SOY LA VILLANA QUE SALVARÁ A SU FAVORITO
Violeta Alber ha vivido tres vidas: mercenaria letal en la Metrólis Feudal, mariscala de élite en la era moderna y diseñadora de moda exitosa, pero la traición la ha acompañado siempre. Al morir por tercera vez, despierta en el cuerpo de Roxana Ruiz —la esposa por contrato del personaje que más admiró en una novela: Bruno Castellano, un CEO brillante pero paralizado y sumido en la depresión, condenado a morir para que los protagonistas oficiales vivan felices.
Conociendo el destino trágico que les espera a Bruno y su familia, Roxana decide cambiar el curso de la historia. Convertirá su imagen de mujer despreciada en la de una líder imponente, luchará contra la manipulación de Orquídea y Gael, salvará a los hermanos de Bruno y protegerá sus bienes —incluyendo tierras en París con minas de diamantes y oro que le garantizarán libertad.
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CAPÍTULO DIECIOCHO: EL RETORNO DEL LEÓN Y EL JAQUE MATE DE LA REINA
Siete meses habían transcurrido desde la partida de Bruno a China. Siete meses de batallas silenciosas en la oficina, de noches solitarias esperando su llamada, de intrigas desbaratadas con una astucia forjada en la necesidad. Siete meses en los que las minas del Valle Oeste se habían revelado como un tesoro incalculable, y el distrito olvidado de la ciudad comenzaba a resurgir de sus cenizas bajo mi visión. La empresa prosperaba, los niños crecían, y yo, Roxana, me había convertido en la matriarca silenciosa, el pilar inquebrantable de la familia Díaz.
Pero la paz era una quimera en este mundo de apariencias. La noticia del regreso de Bruno se extendió como un reguero de pólvora, y su abuelo, el patriarca de la familia Díaz, decidió organizar un gran banquete para celebrar su vuelta al país. Una fiesta que prometía ser el escenario de nuevas intrigas y viejas rivalidades.
La noche del banquete llegó, y la mansión Díaz resplandecía con luces y el murmullo de los invitados. Me vestí con un traje de seda azul noche, un diseño sencillo pero elegante que realzaba mi figura y el tono de mi piel. Al entrar al gran salón, las miradas se posaron en mí. Orquídea, vestida con un ostentoso vestido rojo, me observaba desde lejos, una sonrisa de víbora en sus labios.
Los familiares de Bruno, la mayoría viejos lobos de mar acostumbrados a mover los hilos en la sombra, se acercaron con sus sonrisas hipócritas y sus palabras envenenadas. La primera trampa no tardó en aparecer. La tía abuela Matilde, una mujer de aspecto frágil pero con la lengua afilada, se acercó con una copa de vino.
—Querida Roxana —dijo, con un tono condescendiente—, he oído que has estado manejando los negocios de Bruno. Qué valiente de tu parte. Espero que no hayas arruinado todo el imperio que tanto le costó construir.
—Querida tía Matilde —respondí con una sonrisa impecable—, no solo no lo he arruinado, sino que lo he expandido. Gracias a mis "humildes" esfuerzos, la empresa ha duplicado sus ganancias y el proyecto de reconstrucción del distrito olvidado es ahora un referente. Bruno estará orgulloso.
La tía Matilde, con el rostro enrojecido, se retiró entre murmullos. Orquídea, que había escuchado la conversación, me lanzó una mirada furibunda.
La siguiente trampa llegó de parte del primo Roberto, un hombre ambicioso y sin escrúpulos que siempre había codiciado el puesto de Bruno. Se acercó con un informe financiero, con la intención de exponer supuestas pérdidas.
—Roxana —dijo con tono serio—, he revisado los últimos informes y parece que ha habido algunas... irregularidades. Unos gastos excesivos en las minas del Valle Oeste.
—Ah, ¿te refieres a la inversión en la tecnología de extracción de diamantes azules? —respondí con calma, tomando el informe de sus manos y revisándolo con una rapidez asombrosa—. Sí, es una inversión considerable, pero es lo que nos ha permitido triplicar la producción y la calidad de las gemas. Te aseguro que en el próximo trimestre, esas "irregularidades" se traducirán en ganancias que te dejarán sin aliento, primo.
Roberto, sin palabras, retrocedió, visiblemente derrotado. Las intrigas continuaron durante toda la noche, pero cada ataque era repelido con una astucia y una inteligencia que desconcertaba a mis adversarios. Yo no solo desbarataba sus trampas, sino que las utilizaba a mi favor, volteando el juego y exponiendo sus verdaderas intenciones. Los comentarios se sucedían: "Esa mujer es un diamante en bruto", "Es más astuta que Bruno", "Los Díaz tienen a una leona en casa".
Orquídea, cada vez más desesperada, intentó una última jugada. Con un micrófono en la mano, anunció que tenía un mensaje especial para Bruno.
—Querido Bruno —comenzó, con una voz melodramática—, sé que este tiempo ha sido difícil para ti. Pero quiero que sepas que siempre te he amado, y que estaré aquí, esperando tu regreso.
La tensión en el salón era palpable. Todos esperaban mi reacción. Yo, con una sonrisa serena, tomé el micrófono de sus manos.
—Orquídea —dije, mi voz clara y resonante—, agradecemos tus buenos deseos. Pero me temo que Bruno ya tiene quien lo espere. Una esposa que ha luchado por su familia, que ha protegido su legado y que ha hecho de este hogar un verdadero refugio.
Justo en ese instante, las grandes puertas del salón se abrieron de par en par. Todos los ojos se giraron hacia la entrada. Allí, de pie, erguido y majestuoso, estaba Bruno. Su mirada, ahora llena de una fuerza inquebrantable, recorrió el salón hasta posarse en mí. Caminaba sin ayuda, cada paso firme y decidido. Un silencio sepulcral invadió la estancia, solo roto por el suave murmullo de asombro.
Bruno, el hombre que había partido en una silla de ruedas, había regresado como un león. Su mirada se encontró con la mía, y en sus ojos, vi un brillo que prometía un futuro lleno de sorpresas. Sin dudarlo un instante, Bruno se dirigió hacia mí. Con cada paso, el silencio se hacía más profundo, las miradas más intensas. Los murmullos cesaron por completo cuando Bruno se detuvo frente a mí. Su mano se posó delicadamente en mi mejilla, su pulgar acarició mi piel.
Me tomó por sorpresa, inclinándose y uniendo sus labios con los míos en un beso apasionado y sincero. Un beso que silenció el salón, que detuvo el tiempo, que selló una promesa. La Reina había desbaratado las trampas, y el Rey había regresado para reclamar su trono y a su reina. La primera parte de nuestra historia había llegado a su épico final.
Palabras de la autora:
Orquídea quedó así 🤡🤡