Cinco años después de haber sido absuelta por la misteriosa muerte de sus dos primeros esposos, la enigmática Rubí Vicentelli regresa al ojo de la tormenta pública al anunciar su tercer matrimonio con Julián, un millonario cuya fortuna promete salvar de la ruina a la aristocrática pero decadente familia Vicentelli. Sin embargo, la noche de bodas se convierte en un matadero cuando Julián aparece colgado del candelabro principal de la mansión.
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Capitulo 13
La opulencia del salón aún se mantiene intacta en esta época. Las grandes cortinas de terciopelo filtran una luz dorada y el mármol brilla sin una sola mancha de ceniza del pasado. Elena toma una copa de vino mientras conversa con Henrique cerca de la chimenea.
Las puertas de la mansión se abren con una suavidad pasmosa. No hay golpes ni violencia, pero la presencia de la mujer que cruza el umbral hace que el aire se vuelva súbitamente pesado y cauteloso.
Se presenta como MAR. Es una mujer de una elegancia magnética, vestida con un abrigo sastre color marfil y guantes de seda portugués. Su mirada, de un azul acerado, recorre el lugar con una familiaridad posesiva que perturba de inmediato a Elena. No pide permiso; camina directo al sillón principal de Altagracia y se sienta, cruzando las piernas con absoluta autoridad.
—¿Quién es usted y qué hace en mi casa? —exige Elena, dejando la copa en una mesa, sintiendo un escalofrío que no logra comprender ni entender.
—Vine a tomar el control de lo que legítimamente me pertenece, Elena —responde Mar con una voz pausada, melodiosa pero cargada de una frialdad implacable—. A partir de hoy, cada movimiento de la naviera y cada decisión en esta mansión pasarán por mis manos.
—Eso es imposible —interviene Henrique, dando un paso al frente—. Yo manejo las acciones de la familia de Rubí. Usted no tiene ningún derecho legal aquí.
Mar esboza una sonrisa enigmática, sacando de su bolso de mano un documento antiguo con el sello de la jefatura de Barinas, pero vuelve a guardarlo antes de que Henrique pueda leer el contenido. Su perfil es un misterio absoluto: conoce los secretos financieros más oscuros de Arturo, se mueve con la confianza de quien ya gobernó este pueblo en las sombras y sus ojos guardan el mismo brillo calculador que la Mujer del Velo Negro.
—Los derechos legales se compran con el silencio, Henrique —susurra Mar, mirándolo fijamente—. Pregúntale a Elena qué pasó en este mismo salón antes de que naciera Alejandro. Vine a dominar a esta familia, y créeme, ninguno de ustedes tiene las agallas para detenerme.
La transición temporal nos arrastra a un futuro desolador. Las paredes de concreto están húmedas y cálida el único conducto de luz es una pequeña rejilla con las rejas oxidados en lo alto del techo. El sufrimiento se respira en el ambiente estéril.
Sentada en el suelo de piedra, vistiendo un uniforme de convicta gris y desgastado, está la detective Samtina. Sus manos, antes firmes, ahora tiemblan de forma incontrolable a causa de un brutal trauma psicológico. Tiene los labios agrietados y la mirada perdida en el vacío.
Unos pasos elegantes resuenan en el pasillo exterior. La puerta de hierro se abre con un quejido agudo y audaz.
***
Rubí entra a la celda. Viste un traje negro oscuro brillante impecable, cubierto por una gabardina costosa. Se detiene a unos pasos de Samtina, observándola desde las alturas con una compasión que duele más que un golpe en el corazón.
—Viniste a burlarte… —susurra Samtina con una voz rota, desprovista de toda la soberbia del pasado—. Me encerraste aquí. Me armaste la misma trampa que le armaste a mi padre.
—Tú te encerrare sola, Samtina —responde Rubí con una voz humana, pausada, llena de una madurez gélida y paciente—. Te obsesionaste tanto con la soga que terminaste poniéndotela tú misma en el cuello. Te advertí que el verdadero asesino no viste de seda.
Samtina se lleva las manos a la cabeza, comenzando a balancearse de adelante hacia atrás en un brote de desesperación, destrozada por el peso de la verdad que descubrió demasiado tarde sin poder volver.
—Él me lo dijo en el sótano… antes de quitarme la placa… —delira Samtina, llorando descontrolada—. El hombre del luto… él usa la colonia de tu padre, Rubí. No era el exesposo de Elena… era el tuyo. El muerto que nunca murió.
Rubí no responde. Da la vuelta con una lentitud tortuosa y sale de la celda, dejando a la detective sumida en la más absoluta locura y oscuridad de su triste realidad, mientras el eco de sus gritos retumba en el pasillo, dejando el dramatismo en su punto más asfixiante en su vida.
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