Entre planes de venganza, celos asfixiantes y besos que saben a guerra, Valeria y su mejor amigo Julián han trazado una estrategia para conquistar a sus imposibles. Pero en este juego de poder, las máscaras caen y las fieras despiertan. Cuando el deseo se vuelve posesivo y los secretos se filtran en los pasillos, solo queda una pregunta: ¿Quién se rendirá primero ante el caos del corazón?"
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Sombras en la Ventana y el Peso de la Verdad
La habitación de Valeria estaba sumergida en una penumbra azulada, solo interrumpida por la luz intermitente de las farolas de la calle. Ella estaba hecha un ovillo sobre su cama, abrazando una almohada con una fuerza casi defensiva. Por lo general, Valeria se sentía orgullosa de su capacidad para incendiarlo todo y caminar sobre las brasas sin quemarse, pero lo que había sucedido en el estacionamiento la hacía sentir desnuda. Se sentía profundamente avergonzada. Recordaba la calidez del pecho de Damián, el rastro de sus propias lágrimas sobre su camisa y, sobre todo, la forma en que su voz se había quebrado al admitir que le dolía. Para una chica que había hecho de la invulnerabilidad su mejor accesorio, haberse mostrado frágil frente al hombre que más quería dominarla era una derrota táctica insoportable. Se sentía como si hubiera entregado las llaves de su castillo al enemigo justo cuando la guerra estaba en su punto más interesante. "¿Por qué no me callé?", se preguntaba a sí misma, golpeando la almohada con frustración. El silencio de la noche solo amplificaba el eco de su vulnerabilidad, y el miedo a que Damián usara ese momento de debilidad para terminar de romperla la mantenía en un estado de alerta nerviosa.
De repente, un ruido sordo contra el cristal de su ventana la sobresaltó. Primero pensó que era una rama, pero cuando el sonido se repitió —tres golpes rítmicos y familiares—, Valeria se levantó con un suspiro. Al abrir la ventana, se encontró con la figura de Julián, que trepaba torpemente por el árbol que daba a su balcón, con una sonrisa que brillaba más que la luna. "¡Val! ¡Ábreme, que me mato!", susurró él con una emoción que desbordaba por cada poro de su piel. Valeria lo ayudó a entrar, y en cuanto Julián puso un pie en la alfombra, comenzó a dar saltos de alegría silenciosa. "¡Es oficial, Val! ¡Elena y yo somos oficiales! No te imaginas el beso, fue... fue como si todas las neuronas de mi cerebro se pusieran de acuerdo por primera vez en diecisiete años". Julián estaba radiante, su energía contrastaba violentamente con el aura sombría de su mejor amiga. Empezó a relatar cada detalle del jardín de hiedras, de cómo Elena le había tomado las manos y de cómo, finalmente, la fiera se había convertido en su chica. Pero al notar el silencio de Valeria y sus ojos ligeramente hinchados, Julián se detuvo en seco. Su expresión cambió de la euforia a la preocupación fraternal en un segundo. "¿Qué pasó, Val? ¿Damián te hizo algo más? Juro que si ese imbécil te volvió a tocar las narices, mañana le desinflo los neumáticos".
Valeria se sentó en el borde de la cama, ocultando su rostro entre sus manos. "No me hizo nada, Juli. Ese es el problema. Me rompí. Lloré frente a él como una estúpida y dejé que me abrazara. Siento que perdí el juego, siento que ahora él sabe exactamente dónde disparar para que me desangre". Julián se sentó a su lado, pasando un brazo protector sobre sus hombros, recordándole que, más allá de sus planes locos, eran compañeros de trinchera. "No perdiste nada, tonta. Ser humana no es perder. Quizás él necesitaba ver que no eres de piedra para darse cuenta de que él tampoco tiene que serlo". En ese momento, el teléfono de Julián vibró en su bolsillo, y casi simultáneamente, el de Valeria, que estaba sobre la mesita de noche, se iluminó con una notificación. El aire en la habitación cambió de repente; el mundo exterior reclamaba su atención a través de la fibra óptica.
Julián sacó su teléfono y una sonrisa boba volvió a cruzar su rostro al leer el mensaje de Elena. «Julián, sigo oliendo a tu perfume y no puedo dejar de sonreír como una idiota frente al espejo. Gracias por no rendirte conmigo hoy. Buenas noches, mi payaso favorito». Julián suspiró, sintiéndose el rey del mundo, pero su mirada volvió rápidamente a Valeria, que sostenía su propio dispositivo con manos temblorosas. El mensaje de Damián era corto, preciso y carente de los adornos que Elena usaba, pero para Valeria, cada palabra pesaba una tonelada. «Valeria, no dejes de ser frágil conmigo. Fue lo único real que hemos tenido desde que empezó este desastre. No pienses que gané; hoy perdí mi capacidad de estar lejos de ti. Descansa».
Valeria soltó un aire que no sabía que estaba reteniendo. La vergüenza que sentía empezó a transformarse en algo más complejo: una mezcla de alivio y una anticipación temerosa. Julián la miró de reojo, notando el cambio en su semblante. "¿Y bien? ¿Qué dice el Señor de las Sombras?", preguntó con curiosidad. Valeria le mostró la pantalla, y Julián soltó un silbido bajo. "Vaya... eso suena a que el perfeccionista se ha quedado sin guion. Parece que ambos estamos en territorio desconocido ahora". Se quedaron allí sentados, dos amigos en medio de la noche, uno celebrando un amor que finalmente veía la luz y la otra navegando por las aguas turbulentas de una redención que no sabía si merecía. Julián finalmente se despidió, volviendo a bajar por el árbol con la agilidad de quien tiene el corazón ligero, dejando a Valeria a solas con sus pensamientos. Ella volvió a acostarse, pero esta vez no se hizo un ovillo. Se quedó mirando al techo, con el mensaje de Damián grabado en su retina, comprendiendo que el martes no sería una guerra de celos ni de planes, sino algo mucho más difícil: el inicio de una verdad que ya no podían seguir fingiendo.