Estrella Cloe Pattison Evans siempre supo que era diferente. Mitad humana y mitad demonio, vive ocultando una oscuridad que apenas puede controlar mientras Gabriel, un ángel y amigo de su padre, intenta protegerla del peligro que la rodea. Pero todo cambia cuando conoce a Adrik, un misterioso vampiro ligado al enemigo de su familia.
Su presencia despierta poderes inestables, secretos ocultos y una conexión imposible de ignorar. Mientras fuerzas peligrosas comienzan a buscarla, Estrella descubrirá que su destino podría cambiar el equilibrio entre la luz y la oscuridad.
Ahora deberá decidir si luchar contra lo que es… o aceptar el poder que corre por su sangre.
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Capítulo 12
No regresé al salón.
Ni lo intenté.
Porque ya no era una opción.
Era un error.
Uno más.
Y hoy…
ya había tenido suficientes.
El pasillo estaba vacío ahora.
Demasiado.
Como si todo lo que había pasado unos minutos antes…
hubiera sido borrado.
Pero no lo fue.
Lo llevaba conmigo.
En la respiración.
En las manos.
En esa sensación constante que no terminaba de irse.
Mi energía seguía ahí.
No desbordada.
Pero tampoco tranquila.
Como si estuviera… esperando.
Eso fue lo que más me incomodó.
No el caos.
No el miedo.
La espera.
—Esto no está bien… —murmuré.
Caminé sin dirección clara.
Solo alejándome.
Del salón.
De la gente.
De—
él.
Eso último…
pesó más de lo que quería admitir.
Porque incluso con distancia—
seguía sintiéndolo.
Más débil.
Más difuso.
Pero presente.
Como un eco.
—Genial… —susurré.
Me detuve.
Apoyé la mano contra la pared.
Fría.
Real.
Necesaria.
Cerré los ojos.
Respira.
Inhala.
Exhala.
Lo intenté.
Otra vez.
Pero ahora no era lo mismo.
Porque cada vez que intentaba estabilizarme—
aparecía.
Esa sensación.
No externa.
No invasiva.
Familiar.
Y eso—
era peor.
Abrí los ojos de golpe.
—No puede ser…
Me alejé de la pared.
Como si eso fuera a ayudar.
No lo hizo.
Porque no estaba afuera.
Estaba en mí.
—
El silencio del pasillo se rompió con pasos.
Firmes.
Controlados.
No necesitaba girar para saber quién era.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Mi energía también.
Un pulso leve.
Involuntario.
—No… —susurré.
—Lo estás sintiendo.
Su voz.
Detrás de mí.
Más lejos que antes.
Pero igual de clara.
No me giré.
—Aléjate.
No fue agresivo.
Fue necesario.
—No puedo.
Cerré los ojos con fuerza.
—Claro que puedes.
—No así.
Fruncí el ceño.
—¿De qué hablas?
Silencio.
Y eso ya era mala señal.
—No es solo tu energía —dijo finalmente.
Mi respiración se tensó.
—Ya lo dijiste.
—No entendiste.
Eso—
me hizo girar.
Ahí estaba.
A unos metros de distancia.
No cerca.
No como antes.
Pero tampoco lo suficiente lejos.
—Entonces explícalo —exigí.
Mi voz más firme de lo que me sentía.
Sus ojos se fijaron en los míos.
Serios.
Más que nunca.
—No se trata de que tu energía reaccione a mí.
Una pausa.
Corta.
Pesada.
—Se está sincronizando.
El mundo se quedó en silencio.
—¿Qué?
—No es solo reacción —añadió—. Es ajuste.
Mi pulso se aceleró.
—Eso no tiene sentido.
—Lo tendrá.
Odiaba esa respuesta.
—¿Por qué contigo?
Silencio.
Otra vez.
Pero esta vez…
diferente.
Más personal.
—Porque eres compatible.
El aire se volvió más pesado.
—No… —negué—. No, eso no—
Mi energía reaccionó.
Más fuerte.
Solo por esa palabra.
Compatible.
—Lo estás sintiendo —dijo.
No como duda.
Como hecho.
—Cada vez que te acercas—
Dio un paso.
Solo uno.
Mi respiración se rompió.
—¡No!
Mi energía subió de golpe.
—¡No te acerques!
Se detuvo.
De inmediato.
Pero ya era tarde.
Porque el cambio ya estaba pasando.
Dentro de mí.
Más rápido.
Más intenso.
Más… conectado.
—¿Lo ves? —murmuré.
Mi voz ya no era firme.
—Esto no es control.
Es otra cosa.
Y eso—
era mucho peor.
No debí quedarme.
Pero tampoco me fui.
Y eso ya decía demasiado.
El aire entre nosotros seguía tenso.
No pesado…
no oscuro…
diferente.
Como si algo invisible se hubiera formado justo ahí—
entre él y yo.
Respiré lento.
Error.
Porque en cuanto lo hice—
sentí el cambio.
No solo en mí.
En él también.
Mi pecho se apretó.
—¿Lo sientes?
No quise preguntarlo.
Pero salió igual.
Sus ojos no se apartaron de los míos.
—Sí.
Demasiado rápido.
Demasiado seguro.
Eso no me gustó.
—Entonces aléjate.
Mi voz fue más baja esta vez.
Más… consciente.
—No funciona así.
—Haz que funcione.
Silencio.
Pero no fue duda.
Fue decisión.
Y eso fue peor.
—Si me alejo—
Dio medio paso atrás.
Mi respiración se estabilizó… apenas.
—se calma un poco.
Una pausa.
—Pero no desaparece.
Lo sabía.
Lo estaba sintiendo.
Como un hilo invisible…
tirando.
—Entonces córtalo.
Lo dije sin pensar.
Sin medir.
Sus ojos cambiaron.
No mucho.
Pero lo suficiente.
—No sé si se puede.
El pulso en mi cuello se aceleró.
—No me digas eso.
—Prefiero no mentirte.
Eso dolió más de lo que debería.
Porque sonó… real.
Demasiado real.
—No puedes quedarte cerca.
—No puedo irme lejos.
Fruncí el ceño.
—Eso no tiene sentido.
—Para ti no.
Pausa.
—Para mí… sí.
El aire vibró otra vez.
Suave.
Pero más presente.
Como si algo se estuviera alineando…
sin pedir permiso.
—No te acerques.
—No me estoy acercando.
—Entonces ¿por qué—?
No terminé la frase.
Porque lo sentí.
Ese tirón.
Más fuerte.
Más claro.
Más… inevitable.
Di un paso atrás.
Instinto.
Pero mi cuerpo no respondió igual.
Como si algo en mí…
no quisiera alejarse.
—Esto no está bien.
Mi voz bajó.
Más rota.
Más honesta.
—Lo sé.
Y aun así—
no se movió.
—Entonces haz algo.
—Lo estoy haciendo.
—¿Qué?
Silencio.
Un segundo.
Dos.
—No perder el control.
Eso me detuvo.
Porque yo…
no podía decir lo mismo.
El calor volvió.
No como antes.
No caótico.
Más concentrado.
Más profundo.
Mis manos temblaron.
—No…
Respira.
Centro.
Límite.
Yo.
Pero esta vez—
no era solo mío.
Lo sentía mezclarse.
Desfasarse.
Volver.
Como si hubiera otro ritmo…
intentando encajar con el mío.
—Está pasando otra vez.
Mi voz salió apenas.
—No luches contra todo.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—Solo contra lo que no eres tú.
Mi respiración se quebró.
—No sé diferenciarlo.
—Entonces siente.
Dio un paso.
Pequeño.
Controlado.
Mi energía reaccionó al instante.
Subió.
Pero no explotó.
Se tensó.
Como una cuerda a punto de romperse.
—Te dije que no—
—Confía.
La palabra me golpeó.
—No.
Demasiado rápido.
Demasiado claro.
—No puedo confiar en esto.
—No en esto.
Pausa.
—En mí.
Silencio.
Mi mente dijo que no.
Mi cuerpo—
dudó.
Y eso fue suficiente.
Porque el tirón se hizo más fuerte.
No físico.
Pero real.
Como si el espacio entre nosotros…
se acortara solo.
Mi respiración se volvió irregular.
—Si das otro paso—
—No lo haré.
Pero ya estaba más cerca.
No sabía cómo.
No lo vi moverse.
Pero lo sentí.
Y eso era peor.
Mucho peor.
—Esto es un error.
—Tal vez.
Sus ojos no se apartaron.
—Pero también es la única forma de entenderlo.
El calor subió.
Más fuerte.
Más intenso.
Mi visión tembló un segundo.
—No…
Mis manos se cerraron.
El aire a mi alrededor vibró.
Ligero.
Pero peligroso.
—Estrella.
Mi nombre sonó distinto en su voz.
Más firme.
Más… presente.
—Mírame.
Lo hice.
Error.
Porque en cuanto lo hice—
todo se alineó.
Un segundo.
Nada más.
Pero fue suficiente.
Latido.
Uno.
No mío.
Nuestro.
El aire se comprimió.
El sonido desapareció.
Y el mundo…
se detuvo.
—¿Lo sentiste?
Susurró.
No respondí.
Porque no podía.
Porque sí.
Y porque eso…
no debía ser posible.
El momento se rompió.
De golpe.
El aire volvió.
El sonido regresó.
Y el calor—
se disparó.
—¡No!
Retrocedí.
Esta vez sí.
Mi energía estalló un poco.
No destructiva.
Pero sí suficiente.
El aire se sacudió entre nosotros.
Separándonos.
Cortando la conexión.
Por ahora.
Mi respiración era un desastre.
—Esto…
Tragué saliva.
—esto no es normal.
Él no respondió de inmediato.
Solo me observó.
Analizando.
Midiendo.
—No.
Finalmente dijo.
—No lo es.
Pausa.
Pesada.
Real.
—Y apenas está empezando.
Eso…
no ayudó.
Para nada.
No tuve tiempo de recuperarme.
Porque en cuanto el aire se estabilizó—
algo cambió.
No entre nosotros.
Alrededor.
El pasillo…
se volvió demasiado silencioso.
Otra vez.
Pero no como antes.
Esto no era calma.
Era… vacío.
—¿Lo sientes?
Mi voz salió baja.
Tensa.
—Sí.
Esta vez su respuesta no fue inmediata.
Fue cuidadosa.
Eso bastó.
—No es lo mismo de antes.
—No.
Pausa.
—Esto viene de afuera.
Mi estómago se tensó.
—Perfecto…
Murmuré.
—Justo lo que faltaba.
El aire bajó de temperatura.
Gradual.
Pero claro.
Mi piel reaccionó primero.
Después…
mi energía.
Un pulso leve.
Defensivo.
—Estrella.
Su tono cambió.
Más serio.
Más… alerta.
—Ponte detrás de mí.
—No.
La respuesta salió automática.
—No soy un escudo que tienes que cubrir.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—No dije eso.
—Lo pensaste.
Silencio.
Un segundo.
Dos.
—No tengo tiempo para discutirlo.
Eso…
era peor.
Porque significaba que tenía razón.
Pero no me moví.
No retrocedí.
Y esta vez—
él tampoco insistió.
El sonido llegó después.
Un roce.
Leve.
Como algo moviéndose entre las paredes.
Pero no había nadie.
No visible.
—Esto no me gusta.
—A mí tampoco.
El aire vibró.
Igual que en el bosque.
Pero más contenido.
Más… enfocado.
Como si quien fuera—
estuviera aprendiendo.
—Nos está probando.
La frase salió de él.
Baja.
Segura.
Mi pecho se apretó.
—¿Otra vez eso?
—No es casualidad.
—Nada lo es últimamente.
El silencio se rompió.
Un golpe seco contra los casilleros del fondo.
Metálico.
Fuerte.
Innecesario.
Mi cuerpo reaccionó.
Instinto puro.
Mi energía subió.
No descontrolada.
Pero sí lista.
—Sal.
Esta vez fui yo quien habló.
Firme.
Sin dudar.
Nada.
Pero el aire respondió.
Oscureciéndose apenas.
Como una sombra sin forma.
—No es el mismo de antes.
Susurré.
—No.
Su mirada se tensó.
—Este… es más estable.
Eso no era bueno.
Para nada.
—¿Puedes verlo?
—No completamente.
—Genial.
El espacio frente a nosotros se distorsionó.
Sutil.
Pero suficiente.
Como si algo empujara desde otro lado.
Mi respiración se desaceleró.
A propósito.
Control.
Centro.
Límite.
Yo.
Pero esta vez—
algo más se alineó.
No igual que antes.
Más distante.
Más… controlado.
—No te conectes otra vez.
Su voz fue baja.
Directa.
—No lo estoy haciendo.
—Lo estás permitiendo.
Eso me hizo dudar.
Un segundo.
Y eso fue suficiente.
La sombra avanzó.
Rápida.
Sin forma clara.
Directo hacia mí.
—¡Ahora!
No pensé.
Actué.
Mi energía subió—
pero no explotó.
Se cerró.
Como un escudo.
El impacto no llegó.
Se detuvo.
A centímetros.
Como si hubiera chocado contra algo invisible.
Otra vez.
Pero esta vez—
no era solo eso.
Yo lo estaba sosteniendo.
Mi respiración tembló.
—Lo tengo…
Susurré.
Incrédula.
—No lo sueltes.
Di un paso al frente.
Error.
O no.
Porque la sombra retrocedió.
Inestable.
Confundida.
—No es tan fuerte.
—No subestimes.
—No lo hago.
Mi voz bajó.
Más firme.
—Solo… lo estoy entendiendo.
El aire tembló.
La presencia dudó.
Y entonces—
se retiró.
Rápido.
Sin despedida.
Sin error.
Como si ya hubiera obtenido lo que quería.
El silencio volvió.
Pesado.
Completo.
Real.
Pero yo…
no bajé la guardia.
No todavía.
—Se fue.
—Por ahora.
Eso…
no tranquilizaba.
Para nada.
Mi respiración seguía inestable.
Pero mi energía—
no.
Se mantenía.
Controlada.
Firme.
Diferente.
—Antes no podía hacer eso.
Susurré.
Más para mí que para él.
—Lo sé.
Lo miré.
—Entonces ¿qué cambió?
Silencio.
Pero esta vez—
no evitó responder.
—Tú.
Eso me detuvo.
—No.
Negué.
—Eso no es suficiente.
—No estás sola en esto.
Fruncí el ceño.
—No me refiero a eso.
Pausa.
—Me refiero a lo que eres.
El aire volvió a sentirse más pesado.
No por amenaza.
Por verdad.
—Aún no lo entiendes.
—Entonces explícame.
Sus ojos dudaron.
Solo un segundo.
—No aquí.
Odiaba esa respuesta.
—Siempre es “no ahora”.
—Porque cuando sea el momento—
Pausa.
Más firme.
—ya no vas a poder ignorarlo.
Eso…
se sintió como una advertencia.
No como ayuda.
—Perfecto.
Murmuré.
—Me encanta cómo suena eso.
Pero dentro de mí—
algo ya lo sabía.
Esto no iba a detenerse.
No iba a disminuir.
No iba a desaparecer.
Iba a crecer.
Y esta vez—
yo también.
Respiré lento.
—Esto cambia las cosas.
—Sí.
—Entonces deja de ocultarme partes.
Silencio.
—No estoy ocultando.
—Entonces estás esperando.
No respondió.
Y eso fue suficiente.
—Bien.
Asentí.
—Pero la próxima vez—
Mi voz bajó.
Más firme.
Más segura.
—no voy a retroceder.
Algo en su expresión cambió.
Ligero.
Pero real.
—Lo sé.
Pausa.
—Y eso es lo que me preocupa.
Eso…
me hizo sonreír apenas.
Cansada.
Pero decidida.
—Debería.
El timbre sonó.
De golpe.
Rompió todo.
El momento.
La tensión.
La conexión.
Pero no lo que ya había pasado.
Nunca eso.
—Tenemos que volver.
—Sí.
Pero ninguno se movió de inmediato.
Porque ambos sabíamos la verdad.
Esto ya no era un problema.
Era un comienzo.
Y no uno bueno.
Porque algo allá afuera—
ya había puesto los ojos en mí.
Y ahora…
yo también estaba empezando a verlo.