Lía fue criada para obedecer.
En Sierra Oscura, nadie desafiaba a Damián Velasco, el Alfa que convertía lobos jóvenes en armas y llamaba ley a sus cadenas. Lía era su ejecutora más perfecta: fría, letal, incapaz de temblar... hasta que le entregaron a Mateo Rojas, un prisionero con el lobo sellado y una sangre de Alfa que nadie debía reconocer.
El primer roce de su aroma lo cambió todo.
Mateo no era solo otro cautivo. Era su pareja destinada. Y Velasco lo supo antes que ellos.
Atados por un juramento de sangre y castigados con acónito cada vez que intentan desobedecer, Lía y Mateo deberán sobrevivir a la manada que los quiere rotos, a una atracción que duele como una herida abierta y a una verdad capaz de incendiar todos los territorios: ella no nació para servir al rey oscuro, y él no nació para arrodillarse.
Cuando la luna reclame lo que es suyo, Lía tendrá que elegir entre seguir siendo el arma de un Alfa cruel... o marcar al enemigo que su loba ya reconoció como hogar.
NovelToon tiene autorización de Galaxy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 13
Capítulo 13: Salinas del Norte
Dos semanas después, Mateo podía caminar sin que la herida del costado se abriera.
Eso no significaba que estuviera sano.
En Sierra Oscura, sano era una palabra que se usaba para los que todavía servían. Su mano rota ya cerraba mejor. El sello seguía allí, una garra verde alrededor del pecho. El nuevo oath también. A veces despertaba de madrugada con la sensación de tener una cadena en la sangre, y al otro lado de la habitación Kaia abría los ojos al mismo tiempo.
Ninguno decía nada.
Los dos sabían.
La fórmula robada vivía ahora dentro de la costura de la manta de Mateo. Tres ingredientes faltaban para probarla sin matarlo: corteza de luna seca, raíz de acónito blanco y sal negra de una frontera antigua. Salinas del Norte tenía las tres.
Conveniente.
Demasiado.
—No mires así los sacos —dijo Kaia.
Mateo apartó la vista del almacén de hierbas medicinales.
—¿Así cómo?
—Como si ya estuvieras robándolos.
—Estoy pensando en logística.
—Eso dijiste en Barranca Roja antes de entrar a un incendio.
—Y funcionó.
Kaia lo miró de lado. No sonrió. Pero su scent perdió un borde de metal, y Mateo tomó eso como una victoria pequeña, miserable y peligrosa.
Salinas del Norte era una manada de salares, viento seco y bodegas humanas dedicadas a productos minerales. Para los turistas, el territorio era un paisaje blanco bajo un sol cruel. Para los wolves, era una frontera antigua donde se firmaban tratos que nadie quería registrar.
Beta Cruz había organizado la misión como auditoría conjunta: revisar rutas de recursos entre Valle Seco, Barranca Roja y Salinas. En realidad, buscaba a Mercado.
Kaia buscaba ingredientes.
Mateo buscaba una salida.
Y todos fingían buscar lo mismo.
El viaje desde Sierra Oscura había durado medio día por carreteras de montaña, luego por caminos tan blancos que el sol parecía romperse en el suelo. Kaia condujo la primera parte sin música. Cruz hizo llamadas desde el asiento delantero con esa voz educada que usaba cuando estaba preparando una amenaza administrativa. Mateo, atrás, contó checkpoints, cámaras y cambios de scent en el aire.
No podía usar todos sus sentidos, no como antes. El sello le dejaba apenas migajas: sal, miedo, gasolina, polvo caliente, un rastro de acónito tan fino que un wolf joven lo habría confundido con medicina. Pero el cuerpo recordaba cómo sobrevivir incluso cuando le habían cortado la mitad de sus herramientas.
Kaia lo notó.
—Deja de mapear rutas de escape.
Mateo miró por la ventana.
—No estoy.
—Moviste los dedos tres veces cuando pasamos el último puesto de patrulla.
—Tengo mala circulación.
Cruz bajó el teléfono y los miró por el espejo.
—Si ustedes dos terminan discutiendo frente a Pereda, voy a escribir un reporte tan aburrido que Velasco los va a castigar solo por leerlo.
Kaia no respondió.
Mateo sí.
—Eso sería crueldad extrema, Beta.
Por primera vez en días, Cruz casi sonrió.
La pequeña grieta de normalidad murió cuando cruzaron el límite del territorio.
Las marcas de Salinas del Norte estaban talladas en postes bajos: media luna sobre una línea de sal. Nada de amenazas visibles. Nada de cabezas colgadas ni Warriors con armas levantadas. Ese era el truco. Las manadas que comerciaban con cuerpos aprendían a oler a oficina.
Kaia se ajustó la chaqueta.
—Aquí no se improvisa.
Mateo sintió el tirón del bond, ligero pero claro, como una advertencia compartida.
—Entonces no me mires cuando haga algo brillante.
—Brillante no es la palabra.
El Alpha local, Raúl Pereda, los recibió con demasiados abrazos para alguien que olía a miedo.
—Enforcer Kaia, Beta Cruz, es un honor.
Su mirada rozó a Mateo y saltó de inmediato a otro sitio.
Había oído rumores.
Todos habían oído rumores.
Mateo ya no podía sangrar sin que alguien pensara en coronas.
Cruz entró al despacho con la cortesía de un hombre que venía armado de papeles.
—Necesitamos revisar almacenes, rutas y celdas temporales.
Pereda parpadeó.
—¿Celdas?
Kaia habló antes de Cruz.
—Si no tiene nada que ocultar, será rápido.
El Alpha local sonrió.
—Por supuesto.
Mentira.
La olieron los tres.
El primer almacén tenía sal negra en barriles marcados como fertilizante. El segundo tenía corteza de luna seca escondida entre hojas de tabaco. El tercero estaba vacío, salvo por el scent de Omegas encerrados recientemente.
Mateo pasó los dedos por una pared.
—Aquí hubo cadenas.
Pereda se tensó.
—Castigos internos. Nada que interese a Sierra Oscura.
Kaia giró la cabeza.
—Todo lo que alimenta a Sierra Oscura me interesa.
Cruz no la contradijo.
Eso era nuevo.
Un ruido llegó desde abajo. Muy leve. Una tos ahogada.
Mateo miró el piso.
Kaia ya estaba moviéndose.
Encontraron la trampilla detrás de costales vacíos. Debajo había un corredor estrecho, húmedo, con olor a sal, orina vieja y acónito barato. No era una cárcel oficial. Era peor: un lugar para esconder personas antes de decidir qué nombre ponerles en los informes.
Tres Omegas estaban en la primera celda.
Dos niños casi adultos y una mujer mayor.
Kaia se agachó frente a los barrotes.
—¿Quién los puso aquí?
La mujer la miró con ojos secos.
—Los que compran nombres.
Mateo sintió frío.
—¿Nombres?
La mujer movió la barbilla hacia el fondo del pasillo.
—Te arrancan de una manada y te venden con otro registro. Warrior si sirves. Rogue si estorbas. Muerto si preguntas.
Cruz maldijo en voz baja.
Mercado.
La red no solo movía recursos.
Movía lobos.
La mujer mayor se aferró a los barrotes cuando Kaia se levantó.
—Si nos sacan sin registros, nos cazan como Rogues.
—Los registros se cambian —dijo Cruz.
Ella soltó una risa sin humor.
—Eso dijeron cuando nos trajeron.
Kaia miró a Cruz. No fue una súplica. Kaia no suplicaba. Fue peor: una exigencia silenciosa de que eligiera qué clase de Beta quería ser.
Cruz apretó la mandíbula.
—Mis hombres los escoltarán hasta Barranca Roja. Inés Aranda puede esconderlos mejor que yo.
—Eso es traición a la cadena de mando —dijo Pereda, demasiado rápido.
Mateo lo miró.
—¿A cuál cadena? ¿La oficial o la que usa Mercado para vender Omegas?
Pereda abrió la boca.
Kaia se acercó un paso. Su aura no era Alpha, pero en el pasillo estrecho su wolf llenó el aire con una amenaza blanca y fría.
—Cuidado con la respuesta.
La mujer mayor bajó la vista a las manos de Kaia. No a su rango. No a su chaqueta. A sus nudillos marcados, a esa forma de sostener dolor como si fuera una herramienta vieja.
—Tú también estuviste encerrada —dijo.
Kaia no parpadeó.
—Abra las manos cuando quitemos las cadenas. Si se mueve rápido, el metal le arranca piel.
Esa fue toda la respuesta.
Mateo olió la mentira que no era mentira. Kaia no iba a contar nada. Pero su scent cambió un segundo: laurel quemado, lluvia sobre piedra antigua, una memoria cerrada con llave.
El bond tiró hacia ella.
Mateo se obligó a no tocarla.
Kaia se puso de pie.
—Abrimos todas.
Pereda retrocedió.
—No tiene autoridad.
Kaia lo miró.
—Pruébelo.
Mateo no había visto a un Alpha local bajar la mirada tan rápido.
Mientras Cruz llamaba a sus hombres de confianza, Mateo aprovechó el caos para acercarse al armario de suministros. La sal negra estaba allí. La raíz también. Faltaba la corteza.
Kaia apareció a su lado.
—Demasiado lento.
—Estoy herido.
Ella metió tres paquetes pequeños en el bolsillo interno de su chaqueta.
—Y eres malo robando.
Mateo la miró.
—¿Eso fue ayuda?
—Fue eficiencia.
Un grito cortó el pasillo.
No venía de las celdas.
Venía de arriba.
Cuando subieron, un Warrior de Cruz cayó por las escaleras, sangrando por el cuello. En la pared del despacho, escrito con sangre, había una frase:
El hermano de las pruebas ya está en la jaula.
Mateo dejó de respirar.
Nico.
Kaia olió su reacción antes de que él pudiera esconderla.
—Mateo...
Él ya estaba corriendo.
Porque lo que ellos no ven es que una niña de 6 años no tiene poder para decidir si quiere no convertirse en una asesina....
Ah pero buenos para exigir A los demás