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Cien días para olvidarte

Cien días para olvidarte

Status: Terminada
Genre:Malentendidos / Elección equivocada / La Vida Después del Adiós / Dejar escapar al amor / Completas
Popularitas:34.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Galaxy

Valentina Reyes lleva dos años tragándose el infierno en silencio.

Cada mañana se sube al Metrobús en Coyoacán, cruza media ciudad y llega a las oficinas de Grupo Lucía en Santa Fe — el imperio empresarial del hombre que la destruyó. Cada mañana se para frente a Sebastián Montero, el CEO más despiadado de Ciudad de México, y finge que no le tiemblan las manos. Cada noche vuelve a su departamento vacío, abre el frasco de paroxetina y cuenta las pastillas que le quedan.

Sebastián la odia. O eso dice.

Porque Valentina era la mejor amiga de Lucía — su hermana menor, la que murió una noche hace cinco años en circunstancias que nadie ha podido explicar del todo. Y Sebastián está convencido de que Valentina pudo haberla salvado.

Lo que él no sabe es que Valentina también lo cree. Que la culpa la está matando por dentro mucho antes de que él pudiera hacerlo.

Un día, Sebastián le propone algo absurdo: un acuerdo de cien días. Cien días juntos — viviendo bajo el mismo techo, siguiendo sus reglas, fingiendo una relación que a ella le quema y a él le obsesiona. Cuando los cien días terminen, ella será libre. Él la dejará ir.

Pero en esos cien días pasan cosas que ninguno de los dos planeó.

Él descubre que detrás de su odio hay algo mucho peor: que nunca dejó de amarla. Ella descubre que el caso de Lucía esconde una verdad que podría cambiarlo todo — una verdad que alguien está dispuesto a matar para mantener enterrada. Y Doña Carmen, la madre de Sebastián, enferma terminal y rota por la pérdida de su hija, le exige a su hijo que elija: su familia o esa mujer.

Los cien días se acaban en Nochevieja.

Y Valentina ya decidió cómo va a terminar esta historia.

**¿Será Sebastián capaz de encontrarla antes de que sea demasiado tarde?**

NovelToon tiene autorización de Galaxy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13

Capítulo 13

Día 1

23 de septiembre.

Valentina llegó a la oficina con la certeza irracional de que todo el mundo sabía. Que en su cara estaba escrito "firmé un acuerdo con Sebastián Montero anoche" con letras de neón que solo ella no podía ver.

Pero nadie sabía. Carolina la saludó con el café de siempre. El equipo de contabilidad pasó sin mirarla. El elevador olía a perfume caro y a ambientador de pino, como todos los lunes.

Sebastián llegó a las nueve en punto. Cruzó el pasillo con el traje azul marino, el pelo peinado hacia atrás y la expresión de quien tiene una junta en cinco minutos y una vida entera que resolver después.

No la miró.

Valentina tampoco lo miró.

Era un acuerdo de cien días y ya en el día uno estaban actuando como si no existiera.

A las dos de la tarde, Valentina almorzó en la cocina de la oficina con Carolina. Quesadillas del microondas y agua de jamaica que alguien había dejado en la jarra del refrigerador.

—Te ves rara —dijo Carolina, mordiendo una quesadilla.

—No estoy rara.

—Estás sonriendo.

—No estoy sonriendo.

—Valentina, hace tres minutos te quedaste mirando el salero con cara de tonta. ¿Qué pasa?

—Nada. No dormí bien.

Carolina la miró con los ojos entrecerrados, del modo que miraba cuando no le creía pero decidía dejarlo pasar. Por ahora.

A las seis, Valentina apagó la computadora, guardó sus cosas y salió del edificio de Grupo Lucía. El aire de septiembre estaba fresco —ese momento del año en que la Ciudad de México decide que ya es otoño aunque el sol diga lo contrario— y las jacarandas de la avenida todavía conservaban las últimas flores moradas de la temporada.

Caminó media cuadra hacia la parada del Metrobús y se detuvo.

Un auto negro estaba estacionado en la esquina. Sebastián bajó la ventanilla.

—Sube.

Valentina miró alrededor. La calle estaba transitada pero nadie prestaba atención.

—¿Aquí? ¿Frente a la oficina?

—Nadie está mirando. Sube.

Subió. El auto olía a piel nueva y a tabaco frío. Sebastián arrancó sin decir a dónde iban. Valentina se puso el cinturón y esperó.

—Hoy es el día uno —dijo él, sin mirarla.

—Lo sé.

—¿Cenaste?

—Todavía no.

—Bien.

Valentina esperaba que tomara hacia Polanco. Hacia algún restaurante con manteles blancos y carta sin precios, como el Lúmina. Pero Sebastián tomó por Constituyentes y enfiló hacia Chapultepec.

—¿A dónde vamos?

—A caminar.

Estacionó junto a la entrada del Bosque de Chapultepec. Se quitó la corbata, la dejó en el asiento trasero y se desabrochó el primer botón de la camisa. Era un gesto pequeño, casi insignificante, pero Valentina lo registró como si fuera un terremoto: Sebastián Montero quitándose la armadura de CEO, prenda por prenda, antes de entrar a un parque público como una persona normal.

Caminaron por el sendero principal. A esa hora, el bosque estaba lleno de corredores, parejas con carriolas, vendedores de algodón de azúcar y señores que paseaban perros que parecían más elegantes que sus dueños. El lago brillaba con la luz del atardecer como si alguien le hubiera derramado oro encima.

—¿Por qué aquí? —preguntó Valentina.

—¿Preferías un restaurante de Polanco?

—No. Pero es que no... no esperaba esto.

—No quiero que pienses que esto es un contrato de negocios —dijo Sebastián, con la vista al frente—. Ya suficientes contratos hay entre nosotros.

Caminaron en silencio. No era un silencio incómodo sino uno de esos silencios que sirven para acostumbrarse a la presencia del otro, como cuando entras a una habitación nueva y necesitas un momento para saber dónde van tus ojos.

Un vendedor ambulante se acercó con un bote lleno de flores individuales: rosas, claveles, margaritas. Y girasoles.

—¿Le lleva una flor a la señorita? —preguntó el vendedor con la sonrisa entrenada de quien vende cien flores al día.

Sebastián se detuvo. Miró los girasoles. Miró a Valentina. Sacó un billete, tomó un girasol y se lo tendió a ella con un movimiento rápido, casi brusco, como si el brazo le hubiera ganado a la razón.

Valentina tomó la flor. Los pétalos le rozaron los dedos. Amarillos, abiertos, con ese centro oscuro que siempre le recordaba un ojo mirando al sol.

—Gracias —dijo.

Sebastián ya había girado la cabeza. Caminó tres pasos adelante antes de que ella lo alcanzara. Sus orejas, notó Valentina con una sorpresa que le calentó el pecho, estaban rojas.

Sebastián Montero se había sonrojado.

Siguieron caminando por el lago. Valentina llevaba el girasol como si fuera un trofeo. Sebastián metió las manos en los bolsillos y habló de cosas que ella nunca le había escuchado mencionar: que de niño venía a Chapultepec con Lucía todos los domingos, que Lucía se perdía siempre y él la encontraba siempre, que una vez un pato le mordió el dedo a Mateo y Lucía se rio tanto que se cayó al pasto.

Valentina escuchaba. No interrumpía. Cada historia era un regalo que él no sabía que estaba dando: fragmentos de Lucía que ella no conocía, versiones de una niña que fue su mejor amiga pero que también fue la hermana menor de este hombre que caminaba junto a ella con las manos en los bolsillos y las orejas todavía rojas.

—Lucía decía que los girasoles eran soles que se habían cansado de estar arriba —dijo Sebastián—. Y que por eso bajaban a la tierra.

Valentina miró la flor en su mano. Los ojos le ardían.

—Suena a ella.

—Sí.

Se sentaron en una banca frente al lago. El cielo se había puesto naranja y morado, y los patos nadaban en círculos lentos como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Un niño tiró un pedazo de pan al agua y tres patos se lanzaron a competir por él.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Valentina.

—Depende.

—¿Por qué cien días? ¿Por qué no cincuenta, o doscientos?

Sebastián miró el lago.

—Porque cien es un número honesto. No es tan corto como para ser una prueba. No es tan largo como para ser una trampa. Es suficiente para saber la verdad.

—¿Y si la verdad no te gusta?

—Entonces al menos la voy a saber.

Un vendedor de esquites pasó con su carrito. Valentina compró uno sin queso y le ofreció a Sebastián, que negó con la cabeza pero que tres minutos después le pidió una cucharada.

Comieron esquites de la misma cuchara sentados en una banca de Chapultepec, como dos personas normales en una ciudad de veinte millones de habitantes, y por un momento —breve, frágil, casi invisible— Valentina olvidó que entre ellos había un acuerdo firmado, una hermana muerta, una madre que la odiaba y cinco años de dolor acumulado.

Solo había un parque, un girasol y un hombre que no sabía ser amable pero que estaba intentando.

El celular de Valentina sonó. Número local, sin identificar. Contestó.

—¿Señorita Reyes? Soy el licenciado Ramírez. Buenas noticias: Daniela Ríos aceptó verla. Pero pone una condición: solo usted. Y tiene que ser en Monterrey. Puede recibirla el viernes.

Valentina se quedó callada. Miró a Sebastián, que la observaba con el ceño fruncido, leyendo su expresión como quien lee un informe con datos que no cuadran.

—Gracias, licenciado. Ahí estaré.

Colgó. Guardó el teléfono.

—¿Todo bien? —preguntó Sebastián.

—Sí. —Valentina miró el girasol en su mano. Los pétalos brillaban con la última luz del atardecer—. Solo... tengo que ir a Monterrey el viernes.

Sebastián no preguntó por qué. La miró un momento, con esa mirada que Valentina estaba empezando a descifrar: la de alguien que quiere saber pero que ha decidido que hoy no es el día para pedir respuestas.

—Te llevo al aeropuerto —dijo.

No era una pregunta.

Valentina sonrió. Era una sonrisa pequeña, apenas un movimiento de labios, pero era real.

—Está bien.

Día uno, y ya había un girasol, un esquite compartido y una sonrisa real.

Noventa y nueve días por delante.

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neumidia ruiz
es una historia triste , saca algunas lágrimas, los personajes algunos egoístas que permiten que la ceguera y la cobardia destruye u opaque el amor con un final sin sabor
neumidia ruiz
madre mia es fuerte la culpa de todos esto se tiene que aclarar y ojalá no sea tarde para valentina y Sebastian aunque creo que si cinco años son muchos
veritoo❤️
hasta ahora lo q lei es puro odio pura cobardía..ella tne q alejarse d tanta toxicidad..está bien errar y pedir perdón..pro q se aleje. ninguna d esas personas se la merece xq son egoístas ..en cada situación en la q le gane el dolor o estén con miedo a sus basuras van a buscar culpables..para ellos no existe un mundo sin culpables e inocentes..ella tne q alejarse..le quitaron todo..hasta las ganas d vivir...😡
Yecenia Burgos
excelente obra gracias por escribir algo tan profundo dónde la salud mental se tiene que cuidar
Liliana Ester Doretto
Me gustó, pero me dejó un sabor raro en la boca...una novela gris,personas grises,vidas grises,opacas,cobardes,miedosas,...la alegría,los colores están muertos... girasoles que miran esa muerte,rara ,triste,...en fin...
Liliana Ester Doretto
y qué pasa con la testigo???
Liliana Ester Doretto
pero, cuándo va a viajar en busca de la testigo?? Está tardando mucho...
Odalys Díaz
muy buena
Andrea Nardelli
linda
Graciela Saiz
perdón ,no me gustó el final , debieron estar juntos 😢
Graciela Saiz
Carmen dentro de su dolor es mala😡
Graciela Saiz
son crueles ,ella no es culpable , que fácil lo hacen 😢
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