintura y me atrajo hacia sí. Fue un abrazo protector, pero cargado de una promesa silenciosa.
—Mañana será un día difícil —susurró en mi oído—. Necesito que seas fuerte. Necesito que seas la Zoe que deslumbró a todos en la gala.
—Lo seré —prometí.
La noche fue un suplicio. Escuché a Elena gritando por teléfono en el pasillo, exigiendo que le trajeran vestidos nuevos para la "sesión de fotos" de la que, de alguna manera, ya se había enterado. Sabía que ella intentaría sabotearlo todo.
A las tres de la mañana, no pudiendo dormir, salí al pasillo hacia la cocina por un vaso de agua. Al pasar por el salón principal, vi una luz encendida. Era Elena. Estaba sentada en el suelo, rodeada de carpetas y documentos. Estaba buscando algo con desesperación.
—¿Buscando los códigos de las cuentas, Elena? —pregunté desde las sombras.
Ella dio un salto, ocultando rápidamente un papel bajo su pierna.
—Vete a dormir, Zoe. No te metas en lo que no te incumbe.
—Todo lo que pasa en esta casa me incumbe. Especialmente si intentas hundir al hombre que nos está manteniendo a ambas.
—Él no nos mantiene —escupió ella con veneno—. Él me debe esta vida por el contrato que firmó. Y tú... tú solo eres el entretenimiento barato. Mañana verás quién es la verdadera reina de esta mansión.
Regresé a mi habitación con una sensación de náusea. Ella estaba planeando algo más que un simple escándalo.
La mañana de la sesión de fotos amaneció gris y lluviosa, un clima perfecto para el "Glaciar". El equipo de fotografía llegó temprano, instalando luces y reflectores en el gran salón y en el estudio. La fotógrafa, una mujer llamada Sasha con mirada penetrante, me tomó aparte.
—Dante me explicó la situación, Zoe. Mi cámara solo te busca a ti. Ella puede estar en la habitación, pero te aseguro que será borrosa o simplemente no estará en el encuadre final.
La sesión empezó. Dante estaba impecable en un traje negro, moviéndose con una gracia natural frente a la lente. Cuando me llamó para que me uniera a él bajo la excusa de "revisar los bocetos frente a cámara", sentí la mirada de Elena quemándome desde la entrada del salón.
Ella apareció vestida con un traje rojo escotado, excesivo y vulgar para el concepto elegante que estábamos manejando.
—¡Es mi turno! —exclamó, empujándome a un lado para colgarse del brazo de Dante—. Una foto de los esposos, Sasha. Eso es lo que los accionistas quieren ver.
Dante no la apartó físicamente, pero su cuerpo se volvió rígido como el acero.
—Elena, estamos trabajando en un concepto profesional. Retírate.
—¡Soy tu esposa! —gritó ella, mirando a la cámara con una sonrisa forzada que daba miedo—. ¡Sasha, dispara! ¡Ahora!
La fotógrafa disparó, pero vi que el ángulo estaba desviado hacia mí, que me había quedado a un lado, capturando mi expresión de resignación y dolor, un contraste perfecto con la falsedad de Elena.
—¡Suficiente! —rugió Dante, soltándose de ella—. Julian, llévatela. Ahora.
Elena forcejeó con Julian, gritando obscenidades y amenazas sobre el video. La sesión se detuvo. El equipo de fotografía miraba al suelo, incómodos. Me sentí humillada, expuesta. Era exactamente lo que ella quería: romper la profesionalidad de Dante.
Él se acercó a mí, ignorando el escándalo que Elena seguía haciendo mientras la sacaban del salón.
—¿Estás bien? —me preguntó, tomándome de las manos.
—Esto es un circo, Dante. No podemos seguir así.
—Solo un poco más, Zoe. Solo un poco más.
Fuimos al estudio para terminar las fotos de "trabajo creativo". Allí, rodeada de mis cuadros y mis pinceles, me sentí más segura. Dante se sentó en un taburete mientras yo simulaba retocar un lienzo. Sasha disparaba sin parar, capturando la conexión real que existía entre nosotros, esa forma en que nuestras miradas se cruzaban y decían más que cualquier contrato.
En un momento, Dante se levantó y se colocó detrás de mí, observando el cuadro. Puso su mano sobre la mía, guiando el pincel sobre la tela. Fue un gesto íntimo, cargado de una sensualidad que hizo que mi respiración se entrecortara. Sasha capturó ese instante exacto.
—Esa es la foto —dijo Sasha, bajando la cámara—. Esa es la verdad que nadie podrá negar.
Cuando el equipo se retiró, me quedé sola con Dante en el estudio. Él me miró con una intensidad que me hizo retroceder hasta chocar con el caballete.
—Zoe...
No pudo terminar la frase. El sonido de una notificación masiva en los teléfonos de ambos nos interrumpió. Miré mi pantalla. Era un correo electrónico enviado a toda la lista de contactos de la empresa, a la prensa y a los accionistas. El asunto decía: *"La verdadera cara de Dante Volkov"*.
Abrí el archivo adjunto con manos temblorosas. No era el video del beso. Era algo mucho peor.
Era una grabación de audio de la noche en que llegué a la mansión. La voz de mi padre y la mía discutiendo el plan de suplantación, editada para que pareciera que yo era la mente maestra detrás del engaño para seducir a Dante y robar su fortuna.
—Ella lo hizo —susurré, sintiendo que el mundo se desvanecía—. Ella no usó el video. Usó a papá.
Dante miró su teléfono, su rostro volviéndose de piedra. La grieta en el hielo que habíamos construido se acababa de congelar de nuevo, pero esta vez, yo estaba del lado de afuera.
Escuchamos la risa de Elena desde el pasillo. Una risa triunfal que anunciaba el fin de nuestra tregua.
Dante me miró, y por primera vez, vi una sombra de duda en sus ojos.
—Dime que esa grabación es falsa, Zoe —dijo con una voz que no reconocí.
—Dante, yo...
El ruido de coches de prensa llegando a la puerta principal interrumpió mi explicación. El escándalo acababa de estallar de verdad, y no había fotos artísticas que pudieran salvarnos esta vez.