Me convertí en el arma que Caeleen Valkrum usaba para darle celos a su amante secreto. Un amor de años. Un hombre casado. El único que realmente importaba. Yo solo era el profesor tranquilo, el refugio, el que no preguntaba. Pero cuando el juego se volvió real, cuando sus besos dejaron de ser una farsa, el amante contraatacó. Y ahora estoy en medio de una guerra que no pedí, con un hombre que me mira como si yo también pudiera ser su hogar. ¿Y si al final el que termina ardiendo soy yo? ¿O quizás, entre las cenizas de los dos, podemos construir algo que ninguno tuvo nunca?
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EL PRECIO DE SER TESTIGO.
El conocimiento que Darius le había entregado era un veneno de acción lenta. Azren ya no podía ver a Caeleen como el amante trágico e incomprendido, ni a Darius como la víctima atrapada. Ahora veía la maquinaria de su relación: un ciclo de atracción, culpa y reincidencia que ambos alimentaban. Y sin embargo, una parte de él, la parte que había empezado a ver todos los partidos de básquet de Caeleen en la televisión, seguía pulsando ante la sola mención de su nombre.
La confrontación era inevitable. Azren lo supo desde el momento en que salió del estudio de Darius. Había cruzado una línea invisible al entrar en el territorio del otro hombre, y Caeleen, con esos instintos que tenía, lo sabría. Lo sentiría en el aire.
No tardó ni cuarenta y ocho horas.
Azren había ido, casi por inercia, a un bar deportivo cerca de su casa. En una pantalla gigante, retransmitían un partido de pretemporada. Y allí estaba él: Caeleen Valkrum, número 11, moviéndose por la cancha con esa gracia explosiva y arrogante que hacía que hasta los aficionados casuales contuvieran la respiración. Azren no era un fanático del deporte, pero se había convertido en un estudioso de este atleta en particular. Conocía sus tics, su manera de ajustarse la muñequera después de un tiro fallado, la furia contenida en sus hombros cuando un compañero erraba un pase. Estaba absorto, un vaso de agua olvidado frente a él, cuando una sombra bloqueó la pantalla.
No necesitó mirar para saber quién era. La presencia era física, un cambio en la presión del aire.
—¿Te gusta el espectáculo? —La voz de Caeleen era baja, pero cortaba el bullicio del bar como un cuchillo. Sonaba fría, cargada de una ira que hervía justo bajo la superficie.
Azren alzó la vista lentamente. Caeleen estaba allí, sin sudar, con ropa de calle negra. Debía haber venido directamente después del partido. Su rostro, con esa mandíbula fuerte y los ojos ámbar, estaba iluminado por los destellos cambiantes de la pantalla, dándole un aire espectral y peligroso. Parecía más intimidante que nunca, porque la furia no era explosiva, sino contenida, aceitada.
—Es un buen jugador —dijo Azren, manteniendo la voz lo más neutral posible. Su corazón, sin embargo, comenzó a latir con un ritmo desbocado.
—No me refiero al básquet —espetó Caeleen. Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en la mesa, invadiendo su espacio—. Me refiero a él. A Darius. Te vi salir de su estudio.
Así que lo había seguido. O lo había visto. Azren no se sorprendió.
—Fui a devolverle su libro.
—No tenías que devolvérselo a él —Caeleen habló entre dientes, los músculos de su mandíbula en tensión—. El libro era mío. Yo te lo di.
—Era su libro —replicó Azren, forzándose a mantener la mirada—. Era lo correcto.
—¿Correcto? —Caeleen soltó una risa corta, descreída—. ¿Tú vas por la vida haciendo lo correcto, profesor? ¿Como rechazar ayudarme a mí y después ir de visita educada a su estudio?
—No fue una visita educada. Fue para devolver algo que no era mío.
—Y de paso hablaste con él. —Caeleen inclinó la cabeza, y su voz bajó todavía más, volviéndose peligrosamente calmada—. ¿De qué hablaste?
Azren sintió el peso de la pregunta. Podía mentir. Podía decir que nada, que solo dejó el libro y se fue. Pero después de todo lo que había visto, después de las confesiones de León y Darius, ya no le quedaban ganas de jugar a ese juego.
—De ustedes —dijo—. De ti. De él. De León.
El nombre del esposo flotó en el aire. Caeleen se quedó quieto. Demasiado quieto.
—¿Y qué te dijo?
—Lo que ya sabes. Lo que llevas años sabiendo y no quieres aceptar. Que está casado. Que quiere a León. Que no va a dejar su vida por ti.
Las palabras cayeron como piedras. Caeleen no se movió. Pero algo en sus ojos cambió. La furia no desapareció, pero se mezcló con otra cosa. Algo más profundo. Más viejo.
—Tú no sabes nada —dijo, pero su voz había perdido filo. Sonaba casi cansada.
—Sé que fuiste a verlo al instituto. Que preguntaste por mí en la clínica. Que no puedes soltar nada de esto. —Azren respiró hondo—. Y sé que no es amor, Caeleen. Es obsesión. Y te está consumiendo.
El silencio se estiró. Largo. Denso. Por un momento, Azren creyó que Caeleen iba a irse. O a golpearlo. Las dos opciones parecían igualmente posibles.
Pero no hizo ninguna de las dos.
—¿Y tú qué sabes del amor? —preguntó. Su voz era baja, rasgada. No había burla en ella. Solo una curiosidad extraña, como si realmente quisiera saber la respuesta.
Azren tardó en contestar.
—No mucho —admitió—. Pero sé que no es esto. No es perseguir a alguien que ya eligió a otro. No es esperar migajas. No es destruirte a ti mismo y a los que te quieren por una persona que no puede quererte como necesitas.
Caeleen lo miró un largo rato. Sus ojos ámbar, a la luz cambiante de la pantalla, parecían heridos. Humanos. Por un instante, Azren vio al hombre detrás de la máscara. Al que había visto aquella primera tarde en la cancha, con la rabia contenida y el hombro dolorido. Al que se sentaba en las gradas vacías esperando a alguien que nunca llegaba.
—¿Y qué hago? —preguntó Caeleen.
La pregunta fue tan inesperada, tan desnuda, que Azren no supo qué responder.
—No lo sé —dijo al fin—. Pero no es esto.
Caeleen asintió lentamente. No como quien acepta una verdad, sino como quien reconoce una posibilidad. Luego se enderezó, dio un paso atrás.
—No voy a dejar de verlo —dijo. Y no era un desafío. Era una confesión. Una declaración de impotencia—. No puedo.
—Lo sé.
—Y no voy a dejar de buscarte si creo que puedes ayudarme.
—También lo sé.
Caeleen lo miró. Y por un momento, algo brilló en sus ojos. Algo que podía ser gratitud. O tristeza. O las dos cosas.
—Eres terco —dijo.
—Tú también.
Casi sonrió. Casi. Una pequeña curva en la comisura de los labios que desapareció antes de hacerse real.
—No voy a disculparme —dijo.
—No te pedí que lo hicieras.
—Entonces, ¿qué quieres?
Azren pensó en la pregunta. En todo lo que había pasado. En León, en Darius, en Caeleen. En las grietas y las reparaciones. En el polvo de oro y las peonías marchitas.
—No lo sé —dijo—. Creo que solo quería que lo supieras. Que hablé con él. Que vi el taller. Que lo entiendo un poco mejor. A él. A ti. A todo esto.
Caeleen asintió. Una vez. Seco.
—Bien —dijo.
Y se dio la vuelta.
Caminó hacia la puerta del bar, su silueta recortada contra las luces de la calle. Antes de salir, se detuvo. No se volvió.
—Azren.
—¿Sí?
Una pausa.
—No dejes de ver los partidos.
Y se fue.
Azren se quedó solo, con el corazón latiendo todavía acelerado, con las palabras de Caeleen resonando en su cabeza. No dejes de ver los partidos.
¿Qué significaba eso? ¿Que quería que siguiera mirándolo? ¿Que a pesar de todo, a pesar de las peleas y los reproches, quería ser visto por él?
No lo sabía. Pero mientras pagaba la cuenta y salía a la noche, una cosa era cierta: el latido en su pecho no se había apagado. Y ya no sabía si era miedo, o rabia, o esa atracción absurda que se negaba a morir.
O quizás era otra cosa. Algo que aún no tenía nombre. Algo que empezaba a parecerse, peligrosamente, a la esperanza.