Valentina Ruiz, de 29 años, se casa con Alejandro Montesinos en una ceremonia de ensueño, pero apenas después del matrimonio, él tiene que viajar a Estados Unidos por un largo viaje de negocios. Mientras él está ausente, la familia de Alejandro – su madre doña Elena, su hermana Carolina y su tío Javier – la trata con indiferencia, desprecio y hasta humillaciones.
Cuando Valentina descubre que Alejandro le es infiel con su antigua novia, decide callarlo todo para proteger el matrimonio que tanto soñó y porque cree que su amor puede cambiar las cosas.
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Capitulo 13
El timbre de la puerta sonó justo cuando Valentina terminaba de colgar la ropa limpia en la cocina. Al abrirlo, encontró al cartero con un paquete grande y bien envuelto en papel de seda negra, atado con una cinta de raso dorado.
—Paquete internacional, señora —dijo el cartero, extendiendo la hoja para que la firmara—. Llegó esta mañana desde Nueva York.
Valentina firmó con las manos temblorosas y llevó el paquete hasta la cocina, donde se sentó en la mesa de madera vieja que usaba para coser algunas tardes. El papel tenía un sello con el logo de la empresa de Alejandro, y en la esquina había una nota adhesiva escrita a mano: "Para mi amor Valentina – te extraño cada día más."
Con cuidado, fue quitando la cinta y el papel. Dentro había un vestido de seda azul eléctrico, con bordados de pedrería en las mangas y un escote en corazón que parecía hecho a medida. Junto a él, una caja pequeña con un juego de joyas de perlas y esmalte rojo, y una nota más larga que la anterior:
"Mi amor, sé que estos meses han sido difíciles sin mí cerca. Este vestido es de una diseñadora que conocí aquí – dijo que te quedaría de maravilla. La vi en una vitrina y pensé inmediatamente en ti. Te extraño más de lo que puedo decir, y cada día que pasa sin verte es más largo. Espero que te guste el regalo – cuando vuelva, la casa estará llena de nosotros dos. Te amo con todo mi ser. Alejandro."
Valentina sintió cómo el corazón le daba un vuelco de esperanza. Quizás todo lo que había pasado era solo un malentendido, quizás él la quería de verdad y esa mujer de Nueva York no era más que un recuerdo del pasado. Se pasó las manos por el vestido, sintiendo la suavidad de la seda contra su piel, y se imaginó a Alejandro eligiéndolo con esmero para ella.
Se fue a su habitación a probarlo. El vestido le quedaba a la perfección – los bordados brillaban bajo la luz de la ventana, y las mangas caídas le daban un aire elegante que nunca se había atrevido a llevar. Se miró en el espejo y por un instante sintió que podía ser parte de algo grande, que pertenecer a esta familia.
Decidió ir a mostrarlo a doña Elena, con la esperanza de que esta vez la aceptara como la esposa de su hijo. Se acercó a la sala donde la madre de Alejandro estaba sentada, cosiendo unos pañuelos de encaje.
—Señora —dijo Valentina, con la cabeza alta—. Alejandro me envió un regalo desde Nueva York. Creo que te gustará verlo.
Doña Elena levantó la vista de su trabajo y la miró de arriba abajo. Frunció el ceño al ver el color intenso del vestido.
—Ese azul no te sienta bien, Valentina —dijo, con voz fría—. Es demasiado llamativo para una mujer casada. Las esposas de los Montesinos llevamos colores sobrios, elegantes. Ese tipo de ropa es para mujeres jóvenes y sin rumbo, no para quien tiene que representar a una familia como la nuestra.
—Pero Alejandro me lo envió desde Nueva York —intentó explicar Valentina, con la voz temblorosa—. Dijo que me quedaría de maravilla.
—Alejandro no siempre sabe lo que es mejor para ti —contestó doña Elena, bajando la vista a su trabajo—. Quizás lo compró por la prisa, sin pensar en cómo se vería en ti. Ese tipo de ropa es para mujeres más... refinadas. Guárdalo en el armario y no lo vuelvas a poner hasta que aprendas a comportarte como corresponde a una esposa de esta familia.
Carolina entró en ese momento y vio el vestido. Se rió suavemente al ver el color.
—¡Ay, Valentina! —dijo, con una risa contenida—. Ese color es demasiado fuerte para ti. Ya te dije que deberías aprender a elegir cosas más acordes a nuestra forma de ser. Alejandro no sabe cómo son las cosas en casa cuando no está, ¿verdad?
Valentina bajó la cabeza y cogió el vestido de seda, llevándolo de vuelta a su habitación. Guardó el vestido con mucho cuidado en la caja original y cerró la puerta con suavidad. Se sentó en la cama y miró el regalo de nuevo. Sabía que no debía decir nada a Alejandro sobre la reacción de su familia – él ya tenía suficiente con su trabajo, y ella no quería preocuparlo más de lo necesario. Callaría esta vez también, porque aún creía en su amor.
Más tarde esa misma tarde, Valentina se encontró en la cocina, limpiando las encimeras con un paño húmedo. Carolina entró sin hacer ruido y se apoyó en la puerta, observándola.
—Así que crees que ese vestido va a cambiar las cosas —dijo Carolina, con una sonrisa burlona—. Mi madre tiene razón, tú no entiendes nada de estilo. Alejandro solo te compra esas cosas por culpa.
Valentina siguió limpiando sin mirarla: "Es un regalo de él. No tengo nada más que decir".
Carolina se acercó un paso: "¿No vas a contarle cómo lo hemos recibido? Él merece saber que no puedes llevarte bien con nada de lo que le pertenece".
Valentina se secó las manos y guardó el paño en el cajón. Se giró hacia ella, pero sus ojos estaban vacíos de lágrimas ahora – solo había cansancio.
—No voy a decírselo nada —dijo, con voz firme—. Él decidirá qué hacer cuando regrese. No necesito que nadie me diga cómo vivir mi vida.
Cuando Carolina se fue, Valentina cogió el teléfono y buscó el número de su madre. Pero al final lo guardó en el bolsillo sin llamar. Se sentó en la mesa de la cocina, mirando el paquete con el vestido de diseñador envuelto en papel de seda. Callaría esta vez también, pero sabía que ya no podría seguir así por mucho tiempo.