Soy Seraphina El principe y yo Crecimos juntos y con nosotros la obsesión de el Era tanta Que me dijo que si no era suya no sería de nadie más y me lo demostró con hechos y clavando una espada en mi pecho
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Capitulo 13
Adriel
La noche había caído sobre la ciudad, pero Adriel no podía encontrar descanso. Su mente era un campo de batalla donde los recuerdos de una vida que no recordaba haber vivido chocaban contra la realidad que conocía.
Horas antes, cuando la chica regresó con el grupo, humillada y temblando, él había explotado.
—¡Eres una idiota! —le gritó, sin importarle las miradas de los demás.
Ella lo miró con los ojos vidriosos, aún afectada por el encuentro con Cyran.
—¡No te enojes conmigo! —se defendió—. Yo intenté hacer lo mejor que pude. Pero ese imbécil… hasta parecía que quería golpearme.
Adriel apretó los dientes. La imagen de Cyran abrazando a Seraphina, de ella apoyada en su pecho con esa sonrisa que a él jamás le había dedicado, le quemaba por dentro.
—¿Qué clase de zorra eres? —espetó—. Se supone que sabes cautivar a los hombres.
Uno de sus amigos intervino, tratando de calmar las aguas:
—Ya, hombre, déjala en paz. Es evidente que Cyran está hasta las manos con esa rarita.
—No me importa —respondió Adriel, la voz tensa como una cuerda a punto de romperse—. No quiero verlos juntos.
La chica, aún dolida por el tirón de cabello que había recibido minutos antes, se atrevió a preguntar:
—¿Y por qué? ¿Acaso estás celoso?
Fue un error.
Adriel la agarró del cabello sin pensarlo, tirando con fuerza suficiente para arrancarle un grito de dolor.
—No digas idioteces, maldita perra callejera.
—¡Suéltame! —gritó ella, forcejeando.
Por un momento, las manos de Adriel temblaron. En su mente, por una fracción de segundo, vio algo que no era esta escena. Vio un castillo. Vio un trono. Vio a Seraphina con una corona, mirándolo con desprecio.
La soltó de golpe.
Ella salió corriendo sin mirar atrás, y sus amigos lo miraron con una mezcla de miedo y confusión que él ignoró por completo.
Esa noche
Adriel yacía en su cama, mirando el techo oscuro. No podía dormir. Cada vez que cerraba los ojos, las imágenes aparecían.
Un reino.
Una guerra.
Una mujer de cabello oscuro y mirada firme.
Seraphina.
Pero no era la Seraphina que conocía, la chica tímida que lloraba en los baños. Esta Seraphina vestía de blanco y oro, y a su lado… estaba Cyran.
Siempre Cyran.
Las imágenes se volvieron más intensas. Vio magia: bolas de fuego que surcaban el aire, escudos de luz, espadas que brillaban con poder propio. Vio una batalla. Vio cuerpos caer.
Vio su propio rostro, más joven, más fiero, con una espada en la mano y una corona torcida sobre la cabeza.
Y entonces, como un latigazo, la verdad lo golpeó.
No eran recuerdos inventados. Eran reales.
Adriel se incorporó en la cama, empapado en sudor, el corazón golpeándole las costillas como un animal enjaulado.
—Lo recordé —susurró en la oscuridad, la voz quebrada—. Todo… lo recordé.
Pero cuanto más intentaba aferrarse a las imágenes, más se desdibujaban. Los recuerdos de aquella vida se mezclaban con los de esta, creando un torbellino confuso en su mente.
¿Amaba a Seraphina? En sus sueños, sí. Con una devoción que dolía. Pero también la odiaba con la misma intensidad. Había sido suya, y ella lo había traicionado. Lo había elegido a él. A Cyran. Siempre a Cyran.
¿O era al revés?
Ya no estaba seguro.
Tal vez esos recuerdos no eran más que invenciones de su mente enferma. Tal vez todo era una broma cruel que su subconsciente le jugaba.
Pero había algo que no podía negar: la imagen de Cyran y Seraphina juntos le causaba un dolor físico, un vacío en el pecho que nada podía llenar.
Y en ese vacío, algo nuevo comenzaba a germinar.
No odio puro. No amor limpio. Algo más retorcido, más oscuro.
Si no puede ser mía en esta vida… quizás no deba ser de nadie.
Adriel se recostó de nuevo, mirando el techo con ojos vacíos. Afuera, la luna brillaba indiferente a la tormenta que se gestaba en su interior.
Él no sabía qué era real y qué no. No sabía si amaba u odiaba.
Pero había algo que sí sabía con certeza:
Cyran iba a pagar. Y Seraphina… Seraphina iba a recordar quién había sido el primero en amarla. Aunque tuviera que arrancarle ese recuerdo a golpes.
En la escuela
Adriel caminaba por los pasillos con pasos torpes, la cabeza palpitante como si alguien estuviera golpeándole las sienes desde dentro. Las imágenes de sus sueños se negaban a desaparecer, flotando en el borde de su visión como fantasmas que solo él podía ver. Estaba mareado, confundido, y eso solo alimentaba su frustración.
Pero una cosa tenía clara en medio de todo ese caos mental: tenía que alejar a Seraphina de Cyran. Como fuera. A cualquier costo.
Mientras tanto, en las escaleras principales...
Cyran bajaba los escalones con las manos en los bolsillos, perdido en sus propios pensamientos. No había dormido bien. Algo en el aire se sentía diferente, como si una tormenta se estuviera gestando en el horizonte.
No vio a la chica acercarse por detrás.
No sintió el peligro hasta que unos brazos lo rodearon desde atrás, atrapándolo en un abrazo que no había pedido.
—Cyran —canturreó una voz femenina pegada a su oído—. Yo soy mejor que tu insulsa novia.
Cyran se tensó por completo. Su mandíbula se apretó, y por un momento, todo su cuerpo se preparó para la violencia.
—Quítate —ordenó, la voz baja, peligrosa.
Pero la chica no soltó. Envalentonada por su propia estupidez, se deslizó frente a él en las escaleras.
Y antes de que Cyran pudiera reaccionar, antes de que pudiera apartarla, ella se levantó sobre las puntas de los pies y lo besó.
El mundo se detuvo.
Cyran se quedó pálido. No de deseo. No de sorpresa. De horror.
Sus ojos se abrieron como platos, y por un instante, todo lo que pudo pensar fue en ella. En Seraphina. En lo que sus ojos dirían si la hubiera visto. En lo que su corazón sentiría si se enteraba.
—¿¡QUÉ DEMONIOS CREES QUE HACES!? —rugió.
La sujetó por los hombros y, sin mediar palabra, la empujó escaleras abajo.
La chica cayó rodando entre gritos, golpeándose contra los escalones, mientras los estudiantes a su alrededor saltaban para esquivarla. Cyran no se quedó a ver las consecuencias. No le importaba si estaba bien o mal. No le importaba nada.
Solo se limpió la boca con el dorso de la mano, una y otra vez, como si pudiera arrancarse la sensación de aquellos labios que no eran los de ella. Como si pudiera borrar lo que había pasado.
Bajó las escaleras a grandes zancadas, ignorando las miradas, los murmullos, el caos que había dejado atrás.
Y entonces la vio.
Al fondo del pasillo, Seraphina estaba de espaldas, hablando con un amigo. Ajena a todo. Ajena al infierno que él acababa de vivir.
Cyran no lo dudó.
Corrió hacia ella como si su vida dependiera de alcanzarla. Como si cada segundo que pasara sin sentirla cerca fuera una agonía insoportable.
—¡Sera! —jadeó cuando llegó a su lado.
Ella se giró, sorprendida, y antes de que pudiera preguntar nada, él ya la había envuelto en un abrazo. Apretado. Desesperado. Como si quisiera fundirse con ella.
—¿Cyran? ¿Qué pasó? —preguntó ella, confundida, acariciando su espalda.
Él no respondió. Solo la apretó más fuerte, enterrando el rostro en su cabello, respirando su olor, su paz, su todo.
Pasaron unos segundos. Tal vez un minuto.
Hasta que él levantó la cabeza y la miró con unos ojos que ella nunca había visto: vulnerables, asustados, suplicantes.
—Amor... —dijo, con voz casi infantil—. ¿Me das un beso?
Ella parpadeó, confundida.
—¿Ahora? Pero si acabamos de...
—Es que... —la interrumpió, bajando la mirada con vergüenza—. Tengo mal sabor de boca.
Seraphina frunció el ceño, sin entender. Pero cuando volvió a mirarlo, cuando vio la expresión en su rostro, cuando notó el temblor casi imperceptible de sus manos... algo dentro de ella comprendió que no era el momento de preguntar.
Sonrió. Esa sonrisa suave que solo él conocía.
Y sin decir nada más, se levantó sobre las puntas de los pies y le dio un beso.
No fue un beso apasionado. Fue un beso tierno, cálido, reconfortante. Un beso que decía "pase lo que pase, yo estoy aquí".
Cuando se separaron, Cyran la abrazó de nuevo. Pero esta vez no era un abrazo desesperado. Era un abrazo feliz. Un abrazo de alivio. Un abrazo de hogar.
—Gracias —susurró contra su oído.
Ella rió suavemente.
—¿Por qué? ¿Por darte un beso? — pregunto ella
—Por existir —respondió él, tan sincero que dolía.
Y mientras la sostenía entre sus brazos, Cyran supo algo con una certeza que trascendía cualquier recuerdo, cualquier sueño, cualquier otra vida:
La única certeza que Cyran tenía en esta y en todas las vidas posibles era que él era solo de Seraphina. Suyo en cuerpo y alma. Suyo siempre.
A lo lejos, oculto tras una esquina, Adriel había visto todo.
El beso. El abrazo. La felicidad.