Un árbol fue testigo de su promesa.
El destino fue testigo de su ruptura.
Emma juró que nunca lo abandonaría.
Gael juró que jamás la dejaría sola.
Pero la muerte llegó primero.
Y el silencio hizo el resto.
Ella se fue obligada.
Él se quedó creyendo que lo eligió dejar.
Entre raíces quedó escondida una carta.
Entre el orgullo quedó enterrado el amor.
Años después, el destino los volverá a cruzar.
Ya no como niños.
Ya no inocentes.
Y cuando sus miradas se encuentren…
descubrirán que lo que más duele no es perder a alguien.
Es pensar que eligió perderte.
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Capítulo 23 — Sombras del pasado
El pasillo todavía parecía guardar el eco del momento que acababa de ocurrir.
Emma caminaba sin mirar a nadie. Sus pasos eran rápidos, casi torpes, como si necesitara alejarse de ese lugar antes de que su corazón explotara.
Gael.
Había sido él.
Después de tantos años.
Y ahora… después de todo ese tiempo… la había mirado como si fuera una extraña.
No.
Peor que una extraña.
Como si fuera alguien que no merecía ni siquiera una explicación.
Emma empujó la puerta de su dormitorio y entró sin decir una palabra.
El cuarto estaba silencioso. La luz suave de la tarde se colaba por la ventana, iluminando la cama perfectamente ordenada y el escritorio lleno de libros.
Emma dejó su mochila en el suelo y se sentó en la cama lentamente.
Su mente seguía atrapada en el mismo instante.
—No tienes derecho a pronunciar mi nombre.
La voz de Gael seguía resonando en su cabeza.
¿Por qué había dicho eso?
¿Por qué sonaba tan molesto… tan herido?
La puerta se abrió unos segundos después.
—Emma…
Era Diana.
Entró con cuidado, como si temiera interrumpir algo frágil.
Emma no levantó la mirada.
Diana cerró la puerta detrás de ella y se acercó.
—¿Estás bien?
Emma tardó unos segundos en responder.
—Sí…
Pero su voz no sonó convencida.
Diana se sentó a su lado.
—Ese chico… Gael Valverde… ¿lo conocías de antes?
Emma apoyó la espalda contra la pared y miró el techo.
—Sí.
Solo esa palabra.
Pero en su mente comenzaron a abrirse recuerdos.
Recuerdos de un pueblo pequeño.
De un árbol enorme.
De un niño que siempre corría hacia ella como si el mundo entero estuviera en ese lugar.
Emma cerró los ojos.
—Éramos amigos —susurró.
Diana la miró con curiosidad.
—¿Solo amigos?
Emma no respondió.
Porque ni siquiera sabía cómo definir lo que habían sido.
Cuando eran niños, el mundo era simple.
Gael era solo Gael.
El chico que llevaba limonada al árbol.
El que siempre decía que nada cambiaría.
El que había grabado en el tronco de aquel árbol dos letras torcidas:
E y G.
Emma se dejó caer sobre la cama.
Un pensamiento comenzó a abrirse paso lentamente en su mente.
Uno que no había querido enfrentar hasta ahora.
La carta.
¿Y si…?
Emma apretó los ojos con fuerza.
¿Y si Gael nunca la había leído?
Ese pensamiento le atravesó el pecho.
Porque ella había escrito esa carta con las manos temblando.
Había puesto en ella todo lo que no podía decir en voz alta.
Su despedida.
Su promesa de volver.
Pero si él no la había leído…
Entonces para Gael…
Ella simplemente desapareció.
Emma se llevó una mano a la frente.
—Emma —dijo Diana suavemente—. Estás muy callada.
Emma abrió los ojos.
—Estoy bien.
Pero en realidad no lo estaba.
Porque ahora la duda había comenzado a crecer.
Y las dudas… eran peligrosas.
Mientras tanto, en otro edificio de la universidad, Tiago empujó la puerta de su dormitorio.
El cuarto estaba vacío.
Dejó su mochila sobre la silla y se sentó en la cama mirando el suelo.
Su mente estaba lejos de allí.
Estaba en una conversación de años atrás.
Una conversación que recordaba con demasiada claridad.
Emma estaba sentada frente a él en el campo, con una hoja de papel en las manos.
Doblarla era casi un ritual.
Primero una esquina.
Luego la otra.
Finalmente el pequeño avión de papel estaba listo.
—¿A quién le escribes esta vez? —preguntó Tiago.
Emma sonrió con nostalgia.
—A un amigo.
Tiago arqueó una ceja.
—¿El del que siempre hablas?
Emma asintió.
—Sí.
Luego miró el avión de papel con cuidado.
—Sabes, Tiago… yo tuve un gran amigo.
Tiago apoyó los brazos detrás de la cabeza.
—¿Tenías?
Emma dudó un segundo.
—Se llama Gael.
El nombre salió suave.
Como si estuviera guardado en algún lugar profundo de su memoria.
—Vivimos muchas aventuras juntos —continuó ella—. Siempre íbamos a un árbol enorme cerca de mi casa.
Tiago la miró en silencio.
—¿Y qué pasó con él?
Emma bajó la mirada.
El viento movía el avión de papel entre sus dedos.
—Después de lo que pasó con mi madre… ya no lo volví a ver.
Tiago no dijo nada más.
Pero ese nombre se quedó grabado en su memoria.
Gael.
Ahora, sentado en su dormitorio de la universidad, Tiago levantó la mirada lentamente.
Ese nombre había vuelto a aparecer.
Y no le gustaba la sensación que le provocaba.
Porque podía ver algo en los ojos de Emma cuando lo mencionaba.
Algo que no había desaparecido con los años.
En otra parte del campus, Celeste caminaba por el pasillo de los dormitorios femeninos.
Su expresión no era amable.
Había visto lo que ocurrió en el pasillo.
Había visto la manera en que Emma había llamado a Gael.
Por su nombre.
Como si lo conociera.
Y eso no le había gustado nada.
Celeste se detuvo frente a una puerta y tocó dos veces.
—Pasa —respondió una voz desde dentro.
Celeste abrió.
Dentro del cuarto estaba Catherin la prima de Gael, revisando unos apuntes.
Celeste entró con una sonrisa falsa.
—¿Te molesto?
—No, adelante.
Celeste se sentó en la silla frente a ella.
—Solo tenía curiosidad por algo.
Catherin levantó la mirada.
—¿Qué cosa?
Celeste apoyó el mentón en la mano.
—Gael Valverde.
Hubo un pequeño silencio.
—¿Qué pasa con él?
Celeste fingió que la pregunta era casual.
—Nada en particular… solo quería saber cómo era antes.
Catherin frunció ligeramente el ceño.
—¿Antes?
Celeste asintió.
—Sí. Antes de venir aquí.
Sus ojos brillaban con una curiosidad que no era inocente.
—¿Dónde vivía?
—¿Cómo era de niño?
—¿Siempre fue tan… frío?
Catherin dudó un poco.
—No exactamente.
Celeste inclinó un poco la cabeza.
—¿Entonces cómo era?
Catherin pensó unos segundos.
—Antes era diferente.
Celeste sonrió.
Porque acababa de confirmar algo importante.
Gael tenía un pasado.
Y si Emma formaba parte de ese pasado…
Entonces podría usarlo.
Mientras tanto, en el edificio de los dormitorios masculinos, Gael entró en su habitación.
El cuarto estaba en penumbra.
Dejó su mochila sobre el escritorio sin hacer ruido.
Caminó hasta la silla y se sentó.
Su mirada quedó fija en la madera del escritorio.
Emma.
No esperaba verla.
No así.
No en ese lugar.
Y mucho menos… escuchando su voz decir su nombre.
—Gael.
Cerró los ojos por un momento.
Ese nombre en sus labios había despertado recuerdos que llevaba años enterrando.
El árbol.
El viento.
Las iniciales grabadas en la corteza.
Pero Gael abrió los ojos de golpe.
No.
Ese pasado ya no existía.
Se levantó lentamente y caminó hasta la ventana.
La noche comenzaba a caer sobre la universidad.
Las luces del campus se encendían una a una.
Gael apoyó una mano en el vidrio frío.
Su expresión volvió a ser la misma de siempre.
Fría.
Controlada.
Distante.
Pero en el fondo de sus ojos… algo se había movido.
Algo que creía enterrado.
Algo que todavía llevaba un nombre.
Emma.
Y por primera vez en mucho tiempo…
el pasado había regresado.