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La Fruta Prohibida Del Señor Easton

La Fruta Prohibida Del Señor Easton

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor prohibido / Posesivo
Popularitas:3.9k
Nilai: 5
nombre de autor: A.B.G.L

Luke Easton lo perdió todo al volver a casa. La mujer que amaba, el futuro que imaginó... todo esfumado en una traición que lo dejó vacío.

En las calles ardientes de Los Ángeles, buscando un nuevo comienzo, el destino le ofrece una oportunidad inesperada: convertirse en guardaespaldas.

Pero, ¿será esta nueva vida la redención que busca, o el destino tiene otros planes para él? El juego apenas comienza...

Novela extensa...

NovelToon tiene autorización de A.B.G.L para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Conversaciones al Aire...

...22...

La música de la gala sigue sonando a lo lejos, un susurro de violines y contrabajos que parece pertenecer a otro mundo. Yo me encuentro en la terraza exterior del centro de convenciones, donde el aire caluroso de la noche se mezcla con el aroma de las flores en maceteros y el humo de los cigarros de algunos invitados. He estado vigilando el acceso durante los últimos diez minutos, buscando cualquier señal de peligro, cuando la veo aparecer entre las cortinas de cristal.

Ella camina con paso rápido, sus tacones negros golpeando el suelo de mármol con un ritmo que parece reflejar la tensión en su cuerpo. El vestido verde esmeralda se mueve con cada uno de sus movimientos, y en la luz tenue de las lámparas de pie, parece que lleva consigo un trozo de la noche misma. Cuando llega hasta mí, sus ojos ámbar están oscuros de emoción, y noto cómo frunce ligeramente la nariz mientras muerde su labio inferior —la señal que he aprendido a reconocer como su forma de contener la molestia o la tristeza.

Ese pequeño gesto me atraviesa como una daga. Me recuerda que detrás de la elegancia y la compostura que muestra al mundo, hay una mujer vulnerable, con sentimientos que nadie parece querer respetar.

—Luke —susurra, acercándose hasta que apenas nos separa un par de pasos—. Disculpa que te moleste, pero… necesitaba salir un momento.

Necesitabas escapar, pienso, pero me limito a asentir con cabeza.

—No es molestia, señorita. ¿Está bien?

Ella hace una mueca que no es ni una sonrisa ni una mueca de dolor. Se apoyó en la barandilla de la terraza, mirando hacia la ciudad que brilla a lo lejos, con sus luces como un mar de estrellas caídas.

—Sí… estoy bien. Solo necesitaba aire fresco. Adrian es… es muy cariñoso esta noche.

No puedo contenerme más. La verdad está en la punta de mi lengua, caliente y ácida, lista para salir.

—Cariñoso no es la palabra que usaría, señorita —digo, mi voz más baja de lo habitual, cargada de una intensidad que no puedo ocultar—. Lo que él está haciendo no es cariño. Es posesión. Como si fuera tu dueño y tuviera derecho a tocarte como quiera, donde quiera, sin preguntar.

Ella se vuelve hacia mí de golpe, sus ojos abiertos de sorpresa y algo que parece ser enojo. Vuelve a fruncir la nariz, mordiéndose el labio inferior con más fuerza, y yo siento cómo mi cuerpo responde involuntariamente —cómo la sangre se precipita hacia mis sienes, cómo mi mano se aprieta contra la barandilla hasta sentir el metal frío contra mi piel. Ese pequeño gesto, tan íntimo y vulnerable, provoca en mí una mezcla de deseos y protección que me hace sentir a la vez poderoso y completamente indefenso.

—No tienes derecho a hablar de él así —dice, su voz firme pero temblando ligeramente—. Adrian es mi novio. Nos queremos. A veces solo es… demostrativo.

—Demostrativo no es besarla como si quisiera comérsela delante de toda la gente —insisto, sintiendo cómo la ira que he estado conteniendo toda la noche comienza a aflorar—. No es tocarte la espalda, los brazos, la cadera como si no existieran los límites. No es mirarte como si fueras un objeto para su placer y no una persona con sus propios sentimientos y deseos.

Su rostro se pone rojo de molestia, y veo cómo los mechones de su cabello rubio ceniza se pegan a su nuca húmeda. Me estoy pasando de los límites, lo sé. Soy su guardaespaldas, no su amigo, no su consejero, no quien tiene derecho a juzgar sus relaciones. Pero algo en la forma en que él la trata, en la manera en que ella intenta ocultar su incomodidad, me hace perder el control.

—Luke, por favor —dice, bajando la mirada—. No quiero hablar de esto. No es asunto tuyo.

—Es asunto mío cuando la persona que estoy encargado de proteger se siente incómoda —respondo, demasiado directo, demasiado sincero—. Es asunto mío cuando veo que alguien está tratándote como si no valieras más que lo que puede obtener de ti. Porque eso es lo que él quiere, ¿no? Solo quiere llevarte a la cama, demostrar al mundo que le perteneces.

La palabra queda suspendida en el aire entre nosotros, pesada y cargada de significado. Veo cómo su piel se vuelve completamente roja, cómo sus ojos se llenan de lágrimas que lucha por contener, cómo sus manos tiemblan sobre la barandilla. Se enrojece hasta las orejas, y su respiración se vuelve jadeante, como si le hubieran dado un golpe en el estómago.

—E-eso no es cierto —susurra, pero su voz carece de convicción—. Adrian me quiere. Nos hemos comprometido a futuro.

—¿Y eso qué significa? —pregunto, aunque ya sé la respuesta. He visto la forma en que él la mira, la manera en que sus manos buscan siempre la piel descubierta, la tensión que hay en su cuerpo cada vez que están cerca—. ¿Ha sido contigo como pareja? ¿Has…?

Me quedo callado, no queriendo terminar la pregunta, pero ella entiende. Su rostro se vuelve aún más rojo, si eso es posible, y baja la cabeza hasta que su pelo cubre su rostro.

—No —susurra, tan bajo que casi no la escucho—. No he… nunca he estado con nadie. No quiero… no estoy lista.

La verdad cae sobre mí como un peso. Ella es virgen. Y él, con sus tocamientos posesivos y sus besos insistentes, está presionándola, tratando de llevarla a un lugar al que ella no quiere ir. La ira que sentía antes se convierte en algo más profundo, más oscuro —una furia fría y calculada que hace que mis dedos se cierren en puños.

—Entonces él está presionándote —digo, mi voz baja y peligrosa—. Sabiendo que no estás lista, que no quieres, y aún así insiste en tocarte como si tuviera derecho. Como si fueras una recompensa que él se ha ganado.

—No es así —intenta defenderlo, pero su voz se rompe—. Él dice que es normal, que las parejas así son. Que cuando nos casemos será diferente.

Yo me acerco un paso más, hasta que apenas nos separa un metro. Puedo oler su perfume —jazmín y almizcle— mezclado con el sudor de la tensión, y la combinación me provoca de una manera que no puedo explicar.

—No es normal presionar a alguien para que haga algo que no quiere —digo, mi voz más suave ahora, pero cargada de una pasión que no puedo ocultar—. No es amor lo que él te está dando, señorita. Es codicia. Y tú te mereces algo mejor que eso. Algo que te respete, que te valore, que te deje decidir cuándo y cómo quieres dar tu intimidad.

Ella mira hacia mí entonces, y en sus ojos ámbar veo lágrimas que finalmente descienden por sus mejillas. Frunce la nariz de nuevo, mordiéndose el labio inferior hasta que parece que va a sangrar, y yo tengo que hacer un esfuerzo titánico por no extender la mano para secarle las lágrimas, para tocar su rostro, para hacerle saber que no está sola.

—No deberías hablar de esto —susurra, pero ya no hay enojo en su voz, solo tristeza y confusión—. No es tu lugar.

—Lo sé —respondo, alejándome un poco para respetar su espacio, aunque cada fibra de mi ser quiere estar cerca de ella—. Pero no puedo callarme cuando veo que alguien está haciéndote daño. No importa quién sea.

Un silencio pesado se instala entre nosotros, roto solo por la música que llega desde adentro y el murmullo de la ciudad. Ella sigue mirándome, y en sus ojos veo una mezcla de emociones que no puedo descifrar —agradecimiento, confusión, tal vez incluso algo más que no me atrevo a imaginar.

Sé que he cruzado una línea que nunca debería haber sido tocada. Sé que mis palabras pueden costarme mi trabajo, mi reputación, todo lo que he construido. Pero en este momento, mirándola a los ojos, viéndola tan vulnerable y herida, sé que lo haría de nuevo. Porque Ophelia Montgomery no merece ser tratada como un objeto, como una posesión. Merece ser amada, respetada, valorada por lo que es —una mujer fuerte, inteligente y hermosa, con un corazón que aún cree en la bondad de las personas a pesar de todo.

Y aunque sé que no puedo ser yo el que le dé eso, no puedo evitar desearlo con toda mi fuerza.

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Elizabeth Sánchez Herrera
➕ más ➕ capítulos
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