Tres casi hermanos, una finca cargada de sombras y un destino que se escribe en la sangre. Sofía, una científica brillante cuya única pasión es un laboratorio que la aísla del mundo; Julián, un hombre de un temperamento volcánico que oculta un poder devastador; y Esmeralda, la calma necesaria en medio de la tormenta familiar. En un lugar donde la tierra parece estar viva, los tres se verán arrastrados por deseos prohibidos y amores que desafían su lógica, mientras el misterio científico de su legado amenaza con consumirlos a todos.
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Capítulo 13: Rodrigo
...Rodrigo...
Me daban ganas de reírme. Esa carita infernal, esa estructura ósea perfecta y esos ojos que prometen el cielo y el infierno al mismo tiempo... no los confundiría ni en un millón de años. —Sí, amigo. ¿Podrías averiguar qué hace él aquí?
La llamada a su primo Esteban aclaró el panorama: Rances era un investigador de élite, un genio de Boston traído para colaborar en un proyecto secreto de Sofía.
Mi mente se tranquilizó al saber que no había nada personal entre ellos, solo ciencia. Pasamos el resto de la tarde coordinando las ventas de la compañía; los números eran excelentes, un 30% de incremento desde nuestra gestión, pero para mí no eran más que dígitos vacíos mientras la imagen de Sofía contra aquel árbol seguía grabada en mi retina.
Al caer la noche, la tensión en mis músculos era casi insoportable.
—Rodrigo, ¿nos vemos en la cena? —preguntó Julián mientras subíamos las escaleras.
—No, iré a buscar a Rances. Necesito hablar con él antes de que termine el día.
—Vale. Por cierto, mi madre no aceptó que fueras a un hotel. Te preparó un cuarto en el tercer piso. No hubo forma de persuadirla, ya sabes cómo es —me dijo con una sonrisa de disculpa.
¿Que si me parecía bien? Era una bendición caída del cielo. Dormir bajo el mismo techo que la mujer que ha dinamitado todos mis principios de control era más de lo que podía soñar. Julián me dio el recorrido por la casa, una mansión que era un laberinto de lujo campestre:
• Planta Baja: Una cocina inmensa que olía a especias, el comedor de roble y las áreas sociales que parecían diseñadas para exhibir trofeos.
• Primer Piso: El santuario privado de Ricardo y Valentina. Un piso entero de privacidad para los jefes de la casa.
• Segundo Piso: El núcleo de mi obsesión. Allí estaban las habitaciones de Julián, de la hermana política Gabriela y, por supuesto, de la escurridiza.
• Tercer Piso: Mi territorio. Habitaciones de huéspedes con techos altos y ventanales que daban al horizonte.
• Cuarto Piso: La azotea. Una piscina de agua cristalina y un jacuzzi que, bajo la luz de la luna, parecían el escenario perfecto para un pecado.
Me duché rápido, el agua fría apenas logrando aplacar mi estado de agitación. Al bajar hacia el segundo piso para salir a buscar a Rances, la vi salir de su habitación. La oportunidad fue un imán. Sin pensarlo, la embestí contra la pared del pasillo, el sonido del impacto amortiguado por las alfombras caras.
Ella es un enigma. Su rostro permanece abstracto, casi gélido, pero su cuerpo es la voz que ella esconde. Esta vez no hubo jadeos, estaba firme. Pero no me frenó; al contrario, su cercanía me confirmó que el hambre era mutua.
—Esta mañana me dejaste con las ganas, escurridiza —le susurré, mientras mis manos bajaban con urgencia, buscando la confirmación de lo que sus ojos callaban—. Pero cuando dijo que quedo mojada de ese encuentro contra el árbol fue la aprobación de lo que su rostro escondía... eso fue una invitación que no pienso ignorar.
Sentí su humedad a través de la tela, un calor que me hizo perder el sentido de la realidad. Pero de nuevo, el freno. Tenía que irse.
—Ya no permitiré que escapes de mi—le dije, soltándola con una lentitud tortuosa—. Veamos si en la privacidad de tu cuarto también mantienes esa cara de hielo.
Llegué a la casa de campo de Rances con el pulso todavía acelerado. Me recibió con su habitual calma, esa que parece blindada contra el mundo.
—Tardaste un mes en encontrarme, Rodrigo. Hola.
—¿Por qué te perdiste así? Sabes que me preocuparía.
Entré y la conversación fluyó entre la tensión y el alivio. Me explicó el misterio: un contrato de confidencialidad absoluto, un proyecto de investigación que le prohibía incluso el uso de teléfonos. Sofía lo había reclutado en Boston para algo que él describió como "fascinante". Me di cuenta de que, si yo soy un hombre cerrado, mi hermano es una caja fuerte. Pero en el fondo, somos lo único que el uno tiene en este mundo.
Cenamos juntos, compartiendo esa hermandad que es nuestra única piedra firme. Le hablé de mi sociedad con Julián, omitiendo convenientemente mi obsesión por su jefa. Me ofreció quedarme allí con él, alegando que había espacio de sobra, pero mi mente ya estaba en el tercer piso de la mansión. Esquivé la propuesta con una excusa sobre mi necesidad de privacidad y me despedí.
Eran las 11:00 p.m. cuando regresé a la casa principal. El silencio era sepulcral, solo roto por el crujir de la madera vieja. Al llegar al segundo piso, mis pies se movieron con una voluntad propia hacia la puerta de Sofía. Entré con el sigilo de un fantasma, esperando encontrarla entregada al sueño o esperándome en las sombras.
Pero la cama estaba vacía. Perfectamente tendida.
La "escurridiza" le hacía honor a su apodo. Seguramente sospechó mi movimiento y se refugió en otro lugar, quizás con Gabriela, para evitar el encuentro que ambos sabíamos inevitable. Subí a mi habitación en el tercer piso, con la sangre hirviendo y los puños apretados. Me percaté de que no tenía su número, ni forma de rastrearla en este laberinto de cuatro pisos.
Me tiré en la cama, mirando el techo, sintiendo el peso de mi propio deseo insatisfecho. Me tocaría dormir solo, pero con una certeza que me hacía sonreír en la oscuridad: tarde o temprano, no habrá rincón en esta hacienda donde ella pueda esconderse, de algo si estoy seguro es que ella siente la misma atracción… de lo contrario quizás ya habría confensado a su hermano que tenía un pervertido de socio, pero no, ella en los tres últimos encuentros de forma descarada que hemos tenido se ha inmutado solo al disfrute, poniéndo el freno en el momento oportuno pero su cuerpo claramente tiene una reacción ante mi tacto.
Me pregunto qué me ha obsesionado tanto como nunca lo había estado. Esto no es propio de mi persona incluso me resulta molesta un poco la situación de estar como un adolescente caliente