Ella nunca imaginó que el peor día de su vida terminaría con un anillo en el dedo.
Él juró no volver a amar… hasta que la obligación lo ató a una mujer que se convirtió en su debilidad.
Un matrimonio por contrato para salvar el honor, los negocios y una familia en ruinas.
Mentiras, secretos y enemigos ocultos pondrán a prueba un vínculo que nació de la conveniencia, pero que pronto se vuelve demasiado real.
En un mundo donde nada es lo que parece, ¿el amor será suficiente para sobrevivir?
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Capítulo 13 – Fisuras en el matrimonio
La lluvia golpeaba con furia los ventanales de la mansión Montenegro, un repiqueteo constante que parecía marcar el pulso de la tensión que se respiraba en el interior. Valeria empujó las pesadas puertas del estudio y entró sin esperar permiso. La penumbra, apenas iluminada por la luz del fuego en la chimenea, acentuaba la sensación de encierro. El olor a madera húmeda y a whisky impregnaba el aire.
Adrián estaba allí, de pie, con la espalda erguida y una copa en la mano. La flama danzaba en sus ojos grises, reflejando algo más que cansancio: un tormento silencioso que lo consumía. Parecía un hombre atrapado entre su propio orgullo y una carga demasiado grande para compartir.
—¿No vas a decir nada? —preguntó Valeria, con la voz firme aunque sus manos temblaban. Se cruzó de brazos, alzando el mentón con un gesto que ocultaba su vulnerabilidad.
Adrián bebió un sorbo lento antes de girarse hacia ella. Sus labios se curvaron en una mueca amarga.
—¿Qué quieres que diga? ¿Qué tu padre es un hombre débil y que Héctor lo controla como un títere? Eso ya lo sabes.
El pecho de Valeria se contrajo.
—No hablo solo de mi padre —replicó—. Hablo de ti. De tu hermano. De lo que callas cada vez que me acerco.
La mandíbula de Adrián se tensó. Durante un instante, en medio de la dureza de su mirada, apareció un destello de vulnerabilidad, tan fugaz como un rayo en la tormenta.
—No insistas.
—¡Siempre lo mismo! —estalló Valeria, dando un paso al frente—. Te escondes detrás de ese muro de frialdad y esperas que yo me quede callada, como una esposa decorativa.
El vaso en su mano tembló antes de que lo dejara con brusquedad sobre el escritorio. El golpe retumbó en la sala, imponiendo un silencio cargado.
—No entiendes lo que está en juego, Valeria.
Ella lo enfrentó, sin bajar la mirada.
—Entonces hazme entender.
El fuego crepitaba con violencia, como si celebrara la confrontación. Adrián dio un paso hacia ella, luego otro, hasta quedar a centímetros. La intensidad en sus ojos era tan abrumadora que Valeria contuvo el aliento.
—No sabes lo que me pides —susurró él, la voz grave, peligrosa, como un filo contenido—. Si me abro contigo, ya no habrá vuelta atrás.
Valeria sintió un escalofrío recorrer su piel, pero no retrocedió.
—Tal vez eso es lo que quiero —respondió, con un hilo de voz.
Él levantó la mano lentamente, como si temiera quebrarla con un simple roce. Finalmente, apoyó su palma en su mejilla. El calor de ese gesto derrumbó las defensas de ambos. Los ojos de Adrián se velaron con un dolor tan profundo que desarmó la furia mirada de ella.
—Eres mi mayor debilidad —murmuró, apenas audible—. Y eso me aterra más que cualquier enemigo.
El corazón de Valeria latía desbocado. Por primera vez, Adrián no era el hombre de acero que todos temían, sino un ser humano roto, atrapado en sus propios miedos.
Sus labios quedaron a un suspiro de distancia, rozando la frontera de un beso imposible. Pero Adrián se apartó con brusquedad, como quien huye del abismo.
—No puedo —dijo, con un filo de dolor en la voz—. Todo lo que toco termina destruido.
Valeria lo miró con los ojos ardiendo, herida pero desafiante.
—Quizás lo que más miedo te da, Adrián, no es destruir… sino amar.
La tormenta rugió con fuerza en el exterior, como si el universo entero confirmara la batalla invisible que se libraba en esa habitación.