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El Niñero Torpe Del Sr. Montero

El Niñero Torpe Del Sr. Montero

Status: En proceso
Genre:CEO / Padre soltero / Fantasía LGBT
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Elian Rojas (23) trabaja en el refugio Second Chance Paws en Austin, Texas, y se paga la carrera de veterinaria. Cuando el refugio entra en quiebra y recibe orden de desalojo, encuentra un flyer rosa: "Se busca niñera. $3,500/mes. Niños difíciles. Si ellos te aceptan, te quedas".

Va a la entrevista sin fe. Le advierten que 3 niños han echado a 7 niñeras. Lo eligen porque es hombre, se ve torpe e ingenuo y creen que será fácil hacerlo renunciar con trampas de harina, tinta azul y pistolas de agua.

Pero Elian no ve berrinches, ve abandono. Y poco a poco, entre caos y perros colados, se ganará a una familia rota.

Lo que no esperaba era enamorarse de su jefe, Dante Montero (34), CEO viudo, frío y que no sabe cómo ser padre sin su esposa.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12 - El Beso Interrumpido

Después de la foto, algo cambió entre Dante y yo.

No fue obvio para los niños. Pero yo lo sentía cada vez que estábamos en misma habitación.

Dante me miraba más tiempo cuando servía desayuno. Yo me ponía nervioso cuando su hombro rozaba el mío. Era como si ambos supiéramos que algo había pasado en jornada de adopción y en noche de tormenta, pero ninguno se atrevía a decirlo.

El martes fue junta de accionistas. Dante se fue a las siete con traje gris y cara de guerra. Había dormido poco. Lo escuché caminando en despacho a las tres.

Me dijo antes de irse: si no vuelvo a las cinco, es que me mataron inversionistas.

No te matan, dije. Te regañan con palabras caras.

Regañar con palabras caras duele más, dijo y se fue.

Todo el día estuve nervioso. Milo intentaba distraerse programando, pero estaba preocupado. Santi preguntó cada hora si papá volvería. Luna dibujó a Dante con armadura peleando contra dragones que decían dinero.

A las cuatro y media sonó puerta. Dante entró. Saco en mano, corbata suelta, camisa con dos botones abiertos y sonrisa rara, de alivio y cansancio.

¿Y bien?, pregunté.

Ganamos, dijo. No pausaron inversión. Dijeron que mi post les hizo ganar seguidores. Que ahora soy CEO humano y no robot.

Santi gritó y corrió a abrazarlo. Luna también. Milo se levantó y también lo abrazó, aunque dijo que era porque hacía frío.

Yo me quedé en cocina.

Dante me miró por encima de cabeza de Santi y dijo: gracias a ti. Si no hubieras estado esa noche en suelo del cuarto de Luna, no tendría historia que contar.

No fue nada, dije con cara roja.

Fue todo, dijo.

A las cinco, como siempre lunes y miércoles, no tuvo reuniones. Jugamos en sala. Pero esta vez Dante no podía quedarse quieto. Me miraba y luego miraba a otro lado rápido.

A las siete cenamos. Sin celulares. Santi contó chiste malo de volcán. Milo contó que había arreglado contraseña del calendario. Luna comió dos platos de arroz que ya no se quemaba.

A las ocho acosté a niños. Luna quiso que Canelo durmiera con ella. Santi quiso historia de dinosaurios. Milo dijo que no necesitaba que lo acostara, pero me esperó en puerta y dijo buenas noches bajito.

Cuando bajé, Dante estaba en despacho, puerta entreabierta, con copa de whisky sin alcohol y laptop cerrada.

¿Puedo pasar?, pregunté.

Pasa, dijo.

Entré. Su despacho olía a madera y perfume caro. Tenía fotos de su esposa Ana en rincón, pero ahora también tenía dibujos de Luna y volcán de cartón chueco que Santi le regaló.

Siéntate, dijo señalando sillón.

Me senté. Él se sentó en borde de escritorio, cerca de mí.

Quería hablar contigo sin niños cerca, dijo.

Me puse nervioso.

Hoy en junta, dijo, uno de los inversionistas me preguntó si tú eras mi pareja.

Mi corazón se detuvo.

¿Y qué dijiste?, pregunté con voz pequeña.

Dije que no, dijo Dante. Dije que eras niñero de mis hijos.

Sentí frío en estómago.

Ah, dije.

Pero luego, continuó, me pregunté por qué dije que no tan rápido. Como si fuera mentira que tuviera que esconder.

Me miró fijo. Tenía ojos oscuros, cansados, brillantes.

Elian, dijo en voz baja. ¿Puedo ser honesto?

Asentí sin poder hablar.

Desde que llegaste, esta casa tiene ruido bonito, dijo. Mis hijos hablan, se ríen, hacen volcanes que manchan techo. Yo llego a las cinco porque quiero llegar. Y todo eso es por ti.

Yo no hice nada, dije.

Hiciste todo, dijo.

Se inclinó hacia mí. Yo me incliné hacia él.

Estábamos a medio metro. Podía ver lunares en su cuello, oler perfume limpio.

Elian, dijo con voz más baja. ¿Puedo?

No terminó frase. Supe qué preguntaba.

Asentí. Cerré ojos un segundo.

Sentí su mano en mi mejilla, tibia. Sentí su respiración cerca.

Iba a pasar. Por primera vez iba a pasar.

En ese exacto segundo, se abrió puerta del despacho de golpe.

¡Papá! ¡Elian! ¡Miren mi pistola nueva!

Santi entró corriendo con pistola de agua gigante verde neón, con tanque en espalda y chorro listo.

Dante se separó tan rápido que casi tira lámpara.

¡Santi! ¡Estamos hablando!, dijo Dante con voz aguda que nunca había escuchado.

Santi no entendió. Apuntó y disparó.

Chorro de agua fría me dio directo en cara, luego en camisa, luego en pantalón. Segundo chorro le dio a Dante en camisa blanca y en papeles.

¡Santi!, gritamos los dos empapados.

Santi se rió a carcajadas.

¡Funciona!, gritó. Milo me la dio. Dice que es para defensa personal contra besos.

Me quedé helado. Milo apareció en puerta, con celular grabando y riendo.

Yo no dije nada de besos, dijo Milo inocente. Dije que era para defensa contra reuniones aburridas.

Dante se pasó mano por cara mojada y miró a Milo.

Milo Montero, dijo con voz de papá enojado pero con sonrisa, te quito wifi por un mes.

Milo corrió. Santi corrió detrás con pistola aún disparando. Agua por todo despacho, sobre alfombra cara.

Yo estaba empapado, camisa pegada, agua escurriendo por cabello.

Dante me miró y no pudo evitar reírse. Risa grande.

Estamos empapados, dijo.

Sí, dije riendo también.

Se acercó con toalla y me secó cara con cuidado. Su mano otra vez en mi mejilla, mojada y fría.

Perdón por Santi, dijo en voz baja, cerca de mi oído.

No pidas perdón, dije. Fue mejor así.

Nos miramos empapados, con despacho inundado.

¿Podemos terminar lo que empezamos otro día sin pistolas?, preguntó Dante tan bajo que solo yo escuché.

Sí, dije sin dudar.

Otro día sin niños con pistolas, dijo.

Otro día sin niños con pistolas, repetí.

Nos quedamos ahí, con toalla entre los dos, con agua goteando, con risas de Santi y Milo en pasillo y Canelo ladrando.

Cuando subí a cambiarme, encontré dibujo nuevo de Luna en mi cama. Éramos Dante y yo con pistolas de agua, empapados, y corazones alrededor.

Abajo decía: papá y Elian mojados.

Guardé dibujo y me cambié camisa, con corazón latiendo tan fuerte que pensé que se escucharía en toda la casa.

Esa noche entendí que en esta familia hasta los besos necesitan defensa contra pistolas de agua.

1
Brisa Romero
/Proud/
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