Haberle querido fue un error, pero seguía deseándole…
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Capitulo 10
A pesar de lo cansada que estaba, Helena no conseguía dormirse. Al acceder a aquella propuesta tan poco ortodoxa, lo hizo porque tenía la idea equivocada de que había dominado la fuerte atracción que sentía por Dan . Sin embargo, parecía que tomaba decisiones tan estúpidas como su examante. Quería montarse en el coche y volver a Portland.
La noche fue larga y no descansó mucho.
Por la mañana estaba cansada e inquieta. ¿Le adivinaría el pensamiento Dan con la misma facilidad que ella se lo adivinaba? ¿Sabía lo mucho que seguía deseándolo?
Durante el desayuno, ninguno de los dos habló mucho. La señora Peterson interrumpía los incómodos silencios al entrar con más café, más galletas y un segundo plato de huevos con tocino.
Helena se inclinó hacia Dan y le susurró:
–Normalmente me tomo un yogur con cereales.
Él enarcó una ceja.
–¿Te estás quejando?
–Claro que no.
La breve conversación aligeró el ambiente.
Cuando acabaron de desayunar, Dan la condujo a su improvisado lugar de trabajo. Tenía todas las comodidades. Lo único que la molestó fue lo cerca que estaba el escritorio de él del suyo en aquel pequeño dormitorio reconvertido de la planta baja.
Helena encendió el moderno portátil.
–Voy a enviarte algunos correos electrónicos, la mayoría referentes a los informes financieros del segundo cuatrimestre. Nathan quiere que le eches un vistazo. Y Fabio necesita que le apruebes unos diseños preliminares.
Después de eso, la mañana transcurrió rutinariamente. A ella podía haberle resultado incómodo trabajar tan cerca de él. Pero una vez inmersa en el trabajo, las horas se le pasaron volando.
A la hora de la comida, se estaban preparando para ir al comedor cuando se presentó Nathan .
–Creí que estabas en Portland –dijo Dan frunciendo el ceño.
–Lo estaba, pero ahora estoy aquí. He venido en el helicóptero –miró a Helena –. ¿Se lo has dicho ya?
–No me ha dado tiempo. Llegó ayer por la tarde y hemos dedicado la mañana a adelantar el trabajo atrasado.
–¿Qué es lo que tiene que decirme? –preguntó ella
Nathan se sentó en el borde de su escritorio.
–Creemos que Maxwell River Outdoors es víctima de espionaje industrial.
Ella lo miró con los ojos como platos.
–No hablarás en serio.
–Por desgracia, es verdad. He hallado irregularidades en algunas de las cuentas y dos de las ideas más prometedoras de Fabio han aparecido improvisadamente en el mercado. La primera vez lo atribuimos a una coincidencia. Dos personas pueden tener la misma idea a la vez. Pero ha vuelto a suceder.
–¿Por qué no me ha dicho nada Fabio ?
–Ha tratado de mantenerlo oculto para ver si alguien de la empresa revela sus verdaderas intenciones. Además, no queríamos que corrieras peligro.
–¿Peligro? –Helena rio hasta que se dio cuenta de que Danel y Nathan no parecían divertirse.
Nathan volvió a hablar.
–Fabio y yo hemos empezado a preguntarnos si el accidente en que murió nuestro padre y dejó herido a Dan no fue tal.
Helena respiró hondo y miró a Danel, que no había dicho nada.
–¿Y tú qué crees?
–Como me estaba recuperando del accidente, nadie me dijo lo que estaba pasando. Los chicos no querían preocuparme mientras me reconstruían la pierna. Y después, me puse a hacer peligrosas acrobacias en las pistas.
Nathan hizo una mueca.
–Sí, se lo contamos hace unas semanas. Es cierto que los médicos quieren que se lo tome con calma. Una ventaja añadida al hecho de que estés aquí es que Dan y tú podéis echar una ojeada a todos los departamentos, desde aquí, y comprobar si hay alguna actividad inusual o señales de peligro.
–Entiendo el funcionamiento del departamento de Fabio, porque es donde trabajo, pero Danel controla muchas cosas que desconozco.
–Te enseñaré –dijo él–. Eres una de las personas más inteligentes que conozco.
Nathan asintió.
–Dan tiene razón. Además, como no diriges la empresa, tal vez observes algo que a nosotros nos ha pasado desapercibido.
–Me parece increíble. Es como una película de espías.
Danel se levantó e indicó con un gesto que fueran a comer.
–Esperamos equivocarnos, que nos hayamos vuelto un poco paranoicos. Pero las pruebas se acumulan. Puede que alguien esté intentando destruir Maxwell River Outdoors.
Mientras se tomaban unos bocadillos de carne y unas rajas de sandía, Helena estuvo callada. Los dos hermanos bromearon, se rieron y, al final, hablaron de negocios. Nathan tomó el pelo a la señora Peterson, que se sonrojó.
Hasta un desconocido se daría cuenta de que Nathan y Danel eran hermanos. Tenían la misma anchura de hombros y eran desgarbados. Pero Nathan tenía el cabello y los ojos castaños, probablemente por herencia materna.
También había diferencias de personalidad. Danel era intenso y competitivo. Nathan hacía escalada y era asimismo un increíble atleta, pero saltaba de una actividad a otra, y tan pronto un conducía un coche de carreras en Abu Dabi como navegaba por el Amazonas en busca de nuevas experiencias.
Nathan abrió la segunda botella de cerveza.
–Esta es la última. Tengo que volver a Portland.
–Creí que te quedarías a pasar la noche –dijo Danel . Luego miró a Helena –. La casa de mi hermano hace que la mía parezca una cabaña en el bosque.
–Exagera –Nathan sonrió–. Pero es increíble. Algún día te la enseñaré –dijo a Helena .
El cambio de expresión de Danel le indicó a Helena que no le gustaba la idea, porque su hermano tenía fama de conquistador. Ella le sonrió.
–Me encantará verla cuando tengas tiempo. ¿Y la de Fabio ?
–Fabio tiene una enorme extensión de terreno –dijo Dan–. Es lo que ha querido. Desde el aire, las tres casas no están muy lejos entre sí. Si nos apetece, vamos andando de una a otra.
–Y la tuya es la que está más al sur –afirmó ella– ya que no vi las otras cuando llegué.
Nathan intervino antes de que Dan pudiera contestar.
–Sí. Vamos en orden de edad. Fabio es el mayor, así que tiene la casa más al norte. Yo soy el mediano, por lo que estoy en el medio. Y Danel va a la retaguardia.
Dan le hizo un gesto grosero.
Helena rio.
–Creía que los hermanos medianos eran los que trataban de mantener la paz.
Nathan se encogió de hombros.
–Nunca me ha gustado que me digan lo que debo ser o hacer, ya sea un libro el que lo haga o mi querido padre, a quien Dios tenga en su gloria.
Después del inesperado y revelador comentario, Helena dobló la servilleta y se levantó.
–Quiero ayudaros en la medida de lo posible.
Los dos hermanos se levantaron a la vez.
–Ya lo estás haciendo –dijo Dan–. A ninguno de nosotros se nos ha ocurrido otra persona más capaz que tú de ayudarnos en la situación en que nos hallamos.
Nathan le estrechó la mano.
–Gracias de nuevo, Helena–agarró las llaves y el móvil, que estaban en una mesa cercana–. Si surge algo, comunicádmelo…