Me llamo Araceli Durango, y toda mi vida me han señalado como la mala del cuento.
La manipuladora.
La egoísta.
La que destruye todo lo que toca.
Y quizá tengan razón.
No nací siendo un monstruo…
Pero cuando te enseñan desde pequeña que el mundo solo respeta a los fuertes, aprendes rápido a ocultar tus heridas detrás de una sonrisa afilada. A empujar primero antes de que te empujen. A tomar lo que quieres, incluso cuando no deberías.
Durante años construí mi reputación:
la mujer que nadie podía engañar, la que siempre ganaba, la que controlaba cada pieza del tablero.
Todo iba bien… hasta que Yubitza Sandoval regresó a mi vida.
La chica que una vez llamé amiga.
La única que vio mi vulnerabilidad.
La que, sin saberlo, presenció el día en que dejé de ser víctima y me convertí en la villana que todos temen.
Ahora, Yubitza aparece con una sonrisa que me hiere más que cualquier golpe del pasado, dispuesta a demostrar que no soy tan invencible como aparento. Su regreso reabre las puertas
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La reputación de Araceli
El regreso de la luna de miel no fue un aterrizaje suave, fue una caída controlada.
La ciudad nos recibió con titulares amables, sonrisas tensas y un murmullo constante que se arrastraba por los pasillos de la universidad como una sombra viva, yo lo sentí desde el primer día, desde el primer paso que di dentro de ese edificio donde, alguna vez, creí haber sido admirada.
Ahora me observaban distinto, no con curiosidad, con juicio.
Mis antiguos compañeros ya no fingían cordialidad, las conversaciones se detenían cuando yo pasaba, las risas se apagaban, las miradas se clavaban en mi espalda como cuchillas bien afiladas, no necesitaba que nadie me lo dijera, ya no era solo Araceli Durango, era la villana.
Y lo acepté.
Porque la historia ya estaba escrita desde su punto de vista, no desde el mío, para ellos, yo era la mujer que había separado a la pareja perfecta, la intrusa elegante, la esposa por obligación, la que había ganado usando trampas.
No estaban equivocados.
Yubitza y Elias habían sido la pareja que todos admiraban, la historia limpia, la que parecía real en un mundo de apariencias, se conocieron en la universidad, se apoyaron, se eligieron sin contratos ni apellidos pesados, eran la prueba de que el amor todavía podía existir sin condiciones.
Hasta que llegué yo o, mejor dicho, hasta que decidí entrar.
Recuerdo perfectamente el día en que volví a cruzar el campus, caminé despacio, con la cabeza en alto, vestida con sobriedad calculada, no necesitaba ostentar, mi apellido ya hablaba por mí, sentí los cuchicheos, las miradas cargadas de reproche, incluso de desprecio.
—Ahí va —susurraron—. La que se quedó con él.—
Como si Elias hubiera sido un objeto perdido, como si yo hubiera robado algo que no me pertenecía.
Nadie preguntó cómo, nadie preguntó por qué, solo dictaron sentencia.
Yubitza no estaba ese día o tal vez sí, pero evitó los espacios donde yo pudiera estar, no la culpé, yo tampoco habría soportado verme, aun así, su ausencia era más ruidosa que cualquier confrontación.
Elias llegó más tarde.
Lo vi entrar con el rostro endurecido, el cuerpo tenso, cuando nuestras miradas se cruzaron, apartó la suya de inmediato, no era culpa lo que sentía, era resentimiento, me culpaba por lo que había perdido… aunque nunca tuvo el valor de admitir que también había elegido perderlo.
Porque nadie habla de eso, de las elecciones silenciosas...
Él había aceptado casarse conmigo, él había firmado, él había besado, pero yo cargaba con todo el peso de la historia.
En los pasillos, las versiones crecían como malas hierbas, que lo había atrapado con un embarazo, que lo había manipulado desde siempre, pero no me molesté en desmentir ninguna, porque todo era cierto
Defenderse es admitir debilidad.
Una tarde, mientras revisaba apuntes en la biblioteca, sentí una presencia frente a mí, levanté la vista y ahí estaba ella.
Yubitza.
Había cambiado, más delgada, más seria, sus ojos, antes llenos de vida, ahora tenían una dureza que reconocí demasiado bien, la dureza que deja una traición mal cerrada.
—Necesito entender —dijo sin rodeos.
Cerré el libro, la miré con calma.—No hay nada que entender —respondí—. Pasó.—
—Tú lo sabías —continuó— Sabías que lo amaba —
—Sí —admití—. Y aun así, seguí adelante.—
Su respiración se agitó, vi cómo apretaba los puños.
—¿Por qué? —preguntó—. ¿Qué te hice?—
Esa pregunta siempre me pareció curiosa, como si el daño siempre tuviera que ser personal para ser real.
—Nada —dije—. No fue por ti.—
Eso la desarmó más que cualquier insulto.—Entonces fui solo… daño colateral.—
Asentí despacio.—En este mundo, Yubitza, nadie sobrevive siendo inocente.—
Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no lloró, se irguió, orgullosa incluso en la derrota.
—Te compadezco —dijo—. Porque ganaste todo… y perdiste lo único que valía la pena.—
La vi alejarse sin responder, no porque no tuviera palabras, sino porque tenía demasiadas y ninguna cambiaría nada.
Esa fue la última vez que hablamos como iguales.
Después de eso, mi reputación se selló definitivamente, ya no había dudas, yo era la villana oficial de la historia, la antagonista perfecta, la mujer que no pidió perdón.
Y no lo hice.
Porque nadie pidió perdón cuando me enseñaron a sobrevivir sin afecto.
Nadie pidió perdón cuando aprendí que el amor no protege.
Nadie pidió perdón cuando me traicionaron primero.
¿Por qué debería hacerlo yo?
Elias empezó a evitarme incluso en público, mantenía la distancia, la frialdad, yo cumplía mi papel de esposa impecable, sin reclamarle nada, sabía que su castigo no duraría, la culpa cansa, el deseo confunde y el tiempo… el tiempo siempre juega a mi favor.
Mis compañeros me temían, algunos me odiaban, otros me admiraban en silencio, porque hay algo fascinante en quien se atreve a aceptar su oscuridad sin disculparse.
Y yo la acepté.
Si para existir tenía que ser la villana, lo sería sin titubeos, no iba a fingir arrepentimiento para tranquilizar conciencias ajenas, no iba a encogerme para que otros se sintieran cómodos con mi presencia.
Separé a Yubitza de Elías.
Sí.
¿Y qué?
Ellos creían que el amor bastaba, yo sabía que no, creían que la admiración los protegería, yo entendí que la admiración es frágil cuando el poder entra en juego.
Al final, todos me miraban como si yo fuera el monstruo, pero nadie quiso ver el sistema que me creó.
Caminé por esos pasillos con la espalda recta, aceptando cada mirada acusadora como una medalla silenciosa, no negué nada, no expliqué nada.
Porque hay un momento en la vida en que decides dejar de justificarte… y empezar a gobernar tu propia historia.
Ese fue el mío y si para ellos siempre seré la villana, que así sea.
Las villanas no piden permiso, no esperan aprobación, las villanas sobreviven.
Eso aprendí desde niña, y nadie me va a cambiar, el mundo no es para los ingenuos; es para los que saben esperar, observar y atacar en el momento exacto. Mientras esté embarazada, Elias será mío, aunque no me ame. La culpa es un arma silenciosa, y yo sé usarla mejor que nadie, cada mirada esquiva, cada ausencia suya, la convertiré en un reproche que le queme por dentro. Se sentirá responsable, atrapado, incapaz de soltarme. No tengo prisa, la paciencia siempre ha sido mi mayor virtud, solo debo esperar el momento justo… y entonces, todo caerá a mi favor.
ojalá puedas investigar algo por que esa niña es igual de mala que la madre ojalá cuando esa aparezca disque a reclamar lo que es suyo Araceli lo deje libre a si sin más será un golpe bueno para el idiota de Elías 😡😡😡
sería increíble que Araceli le dijera y le entregará al Elías sin reclamos comí siempre eso la aria arder más a la Yubitza 😂
le dije les dije desde el primer capítulo la autora quiso o hizo que odiaríamos a la equivocada🤭🤭🤭
y yo estoy en esas por que en el primer capítulo como le eche más a Araceli pero ahora amo su frialdad
ojalá también sepa que tiene a una empleada traidora en su casa 😡