Luciano Viteli no es un hombre. Es un mito vestido de traje negro, con el alma manchada de sangre y los ojos tan fríos como una sentencia de muerte.
En Ciudad H, su nombre no se pronuncia con ligereza. Le llaman el Demonio. Y con razón. Es paranoico, controlador, obsesivo. Un dios oscuro dentro de su imperio: la Orden de las Sombras. Bajo su mando, fluye el tráfico de armas como veneno por las venas de un país podrido. Nadie se le opone. Nadie vive para contarlo.
Pero el respeto que inspira no viene solo del miedo. Luciano es adictivamente peligroso. En su presencia, hasta el silencio se arrodilla. Sus seguidores lo veneran, lo temen… y algunos, en secreto, lo desean.
Él no ama. Él toma. Él marca.
Y cuando ella entró en su vida, cometió el único error que no se podía permitir: obsesionarse con ella hasta perder el control, amarla con una locura silenciosa que lo convirtió en algo que juró no ser jamás... vulnerable.
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CAPITULO 14
Donato
Cuando Isabela entró a su despacho, todo en él dolía.
La tensión de la noche anterior le colgaba de los hombros como un abrigo de plomo.
Luciano Viteli se había marchado sin una respuesta… pero no sin una amenaza.
—Tienes hasta mañana a las ocho, Donato.
O me la llevo. Y no me importa cuánta sangre tenga que derramarse.
Eso había dicho, con esa calma letal que era peor que cualquier grito.
¿Cómo decirle que no al demonio que todos temen?
¿Cómo proteger a su hija… de algo que ya la había atrapado?
Isabela cerró la puerta suavemente. Estaba vestida con una bata ligera, su cabello húmedo aún por la ducha. La taza de té humeaba en sus manos, su expresión tranquila... demasiado tranquila.
La conocía demasiado bien. Esa calma solo era la superficie.
—¿Qué ocurre, papá? —preguntó, como si no supiera.
Él la miró con cansancio. No tenía caso rodearlo más.
—Luciano Viteli me pidió tu mano.
Un segundo.
Solo un segundo de pausa en sus ojos. Luego, ella bajó la mirada.
—Lo imaginaba —susurró.
—¿Lo imaginabas? —gruñó Donato, entre sorprendido y frustrado.
Ella se sentó frente a él con suavidad.
—Tengo que contarte algo, y antes de que te enojes, necesito que me escuches sin interrumpirme.
Donato apoyó los codos sobre el escritorio, los dedos entrelazados con fuerza.
—Habla.
Isabela asintió.
—La primera vez que lo vi fue en tu empresa, al salir de tu oficina. Nos cruzamos por accidente. Literalmente. Me choqué con él. Fue... como si el tiempo se detuviera. No supe quién era. Solo lo sentí.
Donato abrió la boca, pero ella levantó la mano.
—Después me llegó una nota. Una tarjeta negra. Con un mensaje… directo. Y un número. Me di cuenta de quién era. Tú me habías dicho cómo lo llamaban: el demonio. Y supe que era él.
—¿Y qué hiciste?
—Le escribí.
Donato se levantó tan bruscamente que la taza de té se volcó sobre el escritorio.
—¿Lo contactaste? ¿Tú?
—Sí —dijo, sin miedo—. Y lo volvería a hacer. Me cité con él.
El mundo se detuvo un instante.
Los ojos de Donato se llenaron de algo más que ira: terror.
—¿Dónde?
—En el Jardín de Invierno del Hotel Cumbre. Nadie nos vio. Hablamos y luego me llevó hasta el auto.
Donato se pasó la mano por la cara, como si intentara borrar todo lo que estaba oyendo.
—¿Y ahora qué, Isabela?
Ella lo miró de frente, con esa mirada tan suya. Azul, triste, determinada.
—Ahora te digo que acepto su propuesta. No porque me esté presionando, sino porque lo decidí yo.
No quiero una guerra, y tú tampoco. Pero más que eso… quiero conocerlo.
Donato sintió cómo su alma se hundía.
—Ese hombre no tiene alma, Isabela.
Ella sonrió, apenas.
—Tal vez por eso… lo entiendo.
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Isabela
Había esperado el momento exacto para decírselo a papá.
Sabía que no lo tomaría bien.
Pero también sabía que no podía ocultarlo más.
Desde el primer cruce, su mundo había cambiado.
Desde el primer roce accidental, algo dentro de ella había despertado.
Algo dormido. Algo oscuro. Algo tan real que dolía.
La cita con Luciano en el Jardín de Invierno había sido todo menos normal.
No fue una charla ligera.
Fue una confrontación de almas rotas.
Él no ocultaba su monstruo.
Y ella… lo reconocía. No lo temía.
Su presencia se le había quedado impregnada en la piel, en los huesos, en los sueños.
Y ahora, saber que él también la había elegido… le provocaba vértigo.
Pero no iba a huir.
El abismo no siempre da miedo. A veces, llama. A veces, te entiende.
Ella sabía quién era Luciano.
Sabía lo que podía hacer.
Pero también sabía que no estaba tan viva desde hacía años.
Y si eso era peligroso… entonces quería vivir al límite.
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Luciano
La respuesta llegó puntual, como todo lo que venía de Donato.
“Ella aceptó. Pero dice que no fue por presión. Quiere conocerte. Quiere esto.
Cuídala o te mato, Viteli.”
Luciano leyó el mensaje tres veces.
Sus labios formaron una sonrisa tan oscura como su alma.
Isabela era suya.
No legalmente. No por papel.
Suyas eran sus noches, su recuerdo, sus ojos, su debilidad.
Sabía que estaba jugando un juego peligroso.
Pero esta vez… no pensaba perder.
Marcó un número.
—Dante.
—¿Sí?
—Prepara el anillo.
—¿Ya?
Luciano cerró los ojos y visualizó esos ojos azules.
—Sí.
La chica de los ojos tristes acaba de aceptar al demonio.