Natalie, una princesa destinada a un matrimonio político para sellar una paz falsa, huye la noche de su compromiso disfrazada de soldado. Bajo el nombre de Derek, se une a la frontera en guerra contra Ylirion, buscando escapar de una vida enjaulada y elegir su propio destino. Descubierta casi de inmediato por la dureza del frente y la desconfianza de sus superiores, deberá demostrar con sangre y acero que no es una impostora, sino alguien dispuesto a perderlo todo por la libertad.
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21
El eco metálico de las puertas cerrándose resonó en la cripta como el golpe de un martillo sobre un ataúd. La única luz provenía de las antorchas que Natalie y Lysandro habían traído, lanzando sombras largas y danzantes sobre los rostros de piedra de los reyes muertos.
—No —murmuró Lysandro, su mano ya en la empuñadura de su espada—. Es una trampa.
De las sombras detrás de un sarcófago, emergió una figura. No era Elys. Era Bastian. Y a su espalda, tres de sus hombres del norte, con sus rostros endurecidos por el invierno y la lealtad, apuntando con sus arcos a Lysandro. Las armas no estaban dirigidas a Natalie.
—Bastian —dijo Natalie, su voz una mezcla de incredulidad y una punzada de traición—. ¿Qué estás haciendo?
—Protegiéndoos, mi reina —respondió él, y el dolor en su voz era genuino—. Protegiéndoos de vosotros mismos. Y de él.
Su mirada se clavó en Lysandro, llena de un desprecio que nacía del miedo.
—Escuché. En la biblioteca. Oí todo. Sobre su sangre. Sobre la plaga que corre por sus venas. La misma plaga que ha corrompido a vuestro hermano. No es vuestro aliado, Natalie. Es vuestra sentencia. Un caballo de Troya que vuestro padre dejó a vuestra puerta.
—Eso no es verdad —dijo Natalie, dando un paso adelante, poniéndose entre Bastian y Lysandro—. Elys os ha estado manipulando. Ha estado sembrando dudas desde el principio.
—¿O fue ella quien simplemente abrió mis ojos a la verdad que ya estaba frente a mí? —replicó Bastian, con la tristeza de un hombre que se siente traicionado por el mundo—. Su lealtad no es al reino. Es a su propia mancha. ¿Y vos? ¿Qué os ha prometido a cambio? ¿Poder? ¿Una forma de controlaros a vos misma?
—¡Nada! —gritó Lysandro, avanzando, pero Natalie levantó una mano para detenerlo—. ¡Mi única lealtad es a ella!
—¡Mentira! —rugió Bastian, desenvainando su espada—. Vuestro abuelo fue un conspirador. Vuestro padre, un traidor. Sois la prueba viviente de que esa sangre está maldita. No permitiré que la uses para envenenarla a ella.
La situación era un polvorín. Un movimiento en falso y las flechas volarían, y Lysandro, aunque era un luchador mortal, no podría sobrevivir a tres arqueros a corta distancia.
Natalie sintió el frío del miedo, pero lo apartó. No se enfrentaría a Bastian con armas. Se enfrentaría a él con la verdad que él mismo había olvidado.
—Bajad las armas —dijo, su voz no era una orden de reina, sino un ruego de amiga—. Todos vosotros.
Nadie se movió.
—Bastian —dijo Natalie, su voz más suave ahora—.Te conozco mejor que a nadie. ¿Es esto lealtad? ¿Apuntarle a un hombre desarmado basándote en los susurros de una serpiente? ¿Dónde está el hombre que juró proteger mi honor, no mi sangre?
—Estoy protegiendo tu honor —dijo él, con la voz rota—. De la corrupción.
—¿Y si te dijera que la corrupción no está en su sangre, sino en la mía? —dijo Natalie, y la frase lo dejó sin aliento—. ¿Y si te dijera que mi padre, el rey que tú tanto admiras, no era un héroe? ¿Que fue él quien ordenó la ejecución de la familia de Lysandro? ¿Que lo mantuvo a su lado como un recordatorio vivo de su propia crueldad? ¿Que él mismo me estaba preparando para usar a mi propio hermano como un monstruo para unificar el reino?
Las palabras golpearon a Bastian como un martillo. Su fe en el rey Alaric era la base de su ser. Negarlo era negarse a sí mismo.
—No... no puede ser —susurró él.
—Es la verdad, Bastian —dijo Lysandro, su voz baja y firme—. Y es una verdad mucho más aterradora que cualquier plaga de sangre. Significa que el mal que estamos combatiendo no nació en la oscuridad. Lo creamos nosotros. Lo creó él.
Natalie dio otro paso hacia Bastian, sus manos abiertas y vacías.
—Lysandro no es mi debilidad. Es mi fuerza. Porque él conoce la oscuridad de la que provengo y ha elegido permanecer a mi lado de todos modos. Él es la prueba de que no estamos definidos por nuestro linaje, sino por nuestras elecciones. Y tú, Bastian, estás a punto de tomar la decisión equivocada.
Mientras hablaba, un movimiento en las sombras captó su atención. Una figura se deslizaba desde detrás del altar mayor, una daga negra en la mano. Elys. No había venido sola. Había seguido a Bastian, usándolo como el cebo perfecto para que ellos se destruyeran entre sí, y ahora esperaba el momento perfecto para apoderarse de la Fuente mientras estaban distraídos.
Natalie no vaciló.
—¡Bastian, a tu espalda!
La advertencia fue instintiva, pura. No calculada. Bastian se giró, sus años de entrenamiento tomando el control. Paró el golpe de Elys con el dorso de su espada, el metal cantando con el impacto. El momento de distracción fue todo lo que Lysandro necesitaba. Se lanzó hacia uno de los arqueros, desarmándolo con una rapidez brutal.
El caos estalló en la cripta. Los otros dos arqueros, confundidos, vacilaron. Su lealtad era a Bastian, pero la traición de Elys era innegable. Fue Bastian quien les dio la orden.
—¡No disparéis! ¡Sujetadla! —rugió, mientras luchaba contra la agilidad sobrehumana de Elys.
En unos segundos que duraron una eternidad, fue Elys la que fue acorralada, con la espada de Bastian en su garganta y la de Lysandro en su espalda. Estaba derrotada, pero una sonrisa de triunfo seguía en sus labios.
Bastian respiraba con dificultad. Miró a Natalie, luego a Lysandro, que estaba de pie a su lado, guardándole la espalda. El pacto se había sellado en el campo de batalla. El honor había vencido al miedo.
—Mi reina —dijo Bastian, inclinando la cabeza, no solo como un súbdito, sino como un hombre que había sido devuelto a la luz—. He... he fallado.
—No, Bastian —dijo Natalie, acercándose y poniendo una mano en su hombro—. Has dudado. Y has elegido bien. Eso es todo lo que puedo pedir.
Se giró hacia Elys, whose smile was finally fading.
—Ahora, vamos a ver qué tanto sabes sobre la "Fuente" que tanto deseas.
Elys escupió en el suelo.
—No sabéis nada. Estáis jugando con un poder que...
—Ah, pero sí lo sabemos —la interrumpió Natalie, su voz gélida—. Sabemos que es una maldición. Y que vamos a destruirla. Y tú, Elys, nos vas a decir cómo. O morirás aquí, en esta tumba, junto a los fantasmas a los que sirves.
La lealtad de su trío estaba rota, pero no destruida. Había sido forjada de nuevo en el fuego de la traición y la verdad. Eran más fuertes ahora, no porque confiaran ciegamente unos en otros, sino porque habían visto lo peor el uno del otro y habían elegido permanecer juntos.
Juntos, se giraron hacia el sarcófago del centro, del que emanaba un brillo líquido y seductor. La verdadera prueba estaba por comenzar.
La sonrisa de Elys se desvaneció, reemplazada por una máscara de puro desprecio. La espada de Bastian presionaba contra la piel de su cuello, un cabello de distancia de derramar su sangre, pero ella no mostró temor. Solo un desafío glacial.
—¿Destruirla? —repitió, con una risa baja y ronca—. No podéis destruir el sol, idiotas. Solo podéis apartar la vista.
—Habla —ordenó Natalie, su voz devoida de cualquier calor—. O te juro que la última cosa que verás será el rostro de piedra de tu primer rey.
Elys los miró a los tres, a su trío roto y recompuesto, y su desprecio se transformó en una piedad burlona.
—La Fuente no es un objeto que se pueda romper. Es el latido del corazón de este reino. La sangre de la tierra. Destruirla sería como arrancar el alma misma de estas piedras. No sabéis ni lo que pedís.
—Entonces dinos qué es —dijo Lysandro, su voz un susurro peligroso—. De verdad. No las fábulas con las que asustas a los niños.
Elys pareció considerar su options. La muerte era cierta. Pero la información... la información era un arma que podía seguir usando incluso desde la tumba.
—Estáis en lo cierto, es una reliquia. Pero no es una vasija. Es un corazón. Un corazón de obsidiana que late dentro del pecho del primer rey, enterrado en ese sarcófago. No da poder. Lo *absorbe*. La "plaga", la ambición, la paranoia... todo lo alimenta. La mantiene latente. Tu padre lo entendió, reina. No la escondió. La convirtió en un filtro. Una jaula.
La revelación los dejó helados. La cripta no era una tumba. Era una prisión. Y ellos habían venido a liberar al prisionero.
—Alphonse no quiere usarla —continuó Elys, saboreando su terror—. Quiere romperla. Quiere liberar la energía acumulada durante siglos, una ola de poder purificado que barrerá el reino y lo recreará a su imagen. No quiere gobernar. Quiere ser un dios.
—Y el Guardián? —preguntó Bastian—. ¿Su plan era el mismo?
—El Guardián estaba loco —dijo Elys con un desdén genuino—. Creía que si bebía de la energía filtrada, se convertiría en un líder puro y justo. Un tonto. La energía no se purifica. Se corrompe. Siempre.
La verdad era una pesadilla. Destruir la Fuente no era un acto de liberación. Era un acto de suicidio nacional. Liberar siglos de locura y ambición sobre la tierra.
Natalie sintió las rodillas temblarle. Todo su plan, su certeza, se había desmoronado. Miró el sarcófago, y el brillo líquido ya no parecía seductor. Parecía la puerta de un infierno.
—No podemos destruirla —susurró Bastian, su rostro pálido—. Sería el fin.
—Entonces debemos protegerla —dijo Lysandro, su mente ya buscando una nueva solución—. Reforzar la cripta. Convertirla en una fortaleza...
—¡No! —gritó Elys, y por primera vez, había una pizca de pánico en su voz—. ¡Eso es lo que él quiere!
En ese momento, el suelo tembló.
No fue un temblor leve. Fue una convulsión violenta que hizo que las antorchas se apagaran, sumiéndolos en una oscuridad casi total, iluminada solo por el brillo púrpura y ominoso del sarcófago. Polvo y escombros llovieron del techo. Un retumbo sordo y profundo resonó desde arriba, desde los pasillos del palacio.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Bastian, manteniendo a Elys firmemente.
Elys rió, una risa histérica y desesperada.
—La distracción. Mientras vosotros jugábais a ser héroes en la oscuridad, su ejército real no estaba esperando en las colinas. ¡Estaba cavando!
Natalie lo entendió al instante. La red de Alphonse, sus simpatizantes en la ciudad, no eran para una rebelión. Eran para una operación de ingeniería. No iban a asaltar el palacio. Iban a demolerlo.
—Está minando los cimientos del palacio —dijo Natalie, su voz llena de horror—. Va a hacer que toda esta parte se derrumbe. Sobre la cripta. No para liberar la Fuente... ¡para aplastarla!
Y a todos nosotros con ella, pensó.
La mente de Elys trabajaba furiosamente. El plan de su señor no era liberar el poder. Era aniquilarlo. Un acto de nihilismo puro. Si no podía tenerlo, nadie podría.
—Tenemos que salir de aquí —dijo Lysandro, agarrando a Natalie por el brazo—. Ahora.
Pero Natalie no se movió. Sus ojos estaban fijos en el sarcófago. Una idea, una idea terrible y desesperada, estaba naciendo en su mente. La única salida que les quedaba.
—No —dijo ella, sacudiéndose de su agarre—. No vamos a salir. Vamos a ganar.
Se giró hacia Bastian.
—Suelta a Elys.
—¿Mi reina?!
—¡Hazlo! —gritó Natalie.
Bastian, confundido pero obediente, apartó la espada. Elys no huyó. Se quedó donde estaba, observando, fascinada.
Natalie se acercó al sarcófago. El brillo púrpura la bañaba, sintiendo el pulso de poder en sus huesos.
—Alphonse quiere destruir la Fuente —dijo, más para sí misma que para los demás—. Quiere borrarla. Pero no puede. No mientras el corazón siga latiendo. Está intentando aplastar la jaula, pero el pájaro sobrevivirá. Y buscará un nuevo nido.
Se giró hacia Lysandro, sus ojos ardiendo con una fiebre que él reconocía al instante. No era la plaga. Era algo peor. Era el poder.
—Hay una forma de destruirlo —dijo ella—. Elys dijo que la Fuente absorbe la energía. Que la filtra. ¿Y qué pasa si se le da algo que no puede filtrar? ¿Algo demasiado puro? ¿O demasiado... corrupto?
Lysandro entendió dónde iba a parar, y el horror se reflejó en su rostro.
—No, Natalie. No. Piensa en lo que estás diciendo.
—¡Lo he pensado! —replicó ella—. Mi padre usó a tu familia como un filtro. Usó su "maldición" para mantener a raya la de los demás. Somos la clave, Lysandro. Tú y yo. Sangre real y sangre profana. El ancla y la plaga. Si nos unimos a la Fuente... podemos sobrecargarla. Hacerla explotar desde dentro. No liberaremos la energía. La aniquilaremos.
Elys los miraba, su sonrisa había desaparecido por completo, reemplazada por una comprensión aterradora.
—Sois aún más locos que el Guardián —susurró—. Un suicidio mutuo.
—Quizás —dijo Natalie, y luego se giró hacia Bastian—. O quizás sea el único sacrificio que puede salvar a todos. Bastian, tu lealtad no es conmigo. Es con el reino. Lleva a los hombres que puedas. Evacúa el ala este. Aléjalos lo más lejos que puedas. Nosotros... nos encargaremos de esto.
Bastian la miró, el rostro contorsionado por la agonía de la elección. Dejar a su reina. Salvar a su gente.
—Mi reina...
—¡Ve, Bastian! —ordenó ella, y esta vez su voz brotó con toda la autoridad de una monarca—. ¡Esa es una orden!
Con una lágrima rodando por su mejilla, Bastian asintió. Se volvió y corrió hacia la salida, gritando órdenes a sus hombres.
Natalie se giró hacia Lysandro. El suelo tembló de nuevo, más violentamente esta vez. Una grieta apareció en la pared del sarcófago.
—Estás conmigo, ¿verdad? —preguntó ella, y no era una orden. Era una pregunta.
Lysandro la miró, y asintió en silencio.