●Novela: {Tu Guardián Sádico}.
●Autora: 💐🌿Zuilin T.R 🌿💐
●Para Bahir, la vida es tan pacífica como la tienda de flores y té de su abuelo beta, la cual cuida con esmero. A sus veintiún años, es un omega puro, inocente y con un dulce aroma a duraznos frescos que cautiva a cualquiera. Sin embargo, su corazón ya tiene dueño: Louie, un alfa dominante, imponente y protector que ha logrado ganarse su amor y, finalmente, un anillo de compromiso.
Bahir cree que ha encontrado a su príncipe azul. Lo que no sabe es que detrás de la fachada del prometido perfecto se esconde un acosador obsesivo, un alfa sádico y egocéntrico que lleva meses vigilando cada uno de sus pasos desde las sombras. Ahora que el compromiso es oficial, Louie está extasiado; el juego de la seducción ha terminado, y es hora de que el inocente omeguita descubra quién es realmente el dueño de su destino.
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Capítulo 13: El eco de la celebración y el nido a solas
Capítulo 13: El eco de la celebración y el nido a solas
Novela: Tu Guardián Sádico.
Autora: 💐🌿Zuilin T.R 🌿💐
La brisa del atlántico comenzó a enfriarse a medida que el sol se ocultaba en el horizonte, tiñendo el cielo de los Hamptons con pinceladas de color violeta y oro. Pero el frío exterior no importaba en lo absoluto dentro de la gigantesca carpa de cristal templado que Louie había mandado a erigir en los jardines de la propiedad. Iluminada por miles de luces de hadas y espectaculares candelabros de cristal, la recepción de la boda lucía como un sueño de la alta sociedad.
La celebración fluyó con una perfección milimétrica. Hubo banquetes de alta cocina, risas y charlas animadas entre los hombres más poderosos del país y las familias más influyentes de Manhattan.
Llegó el momento del brindis. El padre de Louie, Roland, alzó su copa con orgullo, dedicándole unas palabras firmes al nuevo matrimonio sobre el legado y la fuerza del linaje. Después, el abuelo Bernard tomó la palabra; con la voz entrecortada por la emoción y acariciando discretamente el broche de laureles de oro blanco que Bahir le había regresado para que lo guardara, bendijo a la pareja, haciéndole brotar una lágrima de pura felicidad al dulce omeguita.
Luego vinieron las sesiones de fotos. Bahir posaba con timidez y una sonrisa radiante, mientras Louie lo mantenía sujeto firmemente por la cintura, con una postura imponente y protectora que delataba su orgullo egocéntrico ante los flashes de los fotógrafos contratados.
El punto culminante de la noche fue el primer baile como esposos. Al centro de la pista, bajo la mirada atenta de cientos de invitados, Louie envolvió a Bahir en sus brazos. Mientras se movían al compás de un vals lento interpretado por la orquesta, el sádico alfa dominante liberó una sutil marea de sus feromonas de madera ahumada y cuero, adormeciendo los sentidos de Bahir en un capullo de absoluta seguridad. El aroma a durazno de Bahir respondió estallando en notas de completa sumisión y amor incondicional, dejando claro a todos los presentes que su lazo era inquebrantable.
Toda aquella magnificencia, por supuesto, no se quedaría entre las paredes de la propiedad. Durante los siguientes días y semanas, la boda de los Hampton sería el tema único de conversación en la élite. Los fotógrafos y cronistas de sociedad enviarían sus reportajes, y las portadas de todas las revistas de moda y negocios se llenarían con las imágenes de la hermosa e idílica parejita, catalogando el evento como "La boda del año".
Pero a Louie ya no le importaba el ruido del mundo exterior. Su victoria estaba consumada.
A la medianoche, tras despedirse formalmente de los invitados más cercanos y recibir un último y significativo abrazo de Roxanne —quien miraba a Bahir con una mezcla de amor maternal y un profundo agradecimiento silencioso—, la parejita se retiró.
No habría un viaje largo a otro país para la luna de miel. Louie lo había planeado de forma diferente, y Bahir había estado más que encantado con la idea: se tomarían un mes entero a solas en su nueva y monumental residencia frente al mar en los Hamptons.
Roxanne y Roland se harían cargo de absolutamente todo lo demás. Ellos supervisarían la mudanza final de las pertenencias de Bahir, la contratación del personal de máxima seguridad que Louie había seleccionado para la tienda de té y flores en Manhattan, y se encargarían de que el abuelo Bernard tuviera todo lo necesario en la gran ciudad sin tener que mover un solo dedo. Sus padres limpiarían el camino en el mundo exterior, funcionando como el escudo perfecto para que su sádico hijo no fuera molestado.
Cuando las puertas de la gran habitación principal de los Hamptons se cerraron, el bullicio de la fiesta desapareció, dejando solo el suave sonido de las olas del mar rompiendo en el acantilado.
Bahir caminó hacia el gran ventanal que daba al océano, soltando un suspiro de alivio mientras comenzaba a soltarse los botones del traje de seda blanca. El cansancio de la noche se esfumó cuando sintió el calor familiar de Louie pegándose a su espalda. Los brazos del alfa dominante rodearon su cintura con una fuerza posesiva que casi le quitó el aliento.
—Finalmente estamos solos, mi omeguita —susurró Louie contra su oído, su voz grave vibrando con un éxtasis oscuro y contenido. Inhaló profundamente el cuello de Bahir, deleitándose con el aroma a durazno que ahora, por fin, le pertenecía legal y biológicamente.
Bahir se inclinó hacia atrás, apoyando la cabeza en el hombro de su esposo, con el corazón latiéndole a mil por hora por la anticipación del lazo definitivo.
—Para siempre, Louie. Al fin somos tú y yo —respondió Bahir con total inocencia, dándose la vuelta para rodear el cuello de su alfa con sus brazos.
Louie sonrió de medio lado en la penumbra de la habitación, con sus ojos oscuros brillando con la intensidad de un depredador que finalmente ha encerrado a su tesoro en el nido más seguro del mundo. Tenían treinta días enteros por delante. Treinta días donde no habría miradas ajenas, ni abuelos, ni alta sociedad; solo un sádico alfa dominante reclamando centímetro a centímetro el cuerpo y el alma de su inocente durazno, mientras Bahir se entregaba por completo al hombre que creía su ángel guardián.