Dos genios.
Una rivalidad que duele.
Un amor que se repite en cada vida.
Cuando él gana, yo recuerdo.
Cuando yo brillo, él tiembla.
Esta vez… ¿podremos elegirnos antes de volver a perdernos?
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Capítulo 12:Elegir quedarse sin promesas
Ren caminó sin rumbo durante más de una hora.
No buscaba inspiración.
No buscaba respuestas.
Solo necesitaba sentir el peso de su cuerpo avanzando, paso a paso, sin que nadie lo persiguiera ni lo esperara por obligación. Las calles estaban llenas de gente común: personas hablando por teléfono, niños arrastrando mochilas, una mujer regando plantas en un balcón.
Nada extraordinario.
Y, sin embargo, algo en ese ritmo cotidiano le apretó el pecho.
El mundo sigue, pensó.
Aunque nadie esté mirando.
Se detuvo en un parque pequeño, casi escondido entre edificios. Se sentó en una banca de madera gastada y observó cómo las hojas se movían con el viento. No había música. No había voces antiguas. No había urgencia.
Por primera vez, no sintió miedo de desaparecer.
Sintió algo más difícil de aceptar.
Permanencia.
Cuando vio la hora, se sorprendió. Había pasado más tiempo del que creía. Se levantó con calma y emprendió el camino de regreso, con una decisión silenciosa creciendo en su interior. No era clara aún, pero era firme.
Aiden seguía en el salón creativo cuando Ren regresó.
No estaba tocando el piano. Había limpiado la superficie, ordenado algunas partituras viejas, como si necesitara poner orden externo para no perderse por dentro. Cada cierto tiempo, miraba la nota sobre el piano, como si quisiera asegurarse de que seguía ahí.
Cuando escuchó la puerta, se giró de inmediato.
Ren estaba de pie en el umbral, con el abrigo colgado del brazo y el cabello un poco revuelto por el viento.
—Volví —dijo simplemente.
No había disculpa en su voz.
Tampoco explicación.
Aiden asintió, soltando el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Gracias por decirlo —respondió.
Se quedaron mirándose unos segundos. No como antes, con miedo a romper algo. Esta vez, el silencio era distinto. Más estable.
Ren fue el primero en moverse.
Caminó hasta el caballete y retiró el lienzo incompleto. No lo arrojó. No lo rompió. Lo apoyó contra la pared, con cuidado.
—No voy a terminar ese —dijo.
Aiden frunció levemente el ceño.
—¿Por qué?
Ren respiró hondo.
—Porque lo empecé desde el lugar equivocado —respondió—. No estaba huyendo… pero tampoco estaba eligiendo.
Aiden se acercó unos pasos, atento, sin interrumpir.
Ren tomó un lienzo nuevo. Más pequeño que los anteriores. Casi modesto. Lo colocó en el caballete y lo observó unos segundos.
—Quiero intentar algo distinto —continuó—. Algo que no tenga que ser importante.
Aiden lo miró con curiosidad.
—¿Importante para quién?
Ren esbozó una sonrisa leve.
—Para nadie.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue expectante.
Aiden dudó unos segundos antes de hablar.
—¿Puedo… tocar algo? —preguntó—. No para acompañarte. Solo… para estar.
Ren levantó la vista.
—Eso es exactamente lo que quiero.
Aiden se sentó frente al piano.
No eligió una tonalidad clara. No pensó en estructura. Dejó que las manos cayeran donde quisieran. La música que nació fue simple, irregular, con pequeñas pausas incómodas. Como una conversación que aún no sabe hacia dónde va.
Ren comenzó a pintar.
No hubo un primer trazo dramático.
No hubo violencia ni urgencia.
Colores suaves aparecieron despacio. Líneas inseguras que no buscaban definir nada. A ratos se detenía, escuchaba, respiraba.
Aiden también se detenía.
Se permitían fallar sin corregirse de inmediato.
En un momento, Ren habló sin dejar de pintar.
—Antes sentía que tenía que alcanzarte —dijo—. Ahora solo quiero caminar a tu lado.
Aiden respondió sin mirarlo.
—Antes creía que si no avanzaba primero, perdía —dijo—. Ahora no sé si quiero correr.
Ren sonrió.
El lienzo empezó a mostrar algo reconocible.
No figuras.
No símbolos.
Un espacio compartido.
Dos presencias sin jerarquía.
Cuando Ren dio el último trazo, no sintió alivio ni euforia. Sintió calma. Una calma profunda, distinta a cualquier cosa que hubiera conocido.
—Ya está —dijo.
Aiden dejó que la última nota se apagara sola.
Se levantó y se acercó al caballete.
Observó la pintura largo rato.
—No duele —murmuró.
Ren asintió.
—Pero está viva.
Aiden apoyó una mano sobre su hombro.
—Eso es nuevo.
Ren se inclinó levemente hacia él.
—Y da miedo.
Aiden sonrió con suavidad.
—Entonces vamos bien.
Se quedaron ahí, frente al lienzo y al piano, sin necesidad de decir nada más.
No habían resuelto todo.
No habían sanado por completo.
Pero habían hecho algo más difícil:
Habían creado sin sacrificarse.
Y por primera vez, ninguno de los dos sintió que el otro estaba a punto de desaparecer.