Dicen que ten cuidado con lo que desees... ¡Pero yo pedí un trono!, bah, que más da. Y si no fuera poco, resulta que ahora soy un omega puro. La nueva cáscara, que, aunque tenga mi nombre, en realidad era un... ¡Idiota, migajero, sin nada de dignidad! Y para el colmo; un personaje que sería utilizado por el protagonista y luego desechado.
No gracias, arreglaré eso, y mientras tanto me voy a divertir, porque este mundo donde los alfas dominan; no va conmigo, es más, haré que se inclinen a mis pies.
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Epi 13; Tenemos que discutir
La Torre Ruiz se había convertido en un circo mediático. Leonard, en un intento desesperado por recuperar la narrativa, había convocado a la prensa en el gran salón de su edificio. Lo vi todo desde la comodidad de mi oficina, recostado en mi silla de cuero, disfrutando de un vino blanco mientras las cámaras enfocaban su rostro.
Leonard se veía impecable, pero sus ojos delataban la erosión. La arrogancia seguía ahí, pero estaba agrietada.
—Ofrezco una recompensa de cincuenta millones de dólares —declaró Leonard ante los flashes, su voz resonando con una autoridad que ya empezaba a sonar hueca— a cualquiera que proporcione información fidedigna sobre la identidad del propietario de la firma de seguridad "Cifra & Sombra". Esta empresa está operando fuera de los límites éticos y el mercado necesita transparencia.
—"Éticos" —repetí yo, soltando una carcajada ácida—. Qué palabra tan graciosa en boca de alguien qué utiliza a quien sea con tal de escalar.
Damián ya estaba en posición. Gracias a un poco de maquillaje táctico, una peluca castaña y lentes de contacto oscuros, parecía un simple mensajero de alto nivel o un analista de perfil bajo. Se movió entre los periodistas con una calma que me hizo admirar.
Cuando llegó el turno de preguntas, Damián se acercó al micrófono.
—Tengo información sobre el dueño de Cifra & Sombra —dijo, y vi cómo Leonard se inclinaba hacia adelante, como un depredador que cree que finalmente ha acorralado a su presa—. Me entregaron este dispositivo. Dice que es la respuesta que el señor Ruiz está buscando.
Damián le entregó un sobre al asistente de Leonard y, con una sonrisa que solo yo pude identificar como una burla letal, se retiró hacia las sombras.
Leonard, ansioso, ordenó que el contenido se proyectara en la pantalla gigante detrás de él, esperando ver un nombre, una dirección, una debilidad. Pero lo que apareció fue mucho mejor. En lugar de un organigrama empresarial, el salón se llenó con el audio y video de Leonard en una reunión privada de hace dos meses, entregando un maletín y prometiendo "incentivos" a dos funcionarios de alto rango para desviar una licitación pública.
—“Asegúrate de que los Vargas no vean ni el contrato de limpieza, no me importa a quién tengas que comprar” —se escuchaba la voz de Leonard en alta fidelidad.
El silencio en la sala fue absoluto, roto solo por el clic-clic-clic frenético de las cámaras. Leonard se quedó pálido, una estatua de mármol golpeada por un rayo. Antes de que pudiera reaccionar, la voz de Damián, ya alejándose hacia la salida, resonó por última vez:
—Es una cortesía del dueño de Cifra & Sombra. Considerelo el primer pago de su recompensa, señor Ruiz.
Horas después, Leonard salió de la comisaría tras pagar una fianza irrisoria. Sus abogados ya estaban moviendo cielo y tierra; era un pez demasiado gordo para caer por un soborno de rutina, pero el daño no era legal, era social. Su imagen de Alfa intocable y ético se había manchado.
En la soledad de su despacho, Leonard lanzó una silla contra el ventanal. El cristal reforzado no se rompió, pero el estruendo alivió un poco su rabia. Estaba humillado. Su nombre era tendencia, pero no por su poder, sino por su corrupción expuesta.
—Te encontraré —siseó Leonard, apretando los puños hasta que sus uñas se clavaron en sus palmas—. Me da igual si eres un alfa, un omega o un maldito fantasma. Cuando sepa quién eres, te haré suplicar por el día en que decidiste jugar conmigo. Nadie sangra a un Ruiz y vive para contarlo.
Desde mi oficina, cerré la pestaña del streaming. El primer corte profundo estaba hecho. Leonard ya no era el rey absoluto; ahora era un hombre herido, y los hombres heridos cometen errores aún más grandes.
—Damián, buen trabajo —dije cuando él regresó a la oficina, ya sin el disfraz—. ¿Cómo se sentía el ambiente allí?
—Olía a miedo —respondió Damián, quitándose la chaqueta—. Leonard está perdiendo el control. Pero ten cuidado. Un animal acorralado es el más peligroso.
—Que lo intente —respondí, mirando mi propio reflejo con una satisfacción narcisista—. Estoy deseando ver qué hace a continuación. Es tan divertido ver cómo se desangra su orgullo de a poco.
...—🖇️—...
Para Marco, las últimas semanas habían sido un curso intensivo de paranoia. Sentado en su despacho, rodeado de informes de seguridad que ahora parecían escritos por aficionados, no podía quitarse de la cabeza la imagen del informante en la televisión. Había visto la humillación en público de su rival número uno, y se mentiría así mismo si negara el que no hubiera disfrutado ver lo carne propia.
Y luego estaba el factor Inel.
Desde que despertó de aquel día, Inel no solo había dejado de ser un parásito; se había convertido en una incógnita. Marco empezó a atar cabos con la frialdad de un analista: la advertencia precisa sobre las ratas, la llegada oportuna de "Cifra & Sombra", el silencio sepulcral de su hermano y esas salidas diarias que no terminaban en bolsas de compras, sino en una mirada cada vez más afilada y distante.
—No puede ser él —se decía Marco, caminando de un lado a otro—. Es un Omega. Es Inel. El mismo que lloraba por un vestido el año pasado.
Pero la lógica gritaba lo contrario. Si Inel no era el dueño, era el vínculo. Y Marco no soportaba no tener el control.
...—🖇️—...
La noche cayó sobre la mansión Vargas con una pesadez eléctrica. Yo crucé el umbral del vestíbulo con los hombros relajados y el sabor amargo del café de la oficina todavía en la lengua. Me sentía invencible. Ver a Leonard retorcerse frente a las cámaras había sido mejor que cualquier droga.
—Vaya, qué casa tan silenciosa —murmuré para mí mismo, quitándome la chaqueta de diseñador.
—El silencio suele ser el preludio de una tormenta, Inel.
Me detuve en seco. Marco estaba allí, apoyado contra el marco de la puerta que daba al gran salón. No tenía su habitual copa de whisky; tenía las manos hundidas en los bolsillos y unos ojos verdes que me escaneaban como si estuviera tratando de ver a través de mi piel. Su aroma llenaba el pasillo, denso y cargado de una sospecha que ya no podía contener.
Lo miré con mi mejor expresión de aburrimiento ensayado, aunque por dentro, mi narcisismo estaba dando saltos de alegría.
"Vaya, el hermanito mayor finalmente aprendió a sumar dos más dos"
—Marco, querido. ¿Sigues despierto? Pensé que estarías celebrando la humillación de Leonard con alguna modelo nueva —dije, caminando hacia las escaleras con una indiferencia insultante.
—Leonard es un cadáver andante, y ambos sabemos por qué —su voz cortó el aire como un látigo—. Pero lo que realmente me quita el sueño no decadencia de Ruiz, sino el ascenso de quien lo empujó.
Me detuve en el primer escalón y lo miré por encima del hombro, arqueando una ceja.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? Sabes que la política y los hackers me dan dolor de cabeza.
Marco se acercó lentamente, sus pasos resonando en el mármol. Se detuvo a un metro de mí, su altura intentando imponer una autoridad que yo ya no le reconocía.
—Deja de jugar, Inel. El "estúpido" que conocí habría ido de inmediato a consolarlo al ver a Leonard sufrir. Tú, en cambio, caminas por aquí como si fueras el dueño del tablero. Sabías lo de las ratas antes que nadie. Me diste pruebas que ni mi mejor equipo de seguridad pudo encontrar. Y ahora, una empresa misteriosa destruye a Ruiz mientras tú pasas doce horas al día "fuera".
Le sostuve la mirada. La máscara de inocencia empezaba a resultarme pesada, y una parte de mí, la más arrogante, se moría por ver su cara cuando admitiera la verdad.
—Inel —dijo Marco, su voz bajando a un tono peligroso y solemne—. No sé quién eres realmente ahora, ni qué hiciste con mi hermano, pero entra al despacho. Tenemos algo muy serio que discutir... Dueño de Cifra & Sombra.
Sonreí. No fue una sonrisa dulce. Fue la sonrisa de quien acaba de ser descubierto y se da cuenta de que ya no necesita fingir.
—Bueno —susurré, enderezándome y ajustándome los puños de la camisa—. Supongo que el café tendrá que esperar.
inel es simplemente inel