Una brillante Doctora reencarna en el cuerpo de una delicada aristócrata. Para evitar un matrimonio forzado y seguir su pasión, decide estudiar medicina, desatando el escándalo.
Su padre la envía a prueba al Hospital Central bajo las órdenes del doctor más estricto del imperio. Él cree que es una noble caprichosa y la manda al peor pabellón para que renuncie.
Pero ella no le teme a la sangre, domina técnicas del futuro y está lista para demostrar que nadie maneja el bisturí mejor que ella.
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Capítulo 13
La puerta de la sala de urgencias se abrió de golpe.
Emilian Hawthorne entró con paso firme, seguido por dos médicos más y un grupo de enfermeros que cargaban instrumental adicional. Su mirada recorrió la sala con rapidez, buscando al paciente que le habían reportado como una emergencia grave.
—¿Dónde está el herido? —preguntó con voz cortante.
—Aquí, doctor —respondió una enfermera, señalando la camilla del fondo.
Emilian se acercó con rapidez, pero se detuvo en seco cuando vio al paciente. El hombre yacía tranquilo, con la respiración regular y la pierna vendada con una limpieza y precisión que no esperaba encontrar en una emergencia tan reciente.
—¿Quién hizo esto? —preguntó, frunciendo el ceño.
Los médicos que lo acompañaban también se detuvieron, sorprendidos. La herida que habían descrito como "grave y con hemorragia incontrolable" estaba estabilizada. Vendada. Controlada.
—Fui yo —dijo una voz tranquila desde un costado.
Elara dio un paso adelante, con las mangas aún manchadas de sangre y el cabello ligeramente desordenado. Pero su expresión era serena, como si acabara de hacer algo tan rutinario como tomar té.
—¿Tú? —preguntó Emilian, sin poder ocultar su sorpresa.
—Sí, profesor. El paciente presentaba una hemorragia severa en la pierna derecha. Apliqué compresión directa y luego usé unas pinzas de disección para localizar y sujetar el vaso sanguíneo roto. Después limpié la herida, vendé y estabilicé al paciente. Ahora solo necesita reposo y una dieta rica en hierro para recuperar la sangre perdida.
Emilian la observó durante unos segundos. Luego, sin decir una palabra, se acercó a la camilla y examinó el vendaje con atención. La técnica era impecable. La presión en los puntos correctos. La herida limpia. El paciente, aunque aún pálido, respiraba con normalidad.
Uno de los médicos que lo acompañaban se acercó a Elara con los ojos muy abiertos.
—¿Usted hizo todo esto sola?
—Sí —respondió ella con sencillez.
—Pero eso es... increíble. ¿Dónde aprendió a hacer un vendaje así?
Elara sonrió con modestia.
—En libros. Y con práctica.
—¿Podría enseñarme? —preguntó el médico, con un tono que mezclaba admiración y curiosidad—. Nunca he visto una técnica de compresión tan eficaz.
El otro médico asintió.
—Sí, nos encantaría aprender.
Elara parpadeó, un poco sorprendida por la repentina atención.
—Claro... cuando tenga tiempo, puedo mostrarles.
Collins, que aún estaba en la sala, observaba la escena con los ojos brillantes. No podía evitar sonreír como un tonto cada vez que miraba a Elara.
—¿Viste lo que hizo? —susurró a uno de sus compañeros mientras salían de la sala—. Fue increíble. La forma en que sujetó la pinza, la precisión con la que encontró el vaso sanguíneo... Parecía que hubiera hecho eso toda la vida.
Su compañero levantó una ceja con una sonrisa burlona.
—Vaya, vaya. Parece que Collins está encantado con la nueva aprendiz.
—No es así —dijo Collins, sintiendo cómo el calor le subía a las mejillas—. Solo estoy reconociendo su habilidad.
—Claro, claro —dijo el otro, riéndose—. Si tanto te gusta, ¿por qué no la invitas al festival?
Collins abrió la boca, y luego la cerró. El festival. Era verdad, se acercaba. Y no sería tan raro que él la invitara, ¿verdad? Solo como compañeros. Como amigos.
Pero entonces imaginó a Elara a su lado, con su sonrisa tranquila y su mirada segura, y supo que no había manera de que alguien como él pudiera estar a la altura de alguien como ella.
—No —dijo finalmente, con un suspiro—. Elara sería demasiado para mí.
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En la oficina de Emilian, el ambiente era más tranquilo.
Elara estaba de pie frente al escritorio, entregándole los informes detallados de los pacientes que había atendido durante la mañana. Hablaba con calma, explicando cada caso con la precisión de quien sabe exactamente lo que dice.
Emilian la escuchaba en silencio, pero no podía evitar observarla con más atención de la necesaria. La luz de la tarde entraba por la ventana y bañaba su rostro, haciendo que sus ojos avellana brillaran con un destello cálido. Su cabello, aunque desordenado, caía sobre sus hombros con una elegancia natural. Y sus manos, manchadas aún de sangre seca, se movían con la seguridad de quien ha tocado la vida y la muerte.
Era increíble.
Una chica que, según todos los registros, nunca había pisado una academia, que no tenía formación formal, que apenas llevaba días en el hospital, y que sin embargo había demostrado más habilidad que muchos médicos con años de experiencia.
Era como si hubiera nacido con esos conocimientos.
Como si hubiera vivido otra vida antes de esta.
—Profesor —dijo Elara, alzando una ceja al ver que Emilian la miraba fijamente sin decir nada—. ¿Está bien?
Emilian parpadeó, saliendo de sus pensamientos.
—Sí —respondió, aclarándose la garganta—. Solo estaba revisando los informes.
—¿Hay algún problema?
—No. Están bien.
Elara sonrió, y él sintió algo extraño en el pecho. Una calidez que no sabía cómo nombrar.
—Por cierto —dijo él, apartando la mirada hacia los papeles—. Puedes tomarte el resto de la tarde libre. Con todo lo que has hecho hoy, te lo has ganado.
Elara levantó la cabeza.
—¿Libre?
—Sí. El festival comienza esta noche. Es uno de los pocos días en los que el hospital cierra temprano. Todos los años se celebra, y bueno... es uno de los pocos días en los que no tienes que hacer horas extras.
—Oh —dijo Elara, y sus ojos se iluminaron—. ¿Un festival? ¿Cómo es?
Emilian se encogió de hombros.
—Luces, música, comida. La gente del pueblo sale a la calle. Hay bailes, juegos... Nada demasiado especial.
Elara lo miró con curiosidad.
—¿Y usted va a ir, profesor?
Emilian negó con la cabeza.
—No tengo tiempo. Y tampoco quiero ir solo.
Elara sonrió, y sus ojos brillaron con un destello que Emilian no supo interpretar.
—Entonces, ¿qué tal si vamos juntos? —dijo con naturalidad—. Yo tampoco quiero ir sola. Y si usted también está libre, podríamos acompañarnos.
Emilian abrió la boca para responder. La idea era absurda. Era su jefe. Su profesor. No debía mezclar su vida personal con el trabajo. Pero cuando miró a Elara, con esa sonrisa tranquila y esa mirada que no pedía nada a cambio, las palabras se atascaron en su garganta.
—Yo...
La puerta de la oficina se abrió de golpe.
Una enfermera entró con el rostro pálido y la respiración agitada.
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que alguien me explique 🤔🤔🤔